En 1996 me gané una beca del instituto Goethe para ir a estudiar alemán en Alemania. Pagué una diferencia de tarifa, que era mínima con respecto al costo del pasaje, y pude pasar unos días con Irene.
Creo que tuve mucha suerte de poder viajar tanto a pesar de mis problemas económicos crónicos. Esos viajes nunca los hubiera podido pagar en ese tiempo.
La valija perfecta... sin pantalones
Antes de salir hacia Europa, me volví completamente loca con el equipaje. Armé y desarmé la valija como veinte veces. Ponía las prendas, las sacaba, las contaba y las volvía a poner. Me parecía que llevaba demasiados buzos, así que quitaba algunos. Luego miraba el espacio y sentía que me faltaban pantalones, por lo que agregaba un par, pero entonces la valija pesaba demasiado y tenía que volver a restar algo. Así estuve no sé cuánto tiempo, obsesionada con optimizar el espacio y no cargar de más.
Tanto reorganicé, saqué y metí ropa en mi afán de equilibrio que el cansancio me jugó una jugarreta insólita.
Al llegar a Italia a la casa de Irene y Toto, su esposo, abrí la valija muy contenta para acomodar mis cosas y me choqué con la realidad: ¡en los estantes no había ni una sola parte de abajo! Ni un pantalón, ni una pollera, nada.
Había viajado a Europa armada únicamente con buzos y abrigos.
Es el colmo absoluto de la planificación: ¡armar y desarmar la valija veinte veces para terminar viajando a Europa sin un solo pantalón ni pollera!
Esa historia divertidísima demuestra que hasta las mentes más matemáticas y organizadas pueden colapsar ante los nervios de un gran viaje.
El dialecto indescifrable de Toto y la Guajira
A la crisis del vestuario se sumó mi primer encuentro con Toto, donde me choqué de frente con una barrera idiomática muy divertida: él hablaba en un cubano cerradísimo. Supuestamente los dos hablábamos español, pero la realidad era que yo no le entendía casi nada y me pasaba el tiempo preguntándole a Irene de reojo: «¿Qué está diciendo este hombre?».
Un día, mirándome el peinado —y supongo que también el remiendo de ropa que habré tenido que armar—, Toto largó a toda velocidad y comiéndose la mitad de las letras:
—¿Qué te ha' hecho 'nel pelo? ¡Parece' una gua'ira!
Yo no tenía la más mínima idea de qué me estaba queriendo decir, incluso después de que Irene intervino y me tradujo que él decía que yo parecía una "guajira". Mi único referente en la vida sobre esa palabra era la famosísima canción que dice «Guantanamera, guajira guantanamera».
Es más, durante años yo había creído que la letra decía "bahía guantanamera", porque era la única palabra conocida que me sonaba más o menos parecida. Al no conocer el término real, no había forma alguna de que entendiera ni la canción ni a mi cuñado.
Irene me explicó en ese entonces que eran los indios de esa parte del mundo, o algo así.
Recién ahora, curiosa, me fijé en Google y descubrí la verdad: «En Cuba, se llama guajira a la mujer que vive o trabaja en el ámbito rural o en el campo». Toto simplemente me estaba diciendo, con su particular jerga caribeña, que mi peinado parecía el de una campesina. Me reí mucho cuando por fin todo cobró sentido.
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alta capacidad, humor infantil, historias divertidas y de las otras
Editado: 06.11.2026