Yana

PESADILLA

Novak acompañó a Yana hasta la cabaña y esperó a que entrara antes de cerrar la puerta. Solo entonces ella comenzó a sentir realmente el agotamiento de las últimas horas. Durante el camino había permanecido pendiente de los árboles, convencida de que en cualquier momento volvería a distinguir las orejas del Conejo entre la vegetación, pero allí dentro la reserva parecía finalmente haber quedado lejos. Se sentó junto a la mesa mientras Novak preparaba algo caliente y observó sus propias manos, todavía temblorosas y cubiertas de pequeños rasguños que apenas había notado mientras corría.

—Tomalo despacio —dijo Novak cuando dejó una taza frente a ella—. Te va a hacer bien.

Yana sostuvo el té entre las manos sin beber inmediatamente. El calor le resultaba agradable, aunque no conseguía desprenderse de la imagen de aquella máscara. Recordaba demasiado bien la sonrisa cosida y las largas orejas, pero cuanto más tiempo pasaba dentro de la cabaña, más difícil resultaba reconciliar aquel recuerdo con la realidad que la rodeaba. Había estado perdida, asustada y completamente sola en la oscuridad; sabía lo suficiente sobre su propia mente como para entender lo que eso significaba y precisamente por esa razón no podía confiar ciegamente en lo que había visto.

Novak no volvió a preguntarle por el hombre. Se limitó a buscar una manta y colocarla sobre sus hombros antes de sentarse frente a ella, permitiendo que el silencio se prolongara hasta que la respiración de Yana recuperó un ritmo más tranquilo. Después de un rato decidió cambiar de tema.

—Hace mucho que no me contás qué estás escribiendo.

Yana levantó la mirada y una pequeña sonrisa apareció en su rostro.

—Porque no estoy escribiendo nada.

—Eso sí que me preocupa.

—Terminé una novela hace poco —aclaró ella, divertida—. Se llama La familia Masaru, todavía está en edición.

—Entonces te perdono.

Yana bebió un poco de té y acomodó mejor la manta sobre sus piernas.

—Igual no conseguí alejarme demasiado, Ailan me manda videos del rodaje todos los días.

Novak la miró con curiosidad.

—¿Del rodaje?

—Ya empezamos con la película.

—¿Antes de publicar el libro?

Yana asintió.

—Cosas de Ailan. Compró una productora para adaptar mis historias y ahora quiere aprovecharla.

—Conociéndolo, me sorprende que haya esperado a que terminaras de escribir.

Yana soltó una risa.

—No le des ideas. La próxima vez me va a pedir el primer capítulo y va a empezar a buscar actores.

—Solo quiere verte crecer.

Había algo en la forma sencilla en que Novak lo dijo que hizo que Yana bajara la mirada hacia la taza con una sonrisa.

—Sí, lo sé.

—¿Está él con la película?

—En Córdoba. Están filmando en un hospital abandonado y me manda videos para darme envidia, el lugar es increíble.

—Podrías haber ido con él.

—Ese era el problema. Si iba, no iba a descansar; terminaría metida en cada escena.

Novak sonrió mientras se levantaba para recoger su taza.

—Entonces hiciste bien en venir acá.

Yana miró los rasguños de sus manos y arqueó ligeramente una ceja.

—No sé si esta noche es el mejor momento para defender esa teoría.

Novak rio por lo bajo.

—Una mala noche no arruina un buen lugar.

Novak sonrió y Yana bebió finalmente un poco de té. Hablar de Ailan y del rodaje consiguió devolver cierta normalidad a la noche, aunque el cansancio comenzó a imponerse poco después. Se acomodó en uno de los sillones con la manta sobre las piernas y permaneció observando el fuego mientras Novak hojeaba distraídamente un libro.

—Estoy agotada, pero no quiero dormir —admitió después de un rato.

—Después de lo que pasó es normal. No tenés que obligarte.

Yana asintió y miró hacia una de las ventanas. Las cortinas estaban cerradas, pero aun así sintió el impulso de comprobarlas antes de apartar la vista.

—¿Puede dejar alguna luz encendida?

—Claro, voy a estar en la cabaña de al lado, así que si necesitás algo, me llamás o golpeás la puerta.

Yana le agradeció y Novak se marchó después de asegurarse de que estuviera bien. La lámpara de la sala permaneció encendida y durante algunos minutos ella creyó que sería incapaz de dormir, pero el cuerpo terminó decidiendo por su cuenta. Se acomodó mejor sobre el sillón y cerró los ojos con la intención de descansar apenas un momento.

Cuando volvió a abrirlos, estaba en el hospital de Córdoba.

Reconoció el lugar por los videos que Ailan le había enviado: las paredes deterioradas, las camillas abandonadas y los largos pasillos donde el equipo de producción había instalado cámaras, reflectores y cables. Sin embargo, no había técnicos ni actores. Todo el equipamiento permanecía en su lugar como si el rodaje hubiera sido interrumpido repentinamente y, desde algún punto del edificio, una voz anunció el comienzo de una nueva toma.

Yana avanzó siguiendo el sonido hasta llegar al salón donde estaban filmando La familia Masaru. La mesa ocupaba el centro de la habitación y tres personas se encontraban sentadas alrededor de ella: un hombre, una mujer y un niño, todos vestidos exactamente como los personajes de su historia. Permanecían con la cabeza inclinada y las manos apoyadas sobre la mesa mientras una cámara apuntaba hacia ellos.

—Acción —ordenó nuevamente la voz.

Los tres levantaron la cabeza al mismo tiempo.

Yana retrocedió al descubrir que ninguno tenía rostro. La piel cubría por completo el lugar donde deberían encontrarse los ojos, la nariz y la boca, pero los tres permanecían orientados hacia ella como si pudieran verla. La cámara comenzó a moverse sola sobre el riel y una segunda voz habló detrás de Yana.

—Dijiste que querías estar acá.

Reconoció a Ailan antes de darse vuelta.

Su hermano estaba parado en medio del pasillo vestido con una antigua bata de paciente. Tenía la piel extremadamente pálida y una expresión que no se parecía en nada a la suya, aunque cuando comenzó a caminar hacia ella fue su voz la que volvió a escuchar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.