El Último Sobreviviente

Capítulo 6 - Los Primeros Síntomas

II - Marzo de 1976

La casa, al fin, volvía a ser confortable.

O tan confortable como podía serlo una fortaleza en medio de una ciudad muerta.

En realidad, estaba mejor que antes.

Durante tres días completos, Robert Neville había trabajado casi sin descanso para aislar las paredes.

Había recorrido almacenes de construcción, casas abandonadas y depósitos industriales buscando paneles, rollos de material aislante, clavos, herramientas y cualquier cosa que pudiera servir para amortiguar el sonido procedente del exterior.

Había desmontado secciones enteras de las paredes interiores.

Había medido.

Cortado.

Clavado.

Sellado.

Probado.

Y vuelto a empezar cuando alguna sección no funcionaba como esperaba.

Al terminar el tercer día estaba cubierto de polvo, yeso y sudor, pero cuando cayó la noche descubrió que el esfuerzo había valido la pena.

Ellos llegaron como siempre.

Neville lo supo porque alcanzó a percibir algunas vibraciones sordas detrás de las paredes.

Algún golpe.

Tal vez una piedra.

Una sombra de sonido.

Nada más.

Ya podían gritar y aullar a su gusto.

Podían llamarlo.

Insultarlo.

Golpear las paredes hasta romperse las manos.

Neville apenas los escuchaba.

Se quedó aquella primera noche sentado en medio de la sala, con una copa entre las manos, disfrutando de algo que durante meses había creído imposible.

Silencio.

Un silencio casi perfecto.

Había sido extraño al principio.

Incluso inquietante.

Su cerebro estaba tan acostumbrado a esperar la voz de Ben Cortman que durante varios minutos creyó escucharla aunque no estuviese allí.

«¡Sal, Neville!»

Esperó.

Nada.

Sonrió.

—Puedes gritar cuanto quieras, Ben.

Levantó la copa hacia una de las paredes.

—Por primera vez no me importa.

Era un descanso inmenso no tener que oírlo.

La reconstrucción, sin embargo, no había comenzado con las paredes.

Antes había tenido que recuperar todo lo que los vampiros habían destruido aquella noche.

Y lo primero había sido encontrar otro vehículo.

La vieja camioneta había quedado prácticamente inutilizable.

El parabrisas estaba destrozado.

El capó hundido.

Parte del motor había sufrido los golpes de los garrotes.

Una rueda estaba torcida.

El lateral parecía haber sido atacado por una máquina industrial.

Neville había permanecido varios minutos contemplando los restos desde la acera.

—Buen trabajo.

Había murmurado.

—Realmente se aplicaron.

Necesitaba otra camioneta.

No cualquier camioneta.

Una Willys.

Conocía su mecánica.

Sabía desmontarla.

Sabía qué piezas buscar.

Sabía cómo respondía.

No era momento de experimentar con otro modelo.

La dificultad era que no conocía ninguna Willys cerca de su casa.

Recordaba haber visto alguna en Santa Mónica mucho antes de que todo terminara.

Así que tendría que ir hasta allí.

El problema era cómo.

Caminar estaba descartado.

La distancia era demasiado grande y, aunque saliera temprano, cualquier imprevisto podía dejarlo lejos de casa al anochecer.

Buscó entonces un automóvil por los alrededores.

Parecía sencillo.

Las calles estaban llenas de coches abandonados.

Pero la mayoría llevaban meses sin moverse.

Probó el primero.

La batería estaba descargada.

El segundo ni siquiera tenía gasolina.

Otro tenía dos neumáticos prácticamente vacíos.

Uno más arrancó durante unos segundos y después comenzó a despedir humo.

Neville cerró el capó con irritación.

—Magnífico.

Siguió buscando.

Un automóvil tenía la bomba de aceite averiada.

Otro había sido saqueado.

A otro le faltaba una rueda.

—Todo un concesionario.

Murmuró.

—Con servicio excepcional.

Finalmente, aproximadamente a un kilómetro de la casa, encontró uno que parecía estar en buenas condiciones.

Le cambió la batería.

Comprobó el aceite.

Revisó los neumáticos.

Añadió gasolina.

El motor arrancó.

Neville sonrió.

—Tú y yo vamos a Santa Mónica.

El viaje le llevó buena parte del día.

Conducía observando constantemente el reloj.

Todavía no confiaba completamente en aquel vehículo.

Cualquier fallo podía ser fatal.

Pero llegó.

Encontró una Willys.

No estaba perfecta.

Nada lo estaba ya.

Sin embargo, era recuperable.

Cambió la batería, llenó el depósito y trabajó durante horas revisando el motor.

Después cargó en la parte trasera varios bidones de gasolina y todas las herramientas que creyó necesarias.

Cuando emprendió el regreso, el sol ya había iniciado el descenso.

Neville no dejó de mirar el reloj.

Una hora.

Cuarenta y cinco minutos.

Treinta.

El recuerdo de aquella carrera desesperada hacia su casa continuaba demasiado fresco.

No pensaba repetirla.

Llegó aproximadamente una hora antes del anochecer.

Aquella vez respiró de verdad sólo cuando la camioneta estuvo dentro de su calle.

Después vino el generador.

Neville se había preparado para lo peor.

Esperaba encontrarlo destruido.

Los vampiros habían golpeado casi todo lo que encontraron en el garaje.

Habían derramado combustible.

Destrozado algunas cajas.

Roto herramientas.

Pero el generador seguía allí.

Neville lo examinó con una linterna.

Una abolladura.

Otra.

Un cable roto.

Marcas de garrotazos en la carcasa.

Nada realmente grave.

Se quedó mirándolo.

—No sabían qué eras.

Sonrió débilmente.

—Qué suerte.

Aparentemente los vampiros no comprendían su importancia.

Para ellos probablemente sólo había sido otra máquina.

Otro objeto dentro del garaje.



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En el texto hay: apocalipsis, supervivencia

Editado: 19.09.2026

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