Irene

Luxemburgo 1997

El tren a Tréveris y la casa de Cecilia

Luego de estar más de un mes en Alemania, mi madre y yo fuimos a ver a Cecilia, una amiga mía del colegio. Fuimos y vinimos en un tren regional hasta Tréveris (Trier). Yo no sabía que aquella había sido una ciudad romana; me llamó mucho la atención enterarme y ver los arcos de triunfo ahí. Cecilia me fue a buscar en auto a la frontera de Alemania con Luxemburgo y luego nos llevó de regreso.

Su casa había sido reciclada por ella misma, quien hizo una verdadera obra de arte en una vivienda donde las vigas eran de madera. Había una estufa a leña que tenía un fondo de metal labrado que era una maravilla; ese fondo daba a otra habitación y el metal permitía el paso del calor, así que la estufa calentaba ambos ambientes a la vez.

La casa estaba arreglada con muchísimo gusto y noté lo buena que era Cecilia para las remodelaciones, aunque ella no se dedica a eso, sino que es economista, igual que Irene, y trabajaba en un banco de la ciudad de Luxemburgo.

Su hogar estaba bastante apartado, en un pueblo perdido y chico, pero me dio mucha lástima cuando me dijo, años después, que se había ido de allí.

Fronteras invisibles y diarios en Luxemburgo

Durante la estadía nos llevó a pasear a Bélgica. Todos esos países están muy cerca unos de otros y sus dimensiones permiten ir de uno a otro en muy poco tiempo.

En Luxemburgo comí por primera vez comida china y supe que el dialecto luxemburgués se parece al alemán. Me di cuenta mirando los diarios, ya que yo entendía bastante lo que leía. Cecilia me confirmó que sí, que se escriben de forma parecida pero se pronuncian diferente. Supongo que es un fenómeno similar al que ocurre entre el portugués y el español.

Los emails en cadena desde el Instituto Goethe

Hasta ese momento yo casi no tenía noticias de nadie. No existían los celulares comunes ni la posibilidad de llamar a casa, e incluso los correos electrónicos eran caros en esa época. El instituto Goethe me dejaba mandar algunos, pero me cobraba por cada uno; yo vivía estrictamente con lo que me daba la beca y, además, ayudaba económicamente a mi madre, que había pagado una segunda cama en mi habitación.

Aunque los emails eran muy caros, no podía quejarme. Me estaban pagando un viaje, un alojamiento, desayuno y algo de dinero. Para organizarme, mandaba semanalmente un email general con partes específicas para cada miembro de la familia o mis amigos. Lo dirigía a alguien diferente en cada ocasión para no molestar siempre a la misma persona, y le pedía por favor que le reenviara el correo a todos los demás. Así nos manteníamos conectados.

Un respiro económico

Ese viaje a Luxemburgo fue algo muy bueno, no solo por el paseo en sí. Creo que yo había llevado algo de dinero para el viaje, pero era muy poco. Mi tía Lila me habrá ayudado un poco con los gastos en Alemania, supongo, pero la realidad es que estaba muy justa. Por eso, le pedí dinero prestado a Cecilia; como ella iba a viajar a Uruguay en poco tiempo, coordinamos para que Mario se lo devolviera allá.

Por suerte, ese préstamo me ayudó a no estar tan asfixiada con el presupuesto y a poderme dar un gran gusto: ir a esquiar a un pequeño lugar en los Alpes y comprarme ropa adecuada y zapatos, ya que los que tenía se me mojaban por completo con la nieve.




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