La noche había vuelto a caer sobre la ciudad.
Desde el exterior, la casa de Robert Neville parecía una fortaleza oscura plantada en medio de un cementerio de calles vacías. Las ventanas estaban cubiertas con gruesos tablones, los collares de ajo colgaban de los marcos y la puerta principal permanecía asegurada con una pesada tranca.
Más allá del pequeño jardín, algunas figuras comenzaban a reunirse.
No se acercaban demasiado.
Todavía no.
Esperaban.
En el interior de la casa, una melodía de Brahms llenaba la sala.
Neville estaba hundido en uno de los sillones, con las piernas separadas y la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás. Sostenía un cigarrillo en la mano izquierda y un vaso de whisky en la derecha.
Sobre sus rodillas descansaba un ejemplar gastado de Drácula.
Neville leyó una línea.
Se quedó inmóvil.
Volvió a leerla.
—«La fuerza del vampiro reside en que nadie cree en él».
Dejó escapar una pequeña carcajada.
—Gracias, doctor Van Helsing.
Cerró el libro.
Durante unos segundos observó la portada.
Después lo dejó sobre la mesa.
La música continuó.
Neville bebió.
El whisky bajó frío por su garganta y comenzó a arder en el estómago.
Miró hacia la biblioteca.
Había llenado aquellos estantes con todo tipo de libros durante los últimos meses.
Medicina.
Biología.
Fisiología.
Historia.
Religión.
Supersticiones.
Ocultismo.
Y también novelas.
Todo lo que pudiera decir algo sobre aquello.
Sobre ellos.
Los vampiros.
Neville tomó otra calada del cigarrillo.
—Qué palabra tan estúpida.
Dejó escapar el humo.
Vampiro.
La sola palabra parecía pertenecer a otro mundo.
Castillos.
Capas negras.
Ataúdes.
Murciélagos.
Mujeres pálidas.
Hombres con acento extranjero.
Neville sonrió con desprecio.
Durante siglos habían sido únicamente eso.
Historias.
Leyendas.
Algo para asustar niños.
Una superstición nacida en aldeas medievales y conservada en libros que nadie tomaba demasiado en serio.
Los vampiros eran personajes de novelas.
De películas baratas.
Unas cuantas líneas en una enciclopedia.
Nada más.
Neville volvió a levantar el vaso.
—Y miren ahora.
Afuera se escuchó un golpe contra los tablones.
Neville no reaccionó.
Otro golpe.
Después un murmullo.
Él continuó mirando la biblioteca.
La frase seguía dentro de su cabeza.
Nadie cree en él.
Tal vez ésa había sido siempre su mayor ventaja.
Cuando comenzaron los primeros casos nadie pensó en vampiros.
Los médicos hablaron de epidemias.
Los científicos discutieron sobre bacterias.
Las autoridades hablaron de violencia.
Los periódicos publicaron teorías.
Todo tenía que tener una explicación razonable.
Todo menos ésa.
Porque los vampiros no existían.
Neville bebió lentamente.
—Claro que no.
Se inclinó hacia adelante.
—No podían existir.
Sonrió con amargura.
—Hasta que existieron.
Un silencio.
La música pareció crecer.
Neville cerró los ojos.
Podía imaginarlo.
Hospitales llenándose.
Médicos tratando de comprender.
Gobiernos intentando contener la situación.
Personas desapareciendo.
Cadáveres levantándose.
Rumores extendiéndose.
Y mientras todo el mundo buscaba una explicación aceptable, la vieja superstición avanzaba por las calles.
Neville abrió los ojos.
—Antes de que la ciencia pudiera destruir la leyenda...
Tomó otro sorbo.
—La leyenda destruyó a la ciencia.
Dejó el vaso sobre la mesa.
Miró alrededor.
El generador necesitaba revisión.
Lo sabía.
Había prometido hacerlo.
También debía conseguir más madera.
Retirar los fragmentos del espejo del porche.
Organizar el dormitorio.
Limpiar la cocina.
No había hecho nada.
Ni siquiera había cenado.
No tenía hambre.
Durante la tarde había encontrado niños.
No quería recordar cuántos.
Ni sus rostros.
Ni las habitaciones donde dormían.
Neville miró su vaso.
Por un momento vio una estaca en lugar del whisky.
Sacudió la cabeza.
—No.
Tomó el vaso.
Lo terminó de un trago.
El alcohol le hizo cerrar los ojos.
Las imágenes desaparecieron durante unos segundos.
Eso era lo que buscaba.
Silencio dentro de la cabeza.
Aunque sólo durara unos minutos.
Cuando volvió a abrirlos, las paredes parecían moverse ligeramente.
Neville parpadeó.
Volvieron a su sitio.
—Te estás emborrachando, hombre.
Se quedó mirando el vaso vacío.
—¿Y qué importa?
Nadie contestó.
Neville levantó una ceja.
—Exacto.
Se sirvió otra copa.
—¿Quién va a detenerme?
Miró hacia la puerta.
—¿La policía?
Bebió.
—¿El médico?
Otra pequeña risa.
—¿Mi esposa?
La sonrisa murió.
Neville se quedó quieto.
Virginia.
El nombre no necesitó pronunciarse.
Apareció por sí solo.
Neville apretó la mandíbula.
Cogió Drácula y lo lanzó hacia el otro extremo de la sala.
El libro golpeó la pared.
—¡Adiós, Van Helsing!
Se puso de pie.
—¡Adiós, Mina!
Levantó el vaso.
—¡Adiós, Jonathan!
Miró el libro tirado.
—Y adiós a ti también, conde.
Se rió.
—Con tus castillos, tus murciélagos y tus malditas capas.
Tosió de repente.
El humo del cigarrillo le entró mal.
Neville se dobló ligeramente.
Tosió varias veces.
Cuando recuperó el aire escuchó la voz.
—¡Sal, Neville!
Se quedó congelado.
Luego cerró los ojos.
Ben Cortman.
Otra vez.