El despertador sonó a las cinco y media de la mañana.
El ruido quebró de golpe la oscuridad del dormitorio.
Robert Neville abrió los ojos, aunque durante unos segundos no supo exactamente dónde estaba. Permaneció tendido, inmóvil, con la respiración pesada y una desagradable sensación oprimiéndole el pecho.
Había soñado.
Otra vez.
No recordaba todos los detalles, pero tampoco era necesario. Sabía quién había aparecido en el sueño.
Virginia.
Kathy.
Siempre terminaba siendo alguna de las dos.
O ambas.
El despertador siguió sonando.
Neville gruñó, sacó un brazo de debajo de las mantas y tanteó la mesita hasta encontrarlo. Lo golpeó con la palma de la mano.
Silencio.
Se quedó boca arriba.
Cinco y media.
Todavía era de noche.
Durante unos momentos pensó en cerrar los ojos y volver a dormir. No había nadie que pudiera obligarlo a levantarse. Ningún jefe. Ningún horario. Ninguna oficina. Ninguna obligación que no se hubiera impuesto él mismo.
Pero precisamente por eso tenía que levantarse.
La rutina era importante.
La rutina era quizá la única cosa que todavía separaba su vida de una existencia completamente animal.
Extendió la mano hacia los cigarrillos.
Encontró el paquete.
Sacó uno.
Lo encendió.
La pequeña llama iluminó brevemente su rostro cansado.
Neville aspiró el humo y se incorporó hasta quedar sentado en la cama.
Permaneció así durante varios minutos.
Fumando.
Esperando.
Fuera todavía estaban ellos.
No necesitaba escucharlos para saberlo.
Aunque llevara tapones durante la noche, aunque las paredes fueran gruesas, aunque cerrara los ojos e intentara convencerse de que estaba solo, sabía que se encontraban allí.
Esperando también.
Dos especies compartiendo unas pocas horas de oscuridad, separadas por tablones, ajo y una puerta reforzada.
Neville dio otra calada.
—Buenos días.
Murmuró.
La frase le resultó absurda.
Miró hacia la ventana cubierta.
No había luz detrás de los tablones.
Todavía no.
Apagó el cigarrillo, apartó las mantas y se puso de pie.
El suelo estaba frío.
Cruzó el dormitorio, atravesó el pasillo y llegó hasta la sala. Caminaba lentamente, todavía entumecido por el sueño.
Se acercó a la puerta.
Dudó un instante.
Después abrió la pequeña cubierta que ocultaba la mirilla y acercó un ojo.
Afuera, sobre el césped, las figuras oscuras permanecían dispersas alrededor de la casa.
Neville contuvo la respiración.
Incluso después de tantos meses seguía sintiendo algo al verlas.
No exactamente miedo.
Había superado hacía tiempo la fase en que el miedo puro gobernaba cada uno de sus movimientos.
Era otra cosa.
Una mezcla de repulsión, tensión y una especie de odio cansado.
Las figuras se alzaban sobre el jardín como guardianes de una prisión.
Sólo que él era el prisionero.
Algunos permanecían inmóviles.
Otros caminaban de un lado a otro.
Una mujer estaba agachada junto a los restos de un arbusto. Dos hombres parecían discutir cerca de la acera.
La oscuridad empezaba a diluirse.
Muy lentamente.
Neville miró hacia el horizonte.
El amanecer se aproximaba.
Una de las figuras levantó la cabeza.
Después otra.
Entonces comenzaron a marcharse.
Primero individualmente.
Luego en pequeños grupos.
Sus movimientos eran torpes, irritados.
Desde la calle llegaban murmullos de descontento.
Como animales obligados a abandonar una presa.
Neville observó.
—Vamos.
Murmuró.
—Largo.
Uno de ellos se volvió hacia la casa.
Neville no distinguió su rostro.
No hacía falta.
Sabía que no tardarían mucho en desaparecer.
La noche había terminado.
Su turno empezaba.
Cerró la mirilla.
Regresó al dormitorio y encendió la luz.
La bombilla titubeó durante una fracción de segundo.
Neville levantó la mirada.
—No me fastidies.
La luz se estabilizó.
El generador.
Otra vez.
Se quitó los pantalones del pijama y empezó a vestirse.
Primero la ropa interior.
Luego los pantalones.
Mientras introducía un brazo en la camisa escuchó una voz lejana.
A pesar de los muros la reconoció de inmediato.
—¡Sal, Neville!
Neville se quedó inmóvil.
Ben Cortman.
Siempre Ben Cortman.
La voz llegó una vez más, aunque algo más débil.
—¡Sal, Neville!
Neville terminó de ponerse la camisa.
—Buenos días para ti también, Ben.
Esperó.
No hubo otro grito.
Eso había sido todo.
Enseguida desaparecerían.
Cada minuto que pasaba los debilitaba.
A veces se preguntaba qué hacían cuando empezaba a amanecer.
¿Sentían dolor?
¿Miedo?
¿Simplemente cansancio?
¿Sabían que tenían que ocultarse o era un reflejo?
Neville se abrochó la camisa.
Probablemente algunos estaban heridos.
Era frecuente que durante la noche se atacaran entre sí.
No existía ninguna verdadera solidaridad entre ellos.
Ninguna organización.
Ninguna disciplina.
Nada parecía unirlos salvo aquella necesidad que los impulsaba a buscar sangre y a rodear su casa.
Aquello era importante.
Se quedó pensando.
«Nada los une.»
Tal vez debía anotarlo.
Había empezado a comprender que cada observación podía ser útil.
Pero no ahora.
Tenía demasiado que hacer.
Una vez vestido se sentó en el borde de la cama.
Tomó un pequeño cuaderno y un lápiz.
Escribió:
Torno en Sears.
Se detuvo.
Agua.
Otra pausa.
Miró hacia la pared.
Generador.
Pensó en los tarugos que se acababan.
Escribió:
Madera (?)
Finalmente añadió: