El Último Sobreviviente

Capítulo 9 - La Mujer Que Regresó

La mañana había amanecido limpia.

Demasiado limpia.

Después de tantos días de polvo, tormentas y cielos inciertos, aquella claridad tenía algo ofensivo.

El sol bañaba las fachadas de las casas con una luz inmóvil y amarillenta.

Los pequeños capullos de los jardines permanecían quietos.

Los arbustos no se movían.

Las cercas de hojas oscuras parecían hechas de cartón.

No había ni una brisa capaz de agitar una rama.

Sólo los pájaros alteraban aquella quietud.

Cantaban.

Saltaban entre los cables.

Se perseguían sobre los tejados.

La naturaleza continuaba con una indiferencia insoportable.

Dentro de la casa, el corazón de Virginia se había detenido.

Robert Neville estaba sentado al borde de la cama.

No sabía cuánto tiempo llevaba allí.

Quizá unos minutos.

Quizá una hora.

La mano de Virginia descansaba entre las suyas.

Estaba fría.

No completamente.

Todavía conservaba una pequeña memoria de calor.

Neville acariciaba tímidamente sus dedos, como si cualquier movimiento más firme pudiera confirmar algo que se negaba a aceptar.

La miraba.

El rostro de Virginia estaba pálido.

Los ojos cerrados.

La boca ligeramente entreabierta.

Parecía dormida.

Aquello era lo peor.

Neville esperaba que respirara.

Sabía que no lo haría.

Pero esperaba.

Un pequeño movimiento del pecho.

Un suspiro.

Un estremecimiento.

Cualquier cosa.

Nada.

—Virginia.

La palabra apenas salió.

No hubo respuesta.

Neville inclinó un poco la cabeza.

—Querida.

Silencio.

Puso dos dedos en el cuello de su mujer.

Ya lo había hecho varias veces.

No encontró pulso.

Otra vez.

Nada.

Se inclinó.

Apoyó el oído sobre su pecho.

Silencio.

La ausencia de un corazón resultaba mucho más terrible que cualquier sonido.

Neville permaneció así unos segundos.

Después volvió a incorporarse.

Algo había ocurrido dentro de su cabeza.

No dolor.

No exactamente.

Era como si el cerebro hubiera dejado de funcionar.

Desde el instante en que comprendió que el corazón de Virginia ya no latía, sintió la mente endurecerse.

Piedra.

Primero el pensamiento.

Después el cuello.

Los hombros.

Los brazos.

Hasta que todo su cuerpo pareció convertirse en una estructura rígida y fría.

No podía llorar.

No podía gritar.

Ni siquiera podía pensar con claridad.

Simplemente estaba allí.

Sentado.

Respirando tan lentamente que, de haber entrado alguien en la habitación, quizá habría pensado que los dos estaban muertos.

Neville miró el rostro de Virginia.

Los labios.

La nariz.

El cabello extendido sobre la almohada.

La conocía demasiado bien.

Once años.

Once años de pequeños detalles.

Sabía cómo fruncía el ceño cuando algo la molestaba.

Cómo movía los labios cuando intentaba no reírse.

Cómo se recogía el pelo.

Cómo pronunciaba su nombre cuando estaba enfadada.

Cómo respiraba dormida.

Todo aquello seguía delante de él.

Y al mismo tiempo había desaparecido.

Neville no comprendía cómo podía continuar sentado.

Esperaba que en cualquier momento la desesperación lo derribara.

Que se lanzara sobre el cuerpo.

Que gritara.

Que golpeara las paredes.

Que rompiera algo.

Nada ocurrió.

El tiempo parecía atrapado.

Como si unas tenazas gigantescas hubieran sujetado las agujas del reloj.

El mundo entero se había detenido con Virginia.

Fuera seguían cantando los pájaros.

Neville los odiaba.

Treinta minutos.

Quizá.

Luego cuarenta.

No los contó.

Sólo en algún momento comprendió que estaba temblando.

Primero no fue consciente.

Pensó que era la cama.

Una pequeña vibración.

Luego miró sus manos.

Se movían.

Los dedos apretaban los de Virginia sin control.

Neville bajó la vista.

Los brazos también.

Los hombros.

Las piernas.

Todo su cuerpo comenzó a sacudirse.

No era un pequeño temblor nervioso.

No era un músculo.

Era una convulsión profunda.

Como si cada nervio hubiese despertado al mismo tiempo.

Neville apretó los dientes.

Intentó detenerse.

No pudo.

La cama crujía.

Respiró.

—No.

Su voz temblaba tanto como el cuerpo.

—No.

Se obligó a mirar a Virginia.

Quizá aquello era el llanto que no podía salir.

Quizá su cuerpo había encontrado otra forma de reaccionar.

Su mente, o lo que quedaba de ella, comprendió vagamente que eso era.

Su reacción.

Nada heroico.

Nada digno.

Sólo un cuerpo incapaz de contener lo que estaba ocurriendo.

Continuó temblando.

Mucho tiempo.

Quizá más de una hora.

Los ojos no se apartaron del rostro de Virginia.

Finalmente algo le golpeó el pecho.

Una contracción seca.

Un dolor profundo.

Neville inspiró violentamente.

Y el temblor se detuvo.

Tan de pronto como había comenzado.

Se quedó inmóvil.

Miró sus manos.

Luego a Virginia.

Después se puso de pie.

No recordó haber decidido hacerlo.

Simplemente salió del dormitorio.

***

En la cocina abrió el armario.

Sacó la botella de whisky.

El vidrio golpeó contra otra botella.

Neville la agarró con ambas manos.

Quitó el tapón.

Intentó servirse.

Derramó la mitad.

El líquido cayó sobre el fregadero.

Sobre la encimera.

Parte al suelo.

Neville ni siquiera reaccionó.

Bebió lo que quedaba en el vaso de un solo trago.

El alcohol quemó.

Nada.

No sintió alivio.

Volvió a llenarlo.

Las manos temblaban otra vez.



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En el texto hay: apocalipsis, supervivencia

Editado: 19.09.2026

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