La rigurosidad de la época golpeaba de cerca los círculos de mis padres. Un doctor muy amigo de la familia fue detenido por las fuerzas del orden y llevado a la cárcel, donde permaneció confinado durante largos años. ¿Su único delito? Haber cumplido con su deber profesional y ético al curar a un tupamaro herido.
En medio del horror del cautiverio, el amor encontró una rendija para manifestarse. Mi madre me comentó en una oportunidad que este médico le escribía a su esposa desde el calabozo unas cartas desgarradoras. En una de ellas dejó plasmadas unas de las palabras más románticas que he leído en toda mi existencia, unos versos que, durante mi propia adolescencia, me ayudaron profundamente a creer en la utopía del amor verdadero:
«No sé qué hacer para calmar mi mano derecha...
Solo puedo escribir tu nombre».
Tristemente, la historia de carne y hueso no tuvo un final de película. Luego de que la dictadura llegó a su fin y él recuperó la libertad, la pareja terminó en divorcio. Aquel romance tan potente, que funcionaba de mil maravillas y con una devoción absoluta mientras estaban trágicamente separados por las rejas, no logró resistir la prueba de la convivencia diaria en libertad, ni los cambios psicológicos y emocionales que ambos, de forma inevitable, habían sufrido en el interín de tanta ausencia. El regreso a la normalidad terminó por marchitar lo que el encierro había idealizado.