Yana

LA RESERVA

Yana corrió sin saber hacia dónde se dirigía, guiándose únicamente por el estrecho espacio que la linterna del teléfono conseguía iluminar delante de ella. El sendero había dejado de importarle desde el momento en que escuchó al desconocido seguirla y ahora solo intentaba poner la mayor distancia posible entre ambos, aunque las raíces que sobresalían de la tierra, las ramas bajas y la vegetación que invadía algunos sectores le impedían avanzar tan rápido como necesitaba. Varias ramas le golpearon los brazos y una llegó a rozarle el rostro, pero apenas sintió el ardor. Toda su atención estaba puesta en los pasos que continuaban escuchándose detrás de ella, siempre a una distancia difícil de calcular y con una regularidad que resultaba todavía más inquietante porque quien la perseguía no parecía correr. Yana llevaba varios minutos avanzando tan rápido como podía y, aun así, aquellos pasos se mantenían cerca.

Intentó mirar hacia atrás sin detenerse y estuvo a punto de tropezar cuando la luz recorrió accidentalmente la vegetación. No consiguió ver al hombre, pero tampoco necesitaba hacerlo para saber que continuaba allí; las ramas se movían detrás de ella y cada tanto escuchaba una pisada demasiado clara para atribuirla a un animal. Aceleró hasta que la respiración comenzó a dolerle y el corazón golpeó con tanta fuerza contra su pecho que por momentos los propios latidos se confundían con los sonidos de la reserva. Fue en medio de aquella mezcla de ruidos cuando creyó escuchar su nombre. Al principio no estuvo segura y continuó corriendo, convencida de que el miedo había convertido algún sonido en una palabra reconocible, pero pocos segundos después volvió a escucharlo con suficiente claridad como para reducir involuntariamente la velocidad.

—Yana...

Se volvió mientras dirigía la linterna hacia el camino que acababa de recorrer, pero el haz de luz apenas alcanzó los primeros árboles y no encontró a nadie entre ellos. Lo extraño no era únicamente que la hubieran llamado por su nombre, sino que no conseguía determinar de dónde había provenido la voz. No parecía haber llegado desde detrás de ella ni desde alguno de los costados; la había sentido demasiado cerca, casi mezclada con sus propios pensamientos, y había algo en su sonido que despertaba una familiaridad imposible de ubicar. Yana permaneció allí apenas unos segundos antes de continuar, esta vez sin correr, intentando controlar la respiración y convencerse de que necesitaba pensar con claridad si realmente quería salir de la reserva. Podía haber escuchado a otra persona, podía haber interpretado mal algún ruido e incluso podía estar atravesando uno de aquellos episodios que conocía demasiado bien. Ninguna de esas posibilidades explicaba al hombre que la había tocado, pero al menos le impedían entregar por completo el control al miedo.

El sendero se dividió nuevamente y Yana eligió uno de los caminos sin saber si la acercaba o la alejaba de la salida. Avanzó durante varios minutos y los pasos dejaron de escucharse, lo que finalmente le permitió detenerse junto a un árbol para recuperar el aire. Tenía pequeños rasguños en los brazos, sentía una molestia creciente en una rodilla y la batería del teléfono había descendido por debajo del veinte por ciento, pero seguía sin cobertura. Intentó llamar una vez más al señor Novak antes de guardar el dispositivo y cerrar los ojos durante unos segundos. Necesitaba ordenar lo ocurrido: había visto a un hombre entre los árboles, después había vuelto a encontrarlo delante de ella y, finalmente, él la había seguido. Hasta ahí podía aceptar los hechos, pero la voz pronunciando su nombre comenzaba a pertenecer a un terreno que Yana prefería no explorar mientras estuviera sola.

Cuando abrió los ojos y levantó nuevamente el teléfono, distinguió una silueta varios metros más adelante. El sobresalto la hizo retroceder hasta apoyar la espalda contra el árbol, porque estaba segura de que aquel camino había permanecido vacío apenas unos segundos antes. El desconocido se encontraba ahora delante de ella, inmóvil en medio del sendero, aunque Yana no comprendía cómo había conseguido llegar hasta allí. No había escuchado a nadie adelantándola y, aun suponiendo que conociera perfectamente la reserva, habría tenido que atravesar una zona de vegetación mucho más densa para anticiparse a sus movimientos.

—¿Qué querés de mí? —preguntó mientras levantaba el teléfono.

La figura no respondió y Yana dirigió la linterna hacia ella. La distancia apenas permitía distinguir el contorno del cuerpo, pero esta vez reparó en dos formas alargadas que se elevaban sobre la cabeza. Durante un momento intentó comprender qué estaba observando, hasta que la figura avanzó y la luz alcanzó una parte de su rostro. El reconocimiento fue inmediato y produjo en Yana un miedo completamente distinto al que había sentido hasta entonces... El hombre llevaba una máscara de conejo.

No se trataba de una máscara cualquiera. Las orejas eran excesivamente largas y el material tenía un aspecto envejecido, con manchas oscuras alrededor de los ojos y una abertura irregular en la parte inferior. Una sonrisa atravesaba la boca de extremo a extremo, cerrada mediante gruesas puntadas que parecían mantener ambos bordes unidos. Yana conocía aquellas características porque había pasado horas decidiendo cada una de ellas años atrás. Había dibujado las primeras versiones en sus cuadernos, descartado otras y terminado describiendo exactamente aquella máscara en una de sus novelas. El conejo no pertenecía a ninguna leyenda que hubiera adaptado ni estaba inspirado en una fotografía que alguien pudiera encontrar con facilidad. Era uno de sus personajes y aquella sonrisa cosida se había convertido en el detalle que sus lectores reconocían inmediatamente.

Yana retrocedió mientras intentaba encontrar una explicación que no la obligara a aceptar lo que tenía delante. Alguien podía haber leído sus libros y confeccionado la máscara, aunque eso significaba que esa persona sabía que estaba en Jujuy, conocía el lugar exacto que había visitado y había esperado hasta que se encontrara sola para seguirla. La alternativa era admitir que quizás no había nadie detrás de la máscara y que su propia mente estaba utilizando una imagen conocida para darle forma al miedo, pero ninguna posibilidad conseguía tranquilizarla.




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