Spoiler: No fue el gato

Capítulo 9

¿Sigues ahí? Perfecto. Yo también habría preferido saltarme el informe, pero aparentemente pensé que antes de contarte mi vida necesitabas una clase intensiva de corrupción institucional. Luego de esa mala decisión, sigamos con mi historia.

Tomás me preguntó si había terminado de leer. Lo dijo sin rodeos, con esa voz que no usaba ni para pelear con los testigos de Jehová. Una voz que no era de tío. Ni de adulto inútil. Era la voz de alguien que estaba a punto de abrir una puerta cerrada hace muchos años y no sabía si el cuarto aún olía a muerte.

—Te voy a contar todo —anunció—. Lo que sé. Lo que viví. Lo que nunca quise que supieras.

Y empezó:

—Como leyeron, éramos un grupo no oficial. No estatal. No legal, pero tampoco exactamente ilegal. Las personas que estaban en el grupo y que ustedes conocen eran Jorge Arrieta, nuestro vecino, que antes de eso había sido mi profesor en la universidad —hizo una pausa y me miró—. También estaba tu papá, Bea. Y yo.

En ese momento, ni Isabel ni yo queríamos interrumpir, solo lo observábamos hablar. Y entonces vino el golpe.

—Un día recibimos una amenaza. "Deténganse o pagarán con nombres”. Nosotros éramos jóvenes e ingenuos. Nos creíamos intocables; solo Arrieta se retiró a tiempo e intentó convencernos de parar. Si tan solo lo hubiéramos escuchado —se lamentó mirando hacia el techo, como buscando una respuesta en sus recuerdos—. Con Ricardo seguimos adelante sin importar nada. Pensábamos que estábamos haciendo un bien al país. Y entonces la encontraron muerta una semana después.

Se le quebró la voz; pensé que no podría continuar, pero tragó saliva antes de seguir.

—Ella era —murmuró y su voz se volvió más baja, como si su nombre no pudiera ser pronunciado—. Mira, Bea, ella no era solo mi amiga. Era el amor de mi vida, nunca había amado a alguien de esa manera y ella me amaba. No podíamos estar juntos porque ella tenía a alguien a quien no podía abandonar.

La conocía como a la palma de mi mano y ella a mí. Éramos más que amigos, cómplices en todo. Era mi cable a tierra. La única que me decía las cosas sin anestesia. Y, aun así, me cuidaba como si fuera su hermano pequeño. Compartimos tantas cosas: horas encerrados leyendo informes, riéndonos de todo y de todos, peleando también, porque era terca como mula. Pero honesta. Insoportablemente honesta.

Las lágrimas corrían por sus mejillas, como si quisieran lavar un dolor que no se iba.

—La última vez que la vi, me dijo que tenía miedo. Que algo se sentía distinto. Que alguien la estaba siguiendo —relató, con la voz cada vez más frágil—. Dijo que prefería abandonar a que lastimaran lo más preciado que tenía. Su hija. Yo le dije que se calmara, que estaba paranoica, que todo iba a estar bien.

Dos días después —cerró los ojos— la encontraron en la tina. Muerta por pastillas. Ella jamás hubiera hecho eso; yo estoy seguro de que no. Ella nunca dejaría a su hija sola.

Hizo una pausa antes de añadir:

—Supuestamente dejó una nota escrita en computador. Sé que nunca habría escrito una nota así. Era de las que dejaba garabatos y también insultos cómicos en notitas pegadas en donde fuera, no declaraciones de amor a la vida. Fue un montaje. Un mensaje.

—¿Y tú qué hiciste? —preguntó Isabel, conmovida.

—Me quebré —confesó—. Me fui. No pude más. Renuncié al proyecto, dejé todo atrás. No dije nada a nadie. Ni siquiera a tu papá, Bea. Solo desaparecí. Fue cobarde, lo sé. Pero no podía seguir viendo cómo los mataban uno a uno. Cómo… —hizo una pausa larga— cómo ella se convirtió en un ejemplo de lo que pasa cuando uno se acerca demasiado a la verdad.

—¿Y mi papá? —pregunté.

—Siguió. Con más fuerza. Después de la muerte de ella y de varios, Jorge quería continuar también. Pero alguien, alguien los vendió desde dentro. El archivo que tenían desapareció. Las pruebas. Todo —explicó con amargura.

Se levantó. Fue hasta su pieza. Volvió con una carpeta delgada con solo una palabra en la tapa: MATTE.

—Carlos Matte. Empresario. Dueño de medio Santiago —explicó, dejando la carpeta sobre la mesa—. Fue uno de los objetivos, y cuando supo que lo investigaban, contrató a alguien para limpiar su rastro. Y para eso necesitaba información. Y alguien se la dio. Un maldito traidor.

—¿Quién? —pregunté

—No lo sé —admitió—, hace un tiempo Jorge me quiso convencer de volver, pero no quise. Solo lo ayudé a recolectar la información. No pude volver del todo. Él siguió. Creo que Ricardo también se salió.

Mi tío cayó de rodillas llorando. Me acerqué y lo abracé fuerte. Al parecer, Isabel no quiso perder la oportunidad y se lanzó a abrazarnos. La detuve y le dije mirándola a los ojos:

—Dime, Isabel, ahora que mi tío nos contó la verdad, ¿no crees que va siendo hora de que nos cuentes la tuya? —la desafié.

Tomás volvió en sí. Isabel retrocedió.

—Hace unos días te vi en nuestro edificio. Estabas con un tipo sospechoso con maletín. Le decías que no podías involucrar a alguien y él te dijo que hicieras lo que habían acordado —acusé.

Isabel no parpadeaba. Se sentó en el borde del sillón como si la gravedad la odiara y miró el suelo, porque mirarnos a nosotros le era imposible.



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En el texto hay: humor negro, gato negro, saracasmo

Editado: 14.10.2026

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