Durante muchísimos años, la única de los hermanos que tenía hijos era yo. Mis tres niños eran los únicos nietos de mi madre y crecieron sin primos de nuestra rama familiar. Yo era la única que no sabía lo que se sentía tener sobrinos; mis hijos eran una especie de isla infantil en medio de los adultos.
Por supuesto, esa exclusividad generaba una presión divertida en el ambiente, transformándose en el centro de los comentarios y las bromas en cada reunión familiar.
Tanta era la costumbre de que yo fuera la proveedora oficial de la descendencia que cuando, en algún momento, alguien comentó al pasar que estaba pensando en la posibilidad de tener hijos, su mirada se dirigió a mí, esperando mi opinión.
Pero, para sorpresa de todos, mis hermanos dieron la suya primero. Su reacción fue inmediata y sincronizada; saltaron al unísono y le contestaron entre risas:
—¡Primero tené sobrinos!
Ese era el nivel de humor con el que manejaban la llegada de una nueva generación.
El estado ideal y el mapa de los hermanos
Claro, tener sobrinos es genial porque uno los disfruta un montón y, en el momento en que se ponen un poco pesados, uno simplemente hace que vayan con la madre y asunto terminado. Es el estado ideal y mis hermanos lo sabían desde hacía años por su propia experiencia. Pero yo no tenía ninguno; no sabía realmente qué era eso.
Por el lado de Irene, el panorama parecía definitivo: los doctores le habían asegurado categóricamente que no podía tener hijos.
Andrea, mi tercera hermana, se había casado más o menos cuando yo lo hice, pero no quería o no podía tenerlos. Ambos son Testigos de Jehová y, según entendí, su esposo tenía un cargo dentro de la religión y les daban alojamiento y comida en un lugar muy hermoso llamado Betel. Creo que, además, les daban algo de dinero para sus gastos. Vivían en una comunidad y tenían que encargarse de los trabajos de la misma; a cada miembro le tocaba una tarea, por ejemplo, ocuparse del lavado de la ropa de cama o de la comida. Pero si tenían hijos, debían abandonar el lugar.
Mona, la cuarta de nosotros, no se había casado ni tuvo hijos. Ella era la principal defensora de la teoría de que hay que tener sobrinos primero; supongo que, en su caso, eso fue suficiente ya que la falta de marido no es un impedimento real para concebir.
Por último, los dos menores aún eran demasiado jóvenes para pensar en eso. Cuando yo me casé, Isa tenía doce años y Nico, dieciséis.
Yo siempre bromeaba y decía que esperaba pacientemente por los sobrinos que me iba a dar Isa, la menor de todos.
Pero, cuando menos lo pensaba, y en una situación bastante insólita, todo ese panorama cambió de un plumazo.
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alta capacidad, humor infantil, historias divertidas y de las otras
Editado: 06.11.2026