Spoiler: No fue el gato

Capítulo 10

Spoiler: Me secuestraron.

Sí, así como suena. No fue como en las películas de acción con persecuciones y autos voladores. Unos tipos me metieron en una camioneta blanca cuando iba camino al colegio. Clásico. Como si no supiera que jamás hay que confiar en vehículos blancos sin logos ni patente. Pero justo ese día no estaba en mi modo FBI.

Así que mientras yo estaba atada de manos (literal y emocionalmente), mi querido tío Tomás recibía una llamada especial.

Según me contó después, estaba en la cocina preparándose su desayuno cuando sonó su celular.

—¿Tomás? —preguntó una voz que según él era “suave como lija mojada con veneno”.

Carlos Matte. Empresario, millonario, criminal. El mismo que quería enterrar todo lo del Proyecto Tenebrista bajo toneladas de secretos y probablemente cemento fresco.

—Tengo a Beatriz —le informó—. Si la quieres volver a ver, trae el Dossier. Hoy. Antes de las seis, tú sabes dónde está mi oficina.

Tomás, que normalmente tardaba veinte minutos en decidir si llevaba paraguas o no, ese día casi se lanzó por la ventana en pijama. Pero justo cuando iba a salir corriendo en su estilo “hombre desesperado que olvidó cómo funcionan las puertas”, alguien golpeó.

Era ella. Isabel. La profesora chilena con más permisos para salir del colegio.

—Tomás, tenemos que hablar de algo importante —anunció con cara de “vengo a declarar mi amor, pero mejor si tú lo haces primero”.

Y entonces él, sin filtro, le soltó todo de una: que yo estaba secuestrada, que Matte pedía el bendito Dossier y que, francamente, el mundo se iba a ir a la punta del cerro.

¿Y sabes qué hizo Isabel?

Se ofreció a ayudar. Así, sin pestañear. Sin exigir explicaciones. Sin siquiera pedir un té.

—Vamos por ella, todo va a estar bien —aseguró.

Como una mezcla entre profesora de lenguaje y heroína de teleserie. Y Tomás, que hasta hacía poco se escondía debajo de la mesa cuando ella lo saludaba, asintió. Le creyó y se dejó ayudar.

Así que mientras yo contaba semáforos y trataba de convencer a mis secuestradores de que tenía diarrea, ellos dos armaban un plan. Un plan de esos improvisados, absurdos y probablemente ilegales. Pero era para rescatarme. Y eso valía más que cualquier seguro escolar. Porque en el fondo —tipo nivel tectónico— ellos me querían mucho y estaban dispuestos a quemarlo todo por mí.

Estar secuestrada no es tan glamoroso como lo muestran en las películas. Porque no hay sillas ergonómicas, ni villanos con trajes italianos, ni música de fondo. Hay olor a desinfectante barato, luces que parpadean todo el rato y un guardia que mastica chicle como si eso lo mantuviera con vida.

Me dejaron atada a una silla. Literalmente. Una de esas sillas plásticas que uno evita en las clínicas, porque sabe que ha visto más traseros sudados que un asiento del Transantiago en verano.

Como no tenía celular, ni nada mejor que hacer, decidí hacer mi Diario Mental del Secuestro. En voz alta para entretenerme. Y, bueno, para arruinarle el día a los guardias. Porque si yo lo estaba pasando como el culo, todos iban a sufrir conmigo. Era lo justo.

Diario Mental del Secuestro - Día 1

Querido diario:

Hoy me desperté amarrada. Otra vez. Mi espalda me odia, mi dignidad está colgando de un hilo y el guardia que está de turno se llama Claudio, aunque claramente se ve más como un “Felipe fracasado”.

Claudio me dijo que dejara de hablar sola. Le respondí que no estaba sola, que estaba conmigo misma, que era peor.

Día 1, Hora 4 (más o menos)

Querido diario:

Claudio trajo un pan con jamón. El pan tenía moho. Otro guardia entró. Este se llamaba Daniel. Tiene cara de que la batería de su cerebro se quedó sin carga. Le pregunté si sus hobbies incluían vigilar menores y destruir ilusiones. No me respondió. Me lanzó una botella de agua sin etiqueta. Que está claramente envenenada. Aún no la tomo. Quiero que sufran con la tensión.

Día 1, Hora 6 (cuando empecé a dudar si me vendría el periodo o solo era estrés homicida)

Querido diario:

Les ofrecí cantarles una canción compuesta por mí: “El secuestro es peor cuando hay jamón con moho”. No la apreciaron. Daniel amenazó con ponerme una mordaza. Le dije que eso ya era fetiche y que respetara mis límites. Se fue enojado. Claudio se rio. Me pidió que, por favor, me callara. Le dije que solo si me daba un lápiz y un cuaderno. Me dio una servilleta y un lápiz rojo. Empecé a escribirle un poema a Daniel.

En ese instante exacto, cuando estaba escribiendo mi tercera estrofa, escuché algo.

BOOM.

No un boom de explosión, no. Un boom tipo “alguien acaba de patear una puerta como si se creyera John Wick”.

Y luego: gritos. Pasos. Un insulto que no se entendió del todo, porque alguien lo gritó con voz de vendedor de feria. Y después, la entrada triunfal.

Isabel y Tomás: épicos, ridículos y sudados.

Ella con una chaqueta que claramente no era suya y un gas pimienta en la mano como si fuera un spray nasal. Él con una mochila llena de cosas que nadie necesitaba (incluyendo un cortaúñas y tres paquetes de toallas húmedas “por si acaso”).



#1561 en Otros
#524 en Humor
#563 en Detective
#478 en Novela negra

En el texto hay: humor negro, gato negro, saracasmo

Editado: 14.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.