Yana había decidido viajar a Jujuy en micro, aunque podía haber elegido una alternativa mucho más rápida. Después de los últimos meses, pasar tantas horas en la ruta no le parecía un inconveniente; necesitaba alejarse de Buenos Aires con calma, dejar atrás las entrevistas, las reuniones y las preguntas sobre su próxima novela, aunque fuera durante unos días. Mientras esperaba la salida en la terminal, recordó el primer viaje que había hecho al norte junto a sus padres y Ailan, cuando todavía era demasiado joven para apreciar el paisaje y había pasado buena parte del trayecto peleando con su hermano por el asiento junto a la ventana. Su madre había llevado comida suficiente para todo el viaje y su padre había fotografiado cada parada, recuerdos sencillos que ahora regresaban con una claridad que otros momentos mucho más recientes parecían haber perdido.
Cuando el micro abandonó Buenos Aires, Yana se acomodó junto a la ventana y dejó que las horas transcurrieran sin prestarles demasiada atención. Los edificios fueron desapareciendo hasta ser reemplazados por rutas, campos y pequeños pueblos que apenas alcanzaba a observar antes de dejarlos atrás. Leyó durante buena parte del trayecto y, pese a haberse prometido que aquellas vacaciones no se convertirían en otra excusa para trabajar, terminó sacando su cuaderno para anotar algunas ideas. Ser escritora de terror había modificado inevitablemente su manera de mirar el mundo; una casa aislada podía convertirse en un escenario, un desconocido en un personaje y una conversación escuchada por accidente en el comienzo de algo que todavía no existía.
Para cuando llegó a Jujuy, el agotamiento del viaje había quedado relegado por la familiaridad que experimentó al reconocer paisajes que formaban parte de recuerdos mucho más agradables. Había regresado varias veces desde aquellas primeras vacaciones familiares y, aunque nunca había vivido allí, siempre le ocurría lo mismo: bastaban unas horas para que comenzara a sentirse cómoda. San Francisco tenía además una tranquilidad particular que contrastaba demasiado con Buenos Aires como para no notarla desde el primer momento. El hospedaje tampoco había cambiado demasiado desde su última visita. Las cabañas estaban distribuidas entre la vegetación, suficientemente separadas unas de otras para conservar cierta privacidad, y la combinación de madera y piedra hacía que las construcciones parecieran formar parte natural del lugar. Yana acababa de bajar su equipaje cuando vio acercarse al señor Novak desde la recepción. Rondaba los cuarenta y cinco años, tenía la piel morena y algunas canas nuevas se mezclaban ahora con su cabello oscuro, todavía cuidadosamente recortado. Él la reconoció casi al instante y levantó una mano antes de acercarse con una sonrisa.
—Mirá quién decidió volver, pensé que Buenos Aires finalmente había conseguido retenerte.
—No tuvo tanta suerte —respondió Yana mientras lo abrazaba—. ¿Cómo está, señor Novak?
—Más viejo que la última vez que viniste y bastante menos dispuesto a cargar valijas, así que espero que hayas aprendido a viajar liviano.
Yana miró las dos valijas que había dejado junto a ella y después volvió a mirarlo.
—Claramente no.
Novak soltó una carcajada y tomó una de ellas antes de indicarle que lo siguiera. Mientras caminaban hacia la cabaña, le preguntó por el viaje, por Ailan y por su trabajo, aunque tuvo la delicadeza de no convertir la conversación en una entrevista improvisada sobre sus novelas. Yana agradecía especialmente eso de él. Novak sabía a qué se dedicaba y había leído algunos de sus libros, pero jamás la había tratado de manera diferente por ello. Para él continuaba siendo aquella huésped que bebía demasiado café, se quedaba despierta hasta horas absurdas y regresaba de sus caminatas con barro en las zapatillas.
—Te dejé la misma cabaña de la última vez —comentó mientras abría la puerta—. Pensé que ibas a preferirla.
—Se acordó.
—Me acuerdo de mis buenos huéspedes. De los malos también, pero por razones diferentes.
Los primeros días transcurrieron con una tranquilidad que Yana había olvidado que necesitaba. Caminaba durante horas, regresaba a la cabaña antes del anochecer y pasaba buena parte de las noches leyendo junto a los grandes ventanales de la sala. Afuera, las montañas apenas podían distinguirse bajo la luz de la luna y la vegetación se movía constantemente con la brisa. El aislamiento le resultaba agradable, aunque algunas noches terminaba cerrando las cortinas porque, después de varios minutos contemplando la oscuridad, comenzaba a tener la absurda impresión de que algo podía estar observándola desde el otro lado. Solía reírse de sí misma cuando ocurría; después de tantos años escribiendo historias de terror, probablemente había perdido el derecho a disfrutar de una ventana abierta durante la noche.
Varios días después de su llegada, decidió recorrer uno de los senderos de la reserva que Novak le había recomendado. Salió después del mediodía con agua, el teléfono y una pequeña mochila, y durante las primeras horas encontró a otros visitantes en distintos sectores del recorrido. A medida que avanzaba, sin embargo, las voces fueron desapareciendo y el sonido de la naturaleza ocupó su lugar. Yana no se preocupó; el sendero seguía siendo perfectamente visible y todavía quedaban varias horas de luz.
El primer ruido detrás de ella tampoco consiguió inquietarla. Una rama se quebró algunos metros más atrás y asumió que otro excursionista avanzaba por el mismo camino, pero varios minutos después volvió a escucharlo y esta vez le pareció distinguir dos pasos entre el movimiento de la vegetación. Miró por encima del hombro y encontró el sendero vacío. Esperó unos segundos, intentando localizar el origen del sonido, antes de continuar. Podía ser un animal o simplemente alguna rama movida por el viento, aunque desde ese momento comenzó a prestar más atención a lo que ocurría detrás de ella, pero cuando escuchó los pasos por tercera vez, decidió regresar.