El frío de Moscú tenía una manera bastante particular de recordarme todas las mañanas que, por alguna razón que todavía no terminaba de comprender, había decidido vivir en Rusia.
Abrí los ojos lentamente y me quedé mirando el techo durante unos segundos.
No quería levantarme.
No porque estuviera cansada. Bueno… sí estaba cansada, pero ese no era el problema.
El problema era el frío.
—Cinco minutos más —murmuré, acomodándome otra vez entre las cobijas.
—Llevas diciendo eso desde hace quince minutos.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Cómo entraste?
Giré la cabeza y encontré a Misha apoyado en el marco de mi puerta, con una taza de café en una mano y una expresión de absoluta superioridad en el rostro.
—La puerta estaba abierta.
—Eso no responde mi pregunta.
—Sí responde.
—No.
—Sí.
—Misha.
—Antonella.
Nos quedamos mirando durante unos segundos.
Él fue el primero en sonreír.
—Buenos días.
Solté un suspiro y escondí la cara debajo de la almohada.
—No quiero ir a trabajar.
—Claro que quieres.
—No.
—Te encantan los niños.
—A los niños sí. A levantarme a las seis de la mañana, no.
Escuché su risa antes de sentir cómo se sentaba en el borde de mi cama.
Misha y yo teníamos una amistad bastante difícil de explicar. Nos habíamos conocido hacía algunos años y, desde entonces, prácticamente habíamos terminado convirtiéndonos en familia. Vivíamos juntos desde hacía un tiempo y, aunque teníamos personalidades bastante diferentes, habíamos aprendido a convivir.
Él era mucho más sociable que yo.
Yo podía pasar una tarde entera en casa sin sentir la necesidad de hablar con nadie.
Misha, en cambio, podía salir a comprar pan y regresar tres horas después con la historia de vida de la señora de la panadería, el nombre de su perro y probablemente hasta su árbol genealógico.
—Te traje café —dijo.
Saqué la cabeza de debajo de la almohada.
—¿Frío?
—No.
Volví a esconderme.
—Entonces no me sirve.
—Eres insoportable.
—Lo sé.
Sentí cómo dejaba la taza sobre mi buró.
—Tienes cuarenta minutos.
—¿Cuarenta?
—Cuarenta.
Me incorporé de inmediato.
—¡¿Por qué no me despertaste antes?!
Misha comenzó a reírse mientras yo salía prácticamente disparada de la cama.
—¡Porque quería ver cuánto tardabas en recordar que tienes trabajo!
—¡Misha!
—¡Buenos días!
Agarré una almohada y se la lancé.
Él alcanzó a cerrar la puerta justo a tiempo.
—¡Te odio!
—¡También te quiero!
Negué con la cabeza mientras sonreía.
Era imposible enojarme realmente con él.
Me levanté y fui directo al baño.
Después de una ducha rápida, me quedé frente al espejo mientras intentaba acomodar mi cabello.
Mis rizos negros habían decidido amanecer con personalidad propia.
—Perfecto —murmuré.
Intenté arreglarlos con las manos.
Peor.
Tomé un poco de crema, volví a intentarlo y finalmente decidí que no tenía tiempo para pelear con ellos.
Me maquillé apenas. Corrector, un poco de rubor, máscara de pestañas y brillo en los labios.
No necesitaba mucho más.
Elegí unos pantalones de tiro alto, una blusa de cuello alto y un abrigo largo. Antes de salir, me miré una última vez.
No era una mujer que necesitara pasar horas frente al espejo para sentirse bonita.
Me gustaba la moda, eso sí.
Muchísimo.
Podía pasar una hora viendo vestidos, zapatos o bolsos que probablemente no necesitaba.
Pero también sabía perfectamente que no todo lo bonito tenía que ser mío.
Aunque eso no impedía que lo quisiera.
Tomé mi bolso y salí de la habitación.
Misha estaba en la cocina.
Y, como era de esperarse, estaba desayunando tranquilamente.
Lo miré.
Después miré el reloj.
—¿No tienes trabajo?
—Sí.
—¿Y no vas tarde?
—No.
—¿Entonces por qué yo sí?
Le dio un mordisco a su tostada.
—Porque tú eres la que se quedó quince minutos más en la cama.
—No fueron quince.
Me miró.
—Fueron dieciocho.
—¿Me estabas cronometrando?
—Quizá.
Tomé una manzana de la mesa.
—Algún día voy a vengarme.
—Llevo años esperando ese momento.
Sonreí.
—Idiota.
—Dramática.
Me acerqué a la cafetera y preparé algo rápido para mí.
—¿Qué tienes hoy?
—Lo de siempre.
—Eso no es una respuesta.
—Voy con los niños por la mañana. Después tengo que pasar por el supermercado y, si llego con energía, quiero terminar un pedido.
Misha levantó las cejas.
—¿Otro?
—Sí.
—¿Qué haces ahora?
—Una torta.
—¿Para quién?
—Una de las familias me pidió una para el cumpleaños de la abuela.
—¿Y cuánto vas a cobrar?
Le dije la cantidad.
Misha frunció el ceño.
—Estás cobrando poco.
—No estoy cobrando poco.
—Antonella.
—Es una torta sencilla.
—Tú dices que todo es sencillo.
—Porque puedo hacerlo.
—Ese no es el punto.
Sonreí mientras tomaba mi café.
Era una discusión que habíamos tenido demasiadas veces.
A mí me gustaba hornear.
No solamente porque pudiera ganar un poco de dinero extra, sino porque realmente lo disfrutaba.
Había algo en preparar una receta desde cero que me tranquilizaba.
Medir los ingredientes.
Preparar la masa.
Esperar.
Decorar.
Y finalmente ver cómo algo que había comenzado como un montón de ingredientes terminaba convertido en algo completamente diferente.
Quizá por eso me gustaba tanto.
Porque era una de las pocas cosas en las que no tenía que pensar demasiado.
Solo hacer.
—Por cierto —dijo Misha—, ayer recibiste un mensaje.
—¿De quién?
—De la familia de los niños.