El Último Sobreviviente

Capítulo 7 - La Ciencia Contra La Leyenda

Neville había pasado buena parte de la mañana inclinado sobre la mesa de la sala, rodeado de libros abiertos, hojas cubiertas de anotaciones y varios dientes de ajo que había ido separando de una cabeza fresca.

A un lado descansaba una taza de café ya frío.

Al otro, un cenicero repleto.

Había dejado de contar cuántos cigarrillos llevaba.

La casa permanecía silenciosa.

Desde que había aislado las paredes, las noches se habían vuelto considerablemente más soportables y las mañanas tenían una quietud distinta.

Ya no quedaban ecos de los gritos de la noche anterior vibrando en sus oídos.

Ya no despertaba escuchando mentalmente la voz de Ben Cortman.

Ahora podía pensar.

Y eso era exactamente lo que se proponía hacer.

Pensar.

Investigar.

Dejar de comportarse como un cazador que repetía procedimientos heredados de cuentos y supersticiones y empezar a averiguar qué demonios estaba ocurriendo realmente.

Neville pasó una página.

Leyó despacio.

«Destilado del Allium estivum, género de liliáceas en el que están comprendidos el ajo, el puerro, la cebolla, el cebollino. Es de color pálido y olor penetrante, y contiene varios sulfuros. Composición: agua, 64.6%; proteínas, 6.8%; grasa, 0.1%; hidratos de carbono, 26.3%; fibras, 0.8%; ceniza, 1.4%.»

Neville volvió a leerlo.

Una vez.

Luego otra.

—Eso es.

Cerró ligeramente los ojos.

No sabía todavía qué era exactamente «eso», pero por primera vez sentía que estaba mirando en la dirección correcta.

Tomó uno de los dientes de ajo.

Lo hizo girar entre los dedos.

Rosado.

Correoso.

Insignificante.

Un objeto que durante la mayor parte de su vida había asociado con comida, cocinas, sopas y el olor persistente en los dedos después de picarlo.

Ahora podía significar la diferencia entre vivir y morir.

Neville se quedó mirando el diente en la palma de la mano.

Durante siete meses había fabricado cientos de collares.

Había cortado.

Perforado.

Ensartado.

Colgado.

Retirado cuando se secaban.

Y reemplazado por otros frescos.

Había confiado su vida a aquel vegetal sin saber realmente por qué funcionaba.

La idea comenzó a irritarlo.

—Siete meses.

Murmuró.

—Siete malditos meses y nunca preguntaste por qué.

Dejó el diente sobre la mesa.

No.

Eso no era completamente cierto.

Sí había preguntado.

Pero nunca de una forma organizada.

Nunca había tenido el conocimiento suficiente.

Había aceptado el ajo del mismo modo que había aceptado las estacas.

Porque funcionaba.

Porque alguien lo había dicho.

Porque los vampiros lo evitaban.

Pero aquello ya no era suficiente.

Si quería sobrevivir durante años, no podía seguir dependiendo de procedimientos que no comprendía.

Necesitaba reglas.

Necesitaba causas.

Necesitaba saber qué ocurría si un día el ajo desaparecía.

Si una estaca no funcionaba.

Si aparecía un tipo diferente de vampiro.

Si cambiaban.

Neville volvió al libro.

Puerros.

Cebollas.

Cebollinos.

Entrecerró los ojos.

—Un momento.

Volvió a leer la clasificación.

Después miró hacia la cocina.

—¿Y si...?

Se puso de pie.

Fue hasta la despensa.

Abrió una de las cajas.

Cebollas.

Había varias.

Neville tomó una.

La sostuvo junto al ajo.

—No me hagas esto.

Dijo.

Examinó ambas.

—Como una cebolla funcione igual...

Sacudió la cabeza.

Había recorrido kilómetros buscando ajos.

Había entrado en mercados abandonados.

Almacenes.

Restaurantes.

Casas.

Había cultivado ajo en su propio invernadero porque temía que las reservas terminaran.

Mientras tanto, había cebollas prácticamente en todas partes.

Si resultaba que servían igual...

Neville apretó los labios.

—Me sentiré realmente estúpido.

Se sentó otra vez.

Puso la cebolla a un lado.

Primero debía averiguar qué hacía especial al ajo.

Cogió un cuchillo.

Colocó el diente sobre una pequeña tabla.

Lo aplastó con el lateral de la hoja.

Crac.

El diente se abrió.

Neville presionó.

La pulpa húmeda comenzó a extenderse.

El olor apareció casi inmediatamente.

Fuerte.

Ácido.

Penetrante.

Neville acercó la hoja a la nariz.

Inspiró con cuidado.

La sensación casi le hizo retroceder.

—Bien.

Volvió a oler.

—Definitivamente hay algo ahí.

Dejó el cuchillo.

Miró sus notas.

¿Qué?

Eso era lo importante.

¿Qué era exactamente lo que los repelía?

¿El olor?

¿Alguna sustancia liberada al cortar el ajo?

¿Un compuesto químico que reaccionaba con su sistema respiratorio?

¿Con la sangre?

Neville se pasó una mano por la barba.

La sangre.

Últimamente todo parecía regresar a la sangre.

La luz solar.

La infección.

La estaca.

El ajo.

Tal vez todo estaba relacionado con ella.

Pero necesitaba pruebas.

Hechos.

El pasado no podía ayudarlo demasiado.

Hasta ahora lo único que había encontrado en sus recuerdos eran conversaciones sueltas.

Noticias.

Rumores.

Tormentas.

Insectos.

Enfermedad.

Virus.

Personas que no entendían qué estaba sucediendo.

Todo demasiado fragmentario.

Y además recordar era peligroso.

Neville se quedó inmóvil.

Virginia.

Su rostro apareció sin permiso.

Pálido.

Cansado.

Sentada frente a la mesa.

«Me gustaría saber qué tengo.»

Neville cerró los ojos.

No.

Aquello era precisamente lo que tenía que evitar.

El pasado no era una fuente de datos objetiva.

El pasado era una herida.



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#674 en Thriller

En el texto hay: apocalipsis, supervivencia

Editado: 19.09.2026

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