El Último Sobreviviente

Capítulo 4 - La Luz Que Mata

Neville no pensó en poner el despertador.

La noche anterior había llegado a un punto en que cualquier precaución, cualquier rutina y cualquier pensamiento racional dejaron de importarle.

Se había desplomado sobre la cama vestido a medias, con la cabeza pesada por el alcohol y el cuerpo vencido por un agotamiento que ya no sabía distinguir del cansancio emocional.

Por eso, aquella mañana, el timbre no sonó.

Ningún zumbido metálico lo arrancó del sueño.

Ninguna obligación lo llamó.

Durmió toda la noche a pierna suelta, el cuerpo inmóvil, como forjado en hierro.

Ni siquiera los últimos gritos de los vampiros antes del amanecer consiguieron despertarlo.

Cuando por fin abrió los ojos, permaneció unos segundos mirando el techo sin comprender qué ocurría.

Había demasiada claridad.

No veía directamente la luz del exterior, porque los tablones cubrían las ventanas, pero algunas líneas pálidas se filtraban por las pequeñas grietas de la madera.

Eran demasiado intensas para pertenecer al amanecer.

Neville parpadeó.

Se volvió hacia el reloj.

Las diez.

Durante unos segundos creyó haber leído mal.

Entrecerró los ojos.

Las diez y unos minutos.

—Demonios.

Se incorporó con un murmullo de disgusto y dejó caer las piernas fuera de la cama.

El movimiento fue un error.

El interior de su cabeza pareció desplazarse medio segundo después que el resto del cuerpo.

Neville se llevó una mano a la sien.

—Oh, fantástico.

Le latían las sienes como si el cerebro quisiera salir del cráneo.

Cada pulsación era perfectamente reconocible.

Tum.

Tum.

Tum.

Una presión caliente detrás de los ojos.

Una desagradable sequedad en la garganta.

El estómago parecía contener una piedra.

Neville apoyó ambos codos sobre las rodillas y dejó colgar la cabeza.

«Fantástico.»

Pensó.

«Esto es la borrachera de anoche.»

No necesitaba más averiguaciones.

Recordaba fragmentos.

El whisky.

El vaso rompiéndose en su mano.

La sangre.

Su discurso absurdo sobre los derechos civiles de los vampiros.

La tranca levantándose.

El rugido de las criaturas al otro lado de la puerta.

Después...

Neville cerró los ojos.

—Idiota.

Pronunciar la palabra empeoró el dolor.

—Muy bien, Neville. No hables.

Se levantó.

El suelo pareció moverse ligeramente.

Permaneció quieto hasta recuperar el equilibrio.

Luego, quejándose en voz baja, fue arrastrándose hasta el cuarto de baño.

Encendió la luz.

La bombilla le perforó los ojos.

—¡Ah!

La apagó inmediatamente.

—Eso tampoco.

Se inclinó sobre el lavabo y abrió el grifo.

El agua salió helada.

Neville puso las manos debajo.

Luego se remojó la cara.

Una vez.

Otra.

Finalmente hundió casi toda la cabeza debajo del chorro.

El frío le mordió el cuero cabelludo.

Permaneció así varios segundos.

Se incorporó jadeando.

El agua corría por su barba y goteaba sobre el pecho.

Miró su reflejo.

—No es suficiente.

Protestó.

Se sujetó al lavabo.

—No. Me siento realmente mal.

El hombre que se reflejaba en el espejo era flaco, barbudo y aparentaba más de cuarenta años.

Neville acercó un poco el rostro.

Los ojos estaban enrojecidos.

La barba descuidada endurecía sus facciones.

La piel parecía grisácea.

Había envejecido.

No de manera gradual.

No como envejecía la gente antes.

Había envejecido a golpes.

Una noche.

Otra.

Una muerte.

Otra.

Una mañana despertaba y descubría una nueva línea alrededor de los ojos.

Otra arruga.

Otra zona hundida.

Otra expresión que no recordaba haber tenido antes.

Neville apoyó ambas manos en el lavabo.

—Pareces un cadáver.

Su reflejo no discutió.

—No.

Se corrigió.

—Los cadáveres de ahí fuera tienen mejor aspecto.

Cerró los ojos.

Entonces aquellas palabras surgieron dentro de su cabeza.

«Amor, tu mágico encanto alcanza a todos los hombres.»

Neville abrió los ojos.

—¿Qué demonios...?

Las palabras ininteligibles le golpearon el cerebro como sábanas mojadas sacudidas por el viento.

No sabía de dónde habían salido.

Una canción.

Un anuncio.

Una frase de alguna película.

Algo perteneciente al mundo anterior.

Intentó recordar.

La cabeza le dio otro latido doloroso.

—No.

Abandonó el intento.

Se secó el rostro con una toalla.

Después cruzó lentamente el vestíbulo.

Cada paso parecía resonarle dentro del cráneo.

Llegó a la puerta.

Quitó la tranca.

Abrió la cerradura.

Dudó.

Durante la noche anterior casi había abierto aquella misma puerta por completo.

El recuerdo le produjo un escalofrío.

Neville apretó la mandíbula.

—Eso no volverá a ocurrir.

No estaba seguro de si se trataba de una promesa o de una orden.

Desatrancó la puerta de la calle.

La abrió.

El aire fresco entró en la casa.

Durante una fracción de segundo sintió alivio.

Entonces miró hacia abajo.

Una maldición salió de sus labios.

Otra mujer estaba tendida en la acera.

Neville cerró los ojos.

—Perfecto.

Sintió que la ira le invadía el cuerpo.

Una ira instantánea, desproporcionada.

Tenía ganas de bajar los escalones, agarrar aquel cuerpo y arrojarlo hasta la mitad de la calle.

Pero la rabia aceleró los latidos de su cabeza.

Tum.

Tum.

Tum.

Neville se llevó dos dedos a la sien.

—Despacio.

Respiró.

La mujer permanecía inmóvil.

El vestido estaba desgarrado a la altura de una pierna.

Un brazo descansaba sobre el cemento.

Los cabellos le cubrían media cara.



#164 en Ciencia ficción
#674 en Thriller

En el texto hay: apocalipsis, supervivencia

Editado: 19.09.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.