Mi papá siempre dijo que yo era muy madura para mi edad. Por eso decidió irse y dejarme sola para no estorbar mi crecimiento emocional. Parece que la madurez era contagiosa, porque él también decidió crecer. Pero lejos. Sin dirección conocida y estoy segura de que con una nueva familia que, por cierto, sí ameritaba su presencia.
En retrospectiva, su estrategia fue brillante. Lo llaman “paternidad por ausencia proactiva”. En otras palabras, dejar al menor bajo el cuidado de otro adulto igual de disfuncional, con la esperanza de que la presión emocional lo convierta en una especie de Buda adolescente. Y bueno, acá estoy: iluminada, medio neurótica y con la habilidad de detectar mentiras paternales con una precisión casi científica.
Pero si algo aprendí, es que la vida es una novela negra con momentos de comedia absurda escrita por alguien con muy mala caligrafía. Y gracias a eso es que terminé viviendo con Tomás, el hermano raro de mi papá. Porque mi progenitor —ese coloso de la responsabilidad emocional— decidió tener una crisis de la mediana edad yéndose “a trabajar al exterior”.
O sea, debía estar en Maitencillo, tomando pisco sour con una señora que conoció en Tinder y subiendo frases motivacionales a Instagram, tipo: “Solo se vive una vez, pero si lo haces bien, una vez es suficiente”. Lástima que él había vivido como seis veces y todas como el culo. La última vez que lo vi fue desde la ventana del bus que me llevaba al departamento de Tomás.
Siempre pensé que mi tío era una basura por lo que escuchaba de mi familia. La abuela lo decía como quien recita una oración: “Tomás es un caso perdido”. Mi papá apenas murmuraba un “pobrecito” con cara de quien huele caca de gato, pero no quiere parecer clasista.
Y el resto de la familia, bueno, lo trataban como si fuera un mueble roto en medio del living: nadie lo usaba, todos lo esquivaban y a veces alguien sugería tirarlo a la basura.
El tío Tomás era el “mejor, no hablemos de eso” en cada reunión familiar. Y por eso, claramente, yo terminé viviendo con él. Porque el universo es irónico y tiene un sentido del humor bien sádico.
Mi padre, por otro lado, cuando necesitaba ayuda, lo consideraba “el único ser humano decente que queda en la familia”. Lo decía justo antes de irse a hacer yoga con su nueva polola y fingir que no tenía una hija. Un detallito.
Lo interesante es que, a pesar de haber abandonado toda responsabilidad parental, tenía fe ciega en Tomás. “Él es brillante. Es especial”, me dijo mientras se subía al auto lleno de tablas de surf y libros de autoayuda. Casi me da ternura. Casi.
Un año antes de que mi padre me dejara como a una maleta vieja en la calle, había visto a Tomás. Fue en una reunión familiar. Esas donde todos se creen moralmente superiores, pero siguen comiéndose el postre, aunque esté con moho.
Mi familia era como un experimento social mal financiado. Un zoológico de bichos raros, pero sin cartelitos explicativos. Por parte de mi madre había una colección bastante amplia de primos, tías y unos abuelos. Todos cuidadosamente entrenados en el noble deporte de hacer como que yo no existía.
Yo colaboraba con mucho entusiasmo: nunca compartí con ellos, ni me interesó. O sea, nuestra relación estaba perfectamente equilibrada en su mutua indiferencia.
Del lado de mi padre, el panorama era más minimalista: además de la abuela, solo estaba mi tío Tomás, que aparentemente decidió cortar la cadena genética con una sabiduría que ahora respeto profundamente. Probablemente vio venir el desastre y dijo: “Prefiero una vasectomía”.
Pero si algo unía a esa entrañable agrupación de “seres humanos”, era su talento casi artístico para la hipocresía. Podías escucharlos afirmar con absoluta seguridad que el cielo no existía, con ese aire de superioridad intelectual que tanto les gustaba y, un par de minutos después, estarían rezando bajito, como si Dios fuera sordo, pero el infierno tuviera oídos muy sensibles. En resumen, crecí rodeada de gente que no creía en nada, excepto cuando les convenía. Y vaya que les convenía seguido.
En aquella reunión familiar, yo tenía trece años y recuerdo que Tomás estaba en una esquina vestido de gris, mirando su vaso como si le hablara. Parecía un cadáver bien vestido. Cuando lo presentaron, todos lo miraron como si fuera un mueble olvidado que estorba en la casa.
Yo lo observaba con el mismo interés con que uno mira un gato callejero que sabe abrir puertas.
Había algo raro en él. Pero no raro peligroso, sino solamente raro. Podría decir que se veía interesante; un poco inofensivo y casi tierno, claro, si uno tiene el umbral de ternura muy, muy bajo.
Nunca había sido buena para esconderme. Pero esa tarde, detrás de la puerta entreabierta del comedor, descubrí que la culpa, la cobardía y la hipocresía son excelentes ruidos blancos: nadie nota a una niña escuchando si los adultos están demasiado ocupados justificando su miseria.
—No estoy hecho para esto, mamá —confesaba mi papá. Su voz tenía ese tono medio cansado, medio culpable, como cuando uno devuelve un regalo porque viene sin boleta—. La paternidad nunca fue lo mío.
La abuela resopló como si acabara de oler pobreza.
—No me digas. Se nota. A tu hija la crio el televisor, por eso es como es —sentenció.
—No es justo, mamá. He hecho lo que he podido —se defendió mi papá.