Neville hizo girar la llave del motor con dedos temblorosos.
Durante un segundo no ocurrió nada.
El pequeño instante de silencio le pareció interminable.
—Vamos...
Giró otra vez la llave.
El motor tosió, vibró bajo el capó y finalmente despertó con un rugido.
Neville soltó el aire que llevaba conteniendo.
—Vamos, vamos, vamos.
Sus manos sujetaron rígidamente el volante mientras introducía la marcha.
Dio media vuelta con demasiada violencia, haciendo chirriar los neumáticos contra el pavimento, y apuntó la camioneta hacia Gardena.
En la parte trasera iba el cuerpo de la mujer.
Hacía apenas unos minutos aquello había sido lo más importante.
Su experimento.
La posibilidad de descubrir algo.
Una respuesta.
Ahora no significaba absolutamente nada.
Todo su pensamiento se reducía a una sola cosa.
La hora.
¿Qué hora era?
Neville miró otra vez el reloj detenido.
Las tres.
Siempre las tres.
—Maldita sea.
Golpeó el volante.
—¡Maldita sea!
¡Qué estúpido había sido!
Una estupidez tan simple.
Tan pequeña.
No había dado cuerda al reloj.
Eso era todo.
Un gesto insignificante que cualquier hombre del viejo mundo podía olvidar sin consecuencias.
Un hombre podía llegar tarde al trabajo.
Perder una cita.
Recibir una reprimenda.
Comprar otro reloj.
Pero Robert Neville ya no vivía en aquel mundo.
Para él, olvidar dar cuerda a un reloj podía significar la muerte.
Intentó reconstruir mentalmente el día.
Había salido de casa por la mañana.
Después había conducido hasta el cementerio.
¿Cuánto había tardado?
Por lo menos una hora.
Quizá algo más.
El trayecto no había sido corto.
Luego...
Virginia.
La cripta.
Neville apretó las manos sobre el volante.
Había permanecido allí durante horas.
¿Una?
¿Dos?
¿Tres?
No lo sabía.
No había mirado el reloj.
No tenía ningún recuerdo preciso.
Había estado sentado junto al ataúd, perdido en pensamientos que no tenían duración.
Podían haber sido veinte minutos.
Podían haber sido dos horas.
Después había descubierto al vampiro muerto bajo la luz del día.
Luego había empezado a pensar.
La luz.
La sangre.
Los vampiros vivos y los muertos.
Después el barrio residencial.
La mujer.
El experimento.
El supermercado.
Luego el regreso para recogerla.
Neville sintió que se le helaba el estómago.
—¿Cuánto tiempo?
No había nadie que pudiera responderle.
—¿Cuánto maldito tiempo ha pasado?
Pisó el acelerador.
La camioneta saltó hacia adelante.
El motor protestó.
Neville miró hacia el cielo.
Gris.
Maldito cielo gris.
Las nubes convertían la tarde en una superficie uniforme donde no había sombras claras, ni colores, ni señales capaces de indicarle cuánto faltaba para el anochecer.
Tal vez eran las cuatro.
Tal vez las cinco.
Tal vez...
Neville tragó saliva.
No quiso completar el pensamiento.
¡Insensato!
Sintió frío en las venas.
Entonces recordó algo peor.
La puerta del garaje.
Neville abrió los ojos.
—Oh, Dios mío.
La había dejado abierta.
No medio cerrada.
No asegurada de cualquier manera.
Abierta.
Completamente abierta.
—¡La puerta del garaje!
El corazón comenzó a golpearle con violencia.
La gasolina.
Las herramientas.
Las piezas de repuesto.
Los materiales.
Y el generador.
El generador.
La electricidad.
La nevera.
Los acondicionadores.
Las luces.
El torno.
Todo dependía de aquel aparato.
Con un gemido entrecortado pisó a fondo el acelerador.
La camioneta echó a correr.
La aguja del velocímetro ascendió.
Noventa.
Cien.
Ciento diez.
Ciento veinte.
Neville sentía vibrar el volante entre las manos.
El vehículo saltaba sobre pequeñas irregularidades del asfalto.
En otro tiempo una velocidad semejante por aquellas calles habría sido una locura.
Ahora no había tráfico.
No había niños cruzando.
No había autobuses.
No había policías.
No había nada.
Sólo obstáculos abandonados.
Automóviles inmóviles.
Basura.
Ramas.
Algún poste caído.
Y miles de criaturas esperando la noche detrás de puertas y ventanas.
Neville volvió a mirar el cielo.
Parecía más oscuro.
—No.
Sacudió la cabeza.
—No. Es tu imaginación.
Tenía que serlo.
No podía ser tan tarde.
No.
Pero incluso mientras intentaba convencerse, apareció una nueva pregunta.
¿Qué ocurriría si ya estaban esperándolo?
Imaginó la casa.
El jardín.
La acera.
Las figuras blancas reunidas alrededor.
Ben Cortman en medio de todas ellas.
«¡Sal, Neville!»
Sintió un nudo en el pecho.
¿Cómo podría entrar?
La casa estaba preparada para impedir que ellos pasaran.
Puerta gruesa.
Cerraduras.
Tranca.
Tablones.
Ajo.
Pero todas aquellas defensas funcionaban también en sentido contrario.
Para estar a salvo tenía que cruzar el jardín.
Llegar al porche.
Buscar la llave.
Abrir.
Entrar.
Cerrar.
Colocar la tranca.
Todo mientras ellos intentaban alcanzarlo.
Neville se pasó una mano nerviosamente por el pelo.
—Piensa.
Nada.
—Vamos, piensa.
Su mente permanecía en blanco.
Trató de calmarse.
No podía derrumbarse ahora.
No podía permitirse el lujo de entrar en pánico.
Tenía que llegar.
Tenía que entrar.
—No hay por qué preocuparse.
Se dijo.
Su voz temblaba.