¿No crees también que mover un cadáver debería ser parte del currículum escolar? Junto con "Cómo declarar impuestos" y "Cómo sobrevivir cuando tu profesora de Lenguaje se desnuda en una bañera con una mujer muerta". Cosas útiles. ¿No crees?
Esa noche, el plan era simple: llevar el cuerpo de la señora Mónica de vuelta a su departamento, limpiarlo todo y simular que murió ahí. Como si no hubiese ido jamás a visitarnos macabramente, como si no nos hubiese dejado una nota amenazante en su falda, ni se hubiese bañado post mortem con Isabel.
Fácil, ¿cierto? Mentira. Era un desastre.
—¿Y si nos pillan en el pasillo? ¿En este edificio hay cámaras? —pregunté, cargando las piernas de Mónica mientras Tomás sostenía la parte de arriba, como si fuera una estatua rota.
—Decimos que está borracha —sugirió—. O que es una performance sobre la muerte del adulto mayor en la sociedad moderna. Decimos que somos Youtubers.
El comentario de Tomás me hizo sonreír porque sé que lo decía en serio. Su comentario era tan inteligente que me sorprendió que no lo hubiera contratado una agencia de inteligencia internacional. Isabel iba delante, con una linterna y una actitud de "si esto falla, me cambio de país y de nombre".
Llegar al departamento de la señora Mónica fue difícil. Imagínate cargar un muerto dentro de una alfombra, que minutos antes se había dado un baño de spa con tu profesora. Todo por las escaleras. Así que con cada peldaño —mientras Isabel vigilaba con sobresalto y alumbraba hasta el aire—, nosotros maldecíamos a los dioses del diseño arquitectónico, por habernos regalado tantas y tan estrechas escaleras.
Abrir la puerta de la señora Mónica fue más sencillo, porque yo tenía talento y práctica. Una vez adentro, nos enfrentamos al segundo acto: la escenografía.
—¿Dónde la dejamos? —preguntó Tomás, sudando como chancho en misa.
—En su sillón, de cara a la tele —señalé—. Que parezca que murió viendo las noticias. Como toda persona razonable. Y tápale los pies.
—¿Y la nota? —preguntó Tomás.
—Quemada y pulverizada —respondió Isabel, ya sacando el encendedor como si llevara uno por costumbre. Lo hizo con una eficiencia sospechosa.
Entonces empezamos a limpiar. Cada superficie, cada rastro. Éramos como limpiadores de la mafia.
Tomás borró las huellas del marco de la puerta con alcohol y luego con cloro —irónico y nostálgico—. Isabel ordenó las cosas en la cocina para que parecieran "vividas, pero no sospechosas".
Yo lavé una taza, la llené de té y la dejé en la mesa, con un medio pan mordido al lado. Detalle sutil: murió desayunando. Trágico y doméstico. Casi poético.
—¿Y si hacen autopsia? —preguntó mi tío.
—No tienen por qué hacerla. Es una señora de edad. Nadie pregunta mucho cuando alguien así muere sola viendo la tele —aseguró Isabel, con una frialdad que me gustó
Finalmente, la señora Mónica había vuelto a su lugar de origen. Muerta, pero cómoda. Como si nada hubiese pasado. Fausto nos siguió hasta el pasillo y luego volvió a meterse en nuestro departamento, como diciendo “yo no vi nada”.
Volvimos al departamento como si nada. Bueno, como si nada para una familia que acaba de mover un cadáver en una alfombra y dejarlo en un departamento ajeno. Cosa de todos los martes, supongo.
El ascensor sonó como un ataúd oxidado y por un segundo sentí que el universo estaba tratando de hacerme una metáfora en la cara.
Isabel se sacó los guantes de látex con una precisión quirúrgica que daba miedo y mi tío dejó caer las llaves en el platito de la entrada como si volviera del supermercado y no de esconder un cuerpo.
Yo me tiré al sillón sin decir nada. Sentí el peso del silencio, de la noche, de la señora Mónica, de todo.
—Fue lo correcto —dijo Tomás, con esa voz suya que mezclaba ternura y nerviosismo, como si fuera una infusión rara que nadie pidió.
No respondí. Tenía los ojos clavados en el sillón, justo donde la señora Mónica había estado sentada unas horas antes. No iba a volver. Nunca. Y yo, sentí culpa porque no había hecho nada para evitarlo. Al contrario. La había dejado ahí. Muerta. Sola. Fría.
—Podríamos haberla dejado tirada en su casa —comentó Isabel, con el nivel justo de dureza y cariño que solo una profesora de lenguaje traumatizada puede manejar—. Pero tú insististe en algo mejor. En que no merecía eso. No pienses que no hiciste nada —añadió con firmeza.
Yo me encogí de hombros. No me salían palabras. Y eso, viniendo de mí, era más grave que un terremoto. Mi tío se sentó a mi lado, torpe como siempre, y me pasó un brazo por encima de los hombros. Sentí su calor. Su temblor. Él también estaba hecho mierda, pero ahí estaba. Como siempre, aguantando.
—Bea —murmuró bajito—. No somos asesinos. No somos monstruos. Somos personas que están haciendo lo que pueden en medio de toda esta mierda.
—Eso suena a frase de película clase B —le respondí, con una mueca que ni yo sabía si era sonrisa o espasmo emocional.
—Puede ser. Pero a veces las películas baratas tienen razón —admitió, mientras me apretaba un poco más.
Isabel se acercó y, contra todo pronóstico y principios del universo, se agachó frente a mí. Me tomó la mano. Mi mano. Yo, la reina del contacto cero. Y no la solté. No pude.