El desayuno en casa de la abuela tenía la energía de un funeral mal organizado. Los tres fuimos en silencio al comedor, como si volviéramos donde acabábamos de cometer un crimen menor. Tomás intentaba no hacer ruido con los pasos e iba cabizbajo; Isabel intentaba ir con el mentón alto, pero claramente llevaba el alma en la mano y yo, bueno, a mí no me importaba.
En la mesa, todo estaba meticulosamente ordenado: tazas alineadas, un mantel blanco sin una sola arruga y una tetera que parecía salida de una dictadura culinaria.
La abuela ya estaba sentada, inmóvil y con esa cara de “esto me ofende incluso a nivel celular”.
—Dormimos bien, gracias por preguntar —dije yo, porque si algo iba a matarme ese día, prefería que fuera el sarcasmo.
—No pregunté —respondió la abuela, sin mirar.
Tomás carraspeó.
—Gracias por ayudarnos y por la habitación, mamá. De verdad —agradeció.
—No es una habitación. Es un espacio funcional —sentenció la abuela.
Isabel fingió sonreír, de esa manera en que uno sonríe cuando un pariente racista empieza a hablar en alguna cena y tú solo quieres que se atragante con un hueso de pollo.
Nos sentamos. La abuela sirvió té, como si estuviera llenando vasos para una ejecución lenta. Después, sacó una bandeja con pan, queso y un pote de mermelada que tenía fecha de vencimiento en años romanos.
Pasaron los minutos más largos de nuestras vidas. Nadie hablaba. Solo se escuchaba el sonido de las cucharitas, el crujido del pan y mi alma marchitándose un poquito más.
Hasta que la abuela rompió el silencio.
—Tú. Criatura —me llamó.
—¿Qué? —respondí, con un trozo de pan a medio morder.
—Eres igual a tu madre. Pero más insolente. Y con el pelo de tu padre.
Me atraganté, pero en vez de soltarle una ironía, solo me encogí de hombros. No tenía energía para pelear. Tampoco para fingir que no dolía un poco.
Y entonces, sucedió el milagro.
—Eso es bueno —agregó con voz baja—. Tu madre era valiente y una mujer muy hermosa. Fue lo mejor que le pudo pasar al inútil de tu padre.
Todos nos quedamos congelados. Incluso el té parecía haber dejado de lanzar vapor.
—Gracias, supongo —dije, sin saber si me estaba insultando o dando su versión de un no te odio tanto.
—Y tú, Tomás —continuó—. Sigues siendo un inútil. Pero al menos estás para ella cuando te necesita. Eso es nuevo.
Mi tío parpadeó, confundido. Isabel le apretó la mano debajo de la mesa. La abuela se levantó, tomó su taza y empezó a caminar hacia su sillón.
—Y no dejen migas en la mesa. El respeto empieza por el mantel —advirtió.
Como un eclipse emocional de veinte segundos, casi nos hizo creer que debajo de toda esa armadura de hielo y críticas maliciosas, había una mínima posibilidad de que nos quisiera. A su manera. Rancia, pero real.
—¿Qué acaba de pasar? —murmuró Tomás.
—Creo que fue su versión de un "los quiero" —aventuré—. O sufrió un derrame. Cincuenta y cincuenta.
Pasamos una semana en la casa de la abuela. Siete días. Ciento sesenta y ocho horas de encierro voluntario en un mausoleo con calefacción central. Acompañados por muebles, que probablemente valían más que nuestras vidas, y paredes tan gruesas que podrían esconder cadáveres. No estoy diciendo que los hubiera. Solo digo que podrían.
Lo sorprendente —además de que no nos entregara a Matte, ella misma— fue que la abuela se mostró amable. Sí, leíste bien. Amable. No amable como esas abuelas que te hornean galletas y te acarician la cabeza con manos de terciopelo. No. Era más bien como si de repente hubiera recordado que éramos su familia y no simples errores administrativos. Incluso nos ofrecía cosas como desayuno, toallas limpias y una mínima tolerancia a nuestra existencia. Sospechoso, la verdad.
Isabel iba y volvía de su casa, pero fue un par de veces con esa excusa tan poco disimulada de “ayudarme con mis estudios”. Traducción: Quedarse mirando a mi tío mientras yo hacía como que leía y ella fingía que no lo estaba acechando como un gato en celo.
Tomás, por supuesto, se comportaba como un pavo real deprimido: todo torpe, sonrojado y educado, como si no supiera qué hacer con la atención femenina. Yo observaba y esperaba algo, como que la abuela la apuñalara con una cuchara por tener mal gusto. Mala suerte, pero no pasó.
Un día, después del almuerzo, la abuela nos llamó a "conversar". Así, con esa palabra tan cargada de trauma, como el verbo “amar” en una canción de reggaetón romántico.
Tomás la siguió con cara de funeral. Yo fui por puro morbo, mientras que Isabel, como si tuviera ocho años, se mantenía escondida detrás de una estantería, con cara de lámpara, pensando que nadie se daba cuenta de que estaba escuchando. Todos nos dimos cuenta. Pero a nadie le importó.
La abuela se sentó derecha, como si tuviera una escoba enterrada en la columna y una agenda emocional en la mano. Nos miró. A mí primero —me ofreció té, me lo pasó sin azúcar. Interpreté ese gesto como una amenaza. Luego miró a Tomás. Y habló: