El Último Sobreviviente

Capítulo 8 - El Eco De Los Muertos

Neville se agachó lentamente y hundió los dedos en la tierra.

La noche anterior había lloviznado apenas unos minutos, lo suficiente para humedecer la capa superficial y oscurecer el suelo. Bajo las uñas se le acumuló tierra negra y fría.

Cogió un puñado.

Lo sostuvo frente a sus ojos.

Durante un momento no hizo nada.

Luego abrió lentamente los dedos.

Los pequeños terrones se deshicieron mientras caían.

Algunos se rompieron al golpear contra el suelo.

Otros quedaron adheridos a su palma.

Neville los contempló.

Tierra.

Algo tan sencillo.

Algo sobre lo que había caminado toda su vida sin dedicarle un segundo de pensamiento.

Ahora también formaba parte del problema.

De la leyenda.

De los vampiros.

—Tierra...

Murmuró.

Cerró la mano alrededor de otro pequeño terrón.

¿Cuántos dormían allí?

No en casas.

No en sótanos.

No dentro de armarios.

No ocultos en habitaciones donde la luz nunca llegaba.

En tierra.

Enterrados.

La leyenda decía que los vampiros regresaban a sus tumbas.

Que dormían en ataúdes.

Que necesitaban la tierra donde habían sido enterrados.

Neville había considerado siempre aquello una de las partes más absurdas de las historias.

Sin embargo...

Había encontrado algunos.

No muchos.

Pero suficientes.

Vampiros escondidos bajo tierra.

Algunos dentro de tumbas.

Otros en lugares improvisados.

¿Por qué?

Neville dejó escapar lentamente la tierra entre los dedos.

—¿Cuántos?

Preguntó.

Su voz sonó extraña en la calle desierta.

No había nadie que pudiera responder.

—¿Diez por ciento?

Otra porción de tierra cayó.

—¿Uno?

Sacudió la mano.

—¿Cincuenta?

La pregunta era imposible.

No tenía una muestra suficiente.

No sabía cuántos vampiros había en la ciudad.

Miles.

Decenas de miles.

Quizá cientos de miles.

No sabía cuántos habían muerto realmente antes de transformarse.

No sabía cuántos seguían técnicamente vivos.

Ni siquiera sabía si aquella distinción era tan clara como quería creer.

Neville se puso de pie.

Se limpió las manos contra los pantalones.

—Fantástico.

Miró el suelo.

—Otro problema sin respuesta.

Comenzaba a acostumbrarse.

Cada vez que creía haber descubierto algo, aparecían tres nuevas preguntas.

El ajo funcionaba.

Pero el sulfuro de alilo inyectado no.

La cruz funcionaba.

Pero todo indicaba que su efecto podía ser psicológico.

La luz solar mataba.

Pero aún no comprendía por qué.

La estaca funcionaba.

Aunque no estaba seguro de que fuese la madera lo importante.

Algunos dormían en tierra.

Otros no.

Algunos parecían cadáveres.

Otros respiraban.

Algunos hablaban.

Otros gruñían como animales.

Todo encajaba.

Y nada encajaba.

Neville cerró los ojos.

Otra vez dejó que la tierra resbalara por su palma.

Si pudiera demostrar una sola cosa...

Una.

Si pudiera tener la certeza de que los que dormían bajo tierra habían muerto y regresado después...

Entonces quizá podría empezar a formular una teoría.

Quizá la infección continuaba funcionando después de la muerte.

Quizá existían dos estados.

El infectado vivo.

Y el infectado muerto.

Eso explicaría algunas diferencias.

Tal vez.

Pero no sabía cómo demostrarlo.

No tenía historiales médicos.

No tenía registros.

No tenía médicos.

No tenía laboratorios completos.

No tenía a nadie con quien discutir sus conclusiones.

Sólo estaba él.

Robert Neville.

Un hombre con demasiados libros y demasiado poco conocimiento.

Abrió los ojos.

—Muy bien.

Miró hacia la casa.

—No puedes saberlo todo.

No era un gran consuelo.

Otra cuestión le había ocupado la mente durante buena parte de la noche anterior.

La cruz.

La reacción de la mujer había sido evidente.

Terror puro.

No físico.

Psicológico.

Eso pensaba.

Pero si era psicológico...

Neville frunció el ceño.

La pregunta regresó.

¿Cómo reaccionaría un vampiro mahometano ante la visión de una cruz?

Se quedó quieto.

La absurda formulación mental volvió a parecerle graciosa.

Un vampiro musulmán viendo una cruz.

¿Qué haría?

¿Nada?

¿Se reiría?

¿Retrocedería?

¿Y un judío?

¿Un budista?

¿Un ateo?

¿Necesitaría cada uno su propio símbolo?

Neville imaginó una caja de herramientas llena de objetos religiosos.

Una cruz.

Una estrella de David.

Una media luna.

Algún símbolo hindú.

Quizá un ejemplar de filosofía para los ateos.

La imagen apareció de manera tan ridícula que algo escapó de su garganta.

Neville se quedó inmóvil.

Había sido una risa.

Corta.

Ronca.

Casi un ladrido.

Parpadeó.

Entonces volvió a reír.

—Dios mío.

La segunda risa sonó todavía más extraña.

Neville se llevó una mano a la garganta.

—¿Qué demonios...?

Sonrió.

La expresión le resultó rara.

Los músculos de la cara parecían no recordar bien cómo hacerlo.

—Hace tiempo que no me río.

La idea lo dejó pensativo.

¿Cuándo había sido la última vez?

No recordaba.

Tal vez aquella noche absurda en que había hablado sobre los derechos sociales de los vampiros.

Pero aquello había sido alcohol.

No contaba.

Una risa auténtica...

No.

No recordaba.

Escuchó mentalmente el sonido que acababa de producir.

No parecía una risa normal.

Parecía la tos de un perro enfermo.

Neville hizo una mueca.

—Bueno.

Se miró las manos.

—Eso es lo que soy ahora, al fin y al cabo.



#164 en Ciencia ficción
#674 en Thriller

En el texto hay: apocalipsis, supervivencia

Editado: 19.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.