Para Tristán Millers, el control no era una virtud; era una cuestión de supervivencia.
Desde la noche en que la vida de Sofía se le escurrió entre los dedos sobre una mesa de operaciones, el mundo exterior se había convertido en un caos impredecible y amenazante. Su duelo no se tradujo en lágrimas, sino en un muro de contención absoluto. Abandonó la práctica médica quirúrgica y transformó el holding de innovación científica de su familia en su fortaleza personal. Cada protocolo, cada científico a su cargo, cada filtro de aire y cada muestra genómica en sus laboratorios debían pasar por su supervisión directa. Si no podía controlar el destino, al menos controlaría cada centímetro de su entorno.
Y por encima de todo, protegía a Matts.
El bebé era la única pieza intacta de Sofía que quedaba en la Tierra. Su obsesión por la seguridad de su hijo rozaba lo enfermizo: monitores biométricos conectados a sus dispositivos las veinticuatro horas, un equipo médico privado exclusivo para el lactante y un protocolo estricto que prohibía a cualquier persona ajena a su círculo de extrema confianza acercarse al área residencial de la corporación.
Aquella mañana, en el piso de genética avanzada del Complejo Millers, la atmósfera era tan pulcra como helada.
Eluna Carter ajustó la chaqueta sobre sus hombros mientras caminaba por el corredor de paredes de cristal. A sus veintidós años, no encajaba en aquel templo de la ciencia sobria. Tras semanas de malestares inexplicables, su padre, desesperado por respuestas y haciendo uso de su reciente fortuna, había logrado agendarle un estudio genético especializado en el único lugar del país capaz de procesarlo: los laboratorios Millers.
—Sus resultados están listos, señorita Carter —le había comunicado el genetista minutos antes, entregándole la carpeta—. Todo es completamente negativo. No hay anomalías ni marcadores patológicos. Sus síntomas se deben únicamente a fatiga severa y estrés.
Eluna suspiró con una mezcla de alivio y cansancio mientras caminaba de regreso hacia la salida. Sin embargo, al pasar cerca de la intersección que conectaba la zona de laboratorios con el ala privada del edificio, un sonido tenue rompió la monotonía del aire acondicionado.
Un llanto. El llanto desconsolado y constante de un bebé.
Eluna se detuvo. Miró a ambos lados del pasillo, pero el personal parecía ocupado en sus microscopios y pantallas. Guiada por una mezcla de curiosidad, espontaneidad y un impulso protector imposible de ignorar, siguió la vibración del sonido. Giró en una esquina, traspasó una puerta de acceso restringido que había quedado desmagnetizada por el mantenimiento del personal de limpieza y se adentró en una suite privada iluminada por luz cálida.
Allí, en una cuna de diseño impecable, un pequeño de apenas unos meses se agitaba con el rostro enrojecido, apretando sus puñecitos contra el aire.
—Hola, pequeño... ¿qué pasa? —murmuró Eluna, acercándose con suavidad sin pensarlo dos veces.
El bebé no reaccionaba a los sensores ni a la música ambiental de la cuna. Eluna se inclinó, deslizándose de manera natural por el borde. Con delicadeza infinita, colocó una mano en su espalda y la otra bajo su cabecita, elevándolo contra su pecho.
—Shh, ya está. Tranquilo, no estás solo —susurró, comenzando a acunarlo con un balanceo lento y rítmico mientras le acariciaba la espalda.
El calor humano hizo efecto de inmediato. Matts soltó un último sollozo ahogado, apoyó su mejilla sobre el hombro de Eluna y dejó escapar un profundo suspiro, calmándose casi de forma mágica. Eluna sonrió, sintiendo la fragilidad y dulzura del bebé. Lo sostuvo durante un par de minutos, disfrutando del silencio que acababa de devolverle a la estancia, hasta que notó que el pequeño había cerrado los ojos, profundamente dormido.
Con extremo cuidado, se inclinó de nuevo sobre la cuna para acostarlo. Acomodó la sábana suavemente sobre sus hombros y dio un paso hacia atrás, conteniendo la respiración para no despertarlo.
Al girarse para alejarse, se topó de frente contra una pared humana.
Tristán Millers estaba parado a menos de un paso de ella.
Su figura alta y elegante proyectaba una sombra imponente. Llevaba la bata blanca sobre un traje oscuro, pero lo que congeló el aire en la habitación no fue su porte, sino la tormenta helada que ardía en sus ojos grises. Su mandíbula estaba tan apretada que los músculos de su rostro permanecían rígidos. La sola presencia de una desconocida dentro del santuario de su hijo había encendido todas sus alarmas de posesividad y control.
—¿Quién eres tú —la voz de Tristán resonó como un látigo bajo, rasposo y cargado de una autoridad aterradora— y qué demonios haces tocando a mi hijo?
Eluna dio un pequeño paso atrás, pero la espalda le chocó contra el borde de la cuna, dejándola atrapada entre el marco del mueble y la mirada obsesiva del hombre que tenía enfrente.
Editado: 02.10.2026