Irene ya nunca más volvió a radicarse en el país. En aquellos tiempos no existía ninguna de las facilidades actuales; la comunicación se limitaba a cartas que tardaban meses en cruzar el océano y que a veces ni siquiera llegaban a destino, o a llamadas de larga distancia que tenían costos prohibitivos.
A veces, dependíamos de que Irene tuviera la suerte de encontrar algún teléfono pinchado, el cual tenía que compartir con todos los que estaban en su misma situación, desesperados por conectarse con sus seres queridos.
Por el aislamiento de los años ochenta y noventa, la distancia no solo era física y económica, sino también tecnológica. Hoy en día parece imposible pensar en un mundo sin WhatsApp o redes sociales, pero en ese entonces, un viaje era, en la vía de los hechos, el único puente real para sostener nuestro vínculo con Irene, algo que también tenía sus bemoles.
Cuando ella venía, lógicamente también quería encontrarse con sus amigos o iba a lugares como Punta del Este para poder disfrutar de las playas uruguayas. Y, en general, sus viajes eran por poco tiempo. Por lo tanto, la realidad de nuestras vidas se redujo a una regla matemática: o ella venía a Uruguay, o nosotros íbamos a Europa, algo muchísimo más fácil de decir que de realizar.
Sin embargo, la vida nos dio sorpresas de vez en cuando; algunas agradables, otras fueron terribles. Sin ser por esos viajes específicos, mantuvimos muy poco contacto cotidiano hasta que las comunicaciones tecnológicas mejoraron sustancialmente. Como dice un dicho, partir es morir un poco.
Mi propia emigración a Estados Unidos en 2009 tampoco ayudó a que estuviéramos conectadas; a veces Irene viajaba a Uruguay, pero yo ya me encontraba en los Estados Unidos. La emigración de Isa, mi hermana menor, con su hijo Fede a Canadá en 2006 también hizo complicado su relacionamiento, tanto conmigo como con Irene.
En los períodos intermedios, la vida de nuestra familia continuaba su curso, ya fuera en Uruguay, Estados Unidos, Canadá o Italia. Sin embargo, y a pesar de todos los contratiempos, algunas veces pudimos pasar un tiempo juntas. Guardo entre mis recuerdos más queridos esos momentos.
Cada uno de esos reencuentros se convirtió en un hito relevante y radical, marcado por los cambios en nuestra familia, como los que estaban a punto de desatarse.
He tratado de organizar las memorias a través de los viajes relevantes y en orden cronológico, mientras eso me ha sido posible. Es la mejor manera de hilar los recuerdos y de que los hechos sigan una secuencia lógica.
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Editado: 06.11.2026