Mi papá era como una postal mal editada. Todo se veía bonito desde lejos, pero si te acercabas, te dabas cuenta de que estaba hecho con recortes de otras vidas que no le pertenecían.
Físicamente, parecía un comercial de colonia: impecable, con el pelo peinado tan perfecto que siempre sospeché que dormía con un casco invisible. Siempre con la camisa planchada y la sonrisa lista, como si su vida fuera un casting constante para el rol de hombre modelo.
Era flaco, con ese tipo de flacura con panza que aparece después de los cuarenta, pero se mantenía bien, más por vanidad que por genética. Sus ojos azules siempre parecían estar mirando más allá, como si viera una oportunidad de negocio en cada persona. Y cuando te hablaba, era como si te vendiera algo, aunque no hubiera nada que vender. Como un sueño o un pedazo de afecto que después iba a cobrarte con intereses.
Mi papá era un tipo que podía darte un abrazo y al mismo tiempo calcular cómo usarlo para quedar bien. Siempre tenía una teoría para todo, sobre todo si podía demostrar que él tenía razón. Vivía convencido de que el mundo conspiraba contra él, pero que igual iba a ganar porque se lo merecía.
Yo sé que, muy en el fondo, me quería. Pero no de la forma en que deberían quererte los papás. Lo suyo era más un “te quiero, pero primero me quiero a mí”. Y bueno, si algo me enseñó, es a no fiarme nunca de una sonrisa o de un discurso bien armado. Porque a veces, el enemigo más peligroso es el que tiene tu apellido.
Lo peor de mi papá era que mi mamá siempre parecía triste cuando estaba a su lado. Como si sus sonrisas las hubieran guardado en un cajón con llave. Mi papá no gritaba, no: él usaba ese tono educado disfrazado de cortesía y la hacía sentir que todo lo malo era su culpa.
Y, por si fuera poco, no era solo la forma en que la trataba, era también cómo se iba por días con otras mujeres y volvía como si nada. Como si la fidelidad fuera para idiotas y él estuviera por encima de todo eso. Luego volvía con esa estúpida cara de “yo no fui”.
A veces, cuando la escuchaba hablar de Tomás, notaba algo diferente en su voz. Mi mamá siempre decía que mi tío era bueno, que tenía un corazón tan grande como su miedo a hacer algo con él.
Que, si no hubiera sido por mi papá, tal vez la historia habría sido otra. Y yo lo notaba: en cómo se iluminaban sus ojos cuando nombraba a Tomás, en cómo suspiraba. Era como si, aunque no lo dijera, mi mamá supiera que la vida que tenía no era la que ella merecía.
Jamás hablé de esto con Tomás, nunca le dije lo de mi mamá ni lo que yo sospechaba. Ni siquiera cuando unos días después lo vería muriéndose en el hospital.
Estábamos en la mesa del comedor. Bueno, más bien: Tomás tenía todo perfectamente ordenado por tipo de documento (fotos, papeles, recortes), Isabel estaba tomando notas en un cuaderno, como si fuera a evaluar todo después, y yo estaba comiéndome una marraqueta con mantequilla porque, prioridades.
El encierro nos había dejado con un olor a papel viejo, sudor nervioso y verdades a medio revelar. Tomás hojeaba documentos como si, con suficiente fuerza mental, fueran a ordenarse solos. Yo, en cambio, me debatía entre lanzarme por la ventana o por el sarcasmo.
Los papeles hablaban de todo. Sobornos en municipios, licitaciones truchas, espionaje entre ministerios, nombres que sonaban a noticias que uno ve y después olvida. Pero había algo peor: muchos de esos nombres tenían tildes rojas encima. Y círculos. Y flechas que apuntaban a una palabra que se repetía en varias hojas:
El Dossier.
—¿Qué es “el Dossier”? —pregunté con la boca llena.
—Es la base de datos que Arrieta y yo empezamos —explicó Tomás, sin levantar la vista—. Ahí estaba todo. Todos los registros, las grabaciones, los documentos filtrados. Era como nuestro seguro de vida. Si nos pasaba algo, alguien más podría seguir con todo.
—¿Y qué pasó?
—¿Desapareció? —preguntó Isabel—. Dijiste que lo robaron desde dentro, ¿no?
—Eso creía —admitió Tomás—. Pero ahora no estoy tan seguro.
Y justo cuando pensaba que nada podía ir más raro, la puerta sonó. Un golpecito suave, como de espía arrepentida. Mi tío levantó la cabeza con cara de “no invité a nadie” y yo me acerqué con esa energía adolescente que mezcla desconfianza con ganas de pelear.
—Si es otra revelación inesperada, juro que me desmayo y me hago en la alfombra —advertí, dirigiéndome a la puerta.
Abrí. Y ahí estaba Antonia. Con su pelo planchado, una carpeta gruesa bajo el brazo y la misma expresión de quien acaba de hackear la NASA, porque estaba aburrida.
—Hola —saludó, como si no hubiera irrumpido en el nido de una conspiración—. Traje esto.
—¿Qué pasó? ¿Cómo llegaste? ¿Esa es la carpeta? —pregunté, no del todo segura si abrazarla o revisar si venía seguida por drones.
—Conseguí la carpeta de mi abuelo. Bueno, técnicamente. Porque Jorge Arrieta era mi abuelo —reveló.
Boom. Así, como si acabara de decir que era hija de Batman. Tomás se giró, con la cara pálida y la voz temblorosa de incredulidad:
—¿Jorge, tenía una nieta? —balbuceó.
Antonia asentía como si fuera obvio. Como si todos tuviéramos un pariente secreto que participó en conspiraciones de alto nivel.