Cuando llegamos al departamento, Tomás iba cargando bolsas del supermercado con esa clásica expresión de hombre adulto que cree que comprar yogur natural significa automáticamente estar preparado para criar adolescentes. Yo iba detrás comiéndome unas papas fritas que habían sobrevivido el trayecto desde McDonald’s porque era una visionaria y pensaba en el futuro. Apenas cerramos la puerta y Tomás se preparaba para ordenar las cosas, sonó el timbre.
Y ahí estaba ella: La abuela.
Parada en la puerta como una villana jubilada esperando el momento justo para humillar a alguien o inspeccionando un crimen. Ella esperaba como los depredadores. Las manos apoyadas sobre su bastón y esa mirada fría que hacía parecer que absolutamente todo le decepcionaba un poco. Incluso el oxígeno.
—Ah —murmuró, apenas abrí la puerta.
Tomás cerró los ojos lentamente, como un hombre que acaba de escuchar el sonido de un misil aproximándose. La abuela sacó su celular, marcó un número y esperó. El teléfono de Tomás sonó sobre la mesa. Mi tío miró el aparato. Luego a su madre. Luego otra vez al aparato.
—Tomás —dijo ella, mirándolo directamente—, sé que no te gusta que vaya a tu departamento sin avisar, así que llamé antes
Eso no era sarcasmo. Era terrorismo emocional con modales. Obviamente, mi tío tuvo una reacción automática de hombre traumatizado por décadas de comentarios pasivo-agresivos y solo atinó a decir con la voz cortada.
—Hola, mamá. Sí. Tú sabes que puedes venir cuando gustes.
—Oigan, no se emocionen tanto al verme. Podrían desgarrarse algo —comentó, con su habitual sarcasmo frio.
Yo dejé mi mochila en el suelo, también mi dignidad y, de paso, mis ganas de vivir.
—Hola, abuela —la saludé.
Ella me examinó durante unos segundos con la intensidad clínica de alguien buscando garrapatas o fallas estructurales.
—Criatura —declaró finalmente—. Veo que sigues viva. Eso ya supera mis expectativas.
Algunos dirán que eso sonó cruel y no a una abuela cariñosa. Y tendrían razón. La abuela no expresaba cariño como las personas normales. No abrazaba, no decía “te quiero”, no cocinaba galletas, ni tejía bufandas.
La abuela demostraba afecto apareciendo en lugares sin previo aviso y haciendo que todos reconsideráramos nuestras decisiones sobre la vida. Era, en esencia, un espíritu maligno con bastón. O sea, algo que los hermanos Sam y Dean Winchester perseguirían y cazarían.
Tomás dejó las bolsas sobre la mesa y preguntó con cautela:
—Mamá, ¿qué haces aquí? ¿Pasó algo?
La abuela lo miró como si acabara de hacer la pregunta más idiota registrada por la humanidad.
—Vine a asegurarme de que no estuvieras alimentando a la niña con ketchup y pan de molde —respondió con seriedad absoluta.
Tomás suspiró, agotado.
—Mamá, sabes que eso no va a pasar. Puedo cocinar y Beatriz va a estar bien —aseguró.
Ella soltó una risa seca. No una risa alegre, sino la risa de alguien que podría perfectamente haber guisado unos Pitufos antes de ir al departamento.
—Claro que sí, Tomás. Y yo puedo pilotear un avión comercial. Vengo de sacar la licencia de piloto —replicó.
Yo me senté en el sillón porque sabía que eso se iba a poner bueno. Pero la abuela me apuntó con el bastón.
—¿Qué comieron? —preguntó inquisitivamente.
Miré a Tomás. Él me miró a mí. En ese instante ambos entendimos que la verdad tenía consecuencias.
—Comida —contestó Tomás finalmente.
La abuela entrecerró los ojos.
—Qué respuesta más inteligente. ¿También planeas responder “líquido” si pregunto qué tomaron?
—McDonald’s —confesé, rindiéndome rápidamente.
Mierda, menos mal que yo no conocí a Ana Frank.
Tomás se giró lentamente hacia mí. Pura y hermosa traición. La abuela cerró los ojos.
—Dios mío —susurró como si acabara de descubrir un crimen.
—¡No fue idea mía! —se defendió Tomás rápidamente.
—Claro que no. Tú jamás has tenido ideas. Ese ha sido el problema desde que te volviste un inútil —exclamó la abuela.
La abuela insultaba como quien comenta el clima; con absoluta calma. Como si destruir psicológicamente a su hijo fuera simplemente parte de la conversación cotidiana.
—Tomás, tienes cuarenta años y cocinas como un abandonado por la sociedad —sentenció—. ¿Y tú, criatura? ¿Piensas seguir alimentándote solo de comida basura? —me preguntó, clavándome la mirada.
—Me tengo que alimentar porque estoy creciendo —respondí.
Ella me observó de arriba abajo.
—Si sigues así, te prometo que va a ser únicamente hacia los costados —sentenció.
—Mamá —intentó protestar Tomás.
—¿Qué? Ya que nadie lo hace, alguien debe decir la verdad en esta familia —replicó ella.