El Período de Facto en Uruguay

Prólogo

En mis primeros años de escuela, cuando cursaba primero o segundo año y mi hermana venía apenas una tanda más abajo, solíamos asomarnos juntas al vidrio. Aún no había comenzado la dictadura, pero ya se sentía que el ambiente estaba revolucionado.

Desde la ventana de nuestro apartamento veíamos pasar las ruidosas manifestaciones estudiantiles avanzando por la avenida entre gritos y corridas. En una de esas tardes de revuelta, mi hermana se dio la vuelta, me miró con una seriedad total en su rostro infantil y me lanzó una advertencia inolvidable:

—¡Anabel, nunca hagas el liceo!

En su lógica de niña pequeña, llegar al segundo ciclo escolar era la única y peligrosa razón que obligaba a la gente a participar de aquellas protestas callejeras. Para ella, el liceo era un lugar temible que rompía la paz.

Nuestra infancia transcurrió en una frontera invisible: la edad justa para haber vivido el período de facto en Uruguay, pero no para comprender la magnitud de lo que realmente sucedía en las calles de Montevideo.

Durante muchísimos años, la situación del país fue un tabú absoluto dentro de las casas; nos enteramos de la verdadera realidad mucho tiempo después. Es una sensación sumamente extraña mirar hacia atrás y descubrirse parte de esa historia, habiendo sido testigos directos pero sin la madurez necesaria para saber de qué se trataba, prisioneras del silencio sepulcral que rodeaba al asunto.

Aunque tuvimos suerte de que la dictadura no nos tocara de cerca, eso no fue el caso de un doctor amigo de mis padres.




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