La Caida de Urblux

20- Una despedida esperada

7 días antes, en Urblux.

Regis había sido convocado por su padre en la mañana de un domingo, lo cual era inusual dado que ese día era sagrado para él: se recluía en su torre y solo salía para visitar la tumba de su difunta esposa. Así que, tras pensarlo un poco, el príncipe albergó la esperanza de que fueran buenas noticias sobre Cisi, aunque era casi imposible que su padre se enterase antes que él. Cada vez que un soldado regresaba a la ciudad, el príncipe lo interrogaba por si tenía noticias de Cisi. El rey no había permitido una nueva batida de búsqueda, alegando que la sanadora ya debía de estar en otro reino y que, por tanto, no podía ordenar a sus soldados invadir territorios extranjeros solo por ella. Cada vez que su hijo intentaba sacar el tema, el rey le recordaba su compromiso e inminente boda con Nira. Tampoco había querido volver a hablar sobre el Alquimista desde aquel día en la biblioteca, al menos no con él.

Las puertas de la sala del Consejo Real se abrieron para él y en su interior solo se encontraban Adalis y su padre, los cuales se callaron tras lo que parecía haber sido una pequeña discusión.

  • Ah, buenos días, Regis —le saludó su padre con excesiva amabilidad, algo que provocó que este entrecerrara los ojos mientras tomaba asiento—.
  • ¿Por qué esta reunión, majestad?

Su padre sonrió; le había enseñado que en las reuniones del Consejo él debía dirigirse a él como su rey y no como su padre, pero el tono sarcástico de su hijo no denotaba respeto, sino molestia.

  • Bueno, quería aclarar tu agenda de las próximas semanas hasta la boda.
  • Ah, eso —respondió Regis sin disimular su decepción.
  • Sí, eso —repitió su padre en un tono algo más severo—. Es tradición que el novio viaje al hogar de la novia y pase allí diez días conociendo a su familia, sus costumbres y cortejando a la futura esposa.
  • ¿Quieres que viaje a Terassen para conocer y cortejar a mi prometida? —Regis rio ante lo absurdo de la idea—. ¿Para qué? El matrimonio se celebrará de todas formas. No la estoy cortejando de verdad.
  • Es una tradición, Regis.

El príncipe miró a su capitán, que encontraba este viaje tan oportuno como él.

  • No es un buen momento para irme de la ciudad. Los ataques han aumentado, Port Aurora no enviará más hombres —su padre hizo una mueca ante la mención— y Terassen está al borde de quedarse sin efectivos.
  • Las cosas no mejorarán porque te quedes aquí, hijo. Sé los problemas de mi ciudad, pero eso no impedirá que las cosas se hagan como deben. Te marcharás con Adalis antes del mediodía y regresarás con la corte de Nira para la boda. Ella pasará aquí los tres días previos a convertirse en tu esposa como invitada especial.
  • Adalis, convéncelo de que es una locura.

Su capitán negó con la cabeza, apesumbrado; al parecer, ya lo había intentado sin éxito.

  • Tenemos que enfrentarnos al Alquimista cuando vuelva —le recordó Regis.
  • Déjame al brujo a mí...
  • ¡No! Se ha burlado de ambos.

Adalis los miró sin entender, y Regis comprendió que su padre solo había compartido esa información con él.

  • Regis, te marcharás y no hay más que hablar —ordenó con los dientes apretados, poniéndose en pie—. Todo está preparado, ya tuvimos esa discusión y no he cambiado de parecer. Son varios días de camino y debéis salir pronto para resguardaros en las posadas al anochecer.

El rey salió de la sala a paso apresurado y su hijo, tras intercambiar una mirada con Adalis, salió en su busca. Consiguió alcanzarlo en el pasillo mientras los guardias lo escoltaban.

  • Padre, espera a que el Alquimista vuelva, no quiero dejarte solo...

Su padre se giró hacia él con la ira refulgiendo en sus ojos y lo tomó de la pechera, dejando frío a Regis, que no esperaba el gesto. Su padre siempre había sido severo, pero nunca violento.

  • ¿Acaso soy un lisiado? Soy el rey aún; no necesito que me cuides ni me protejas, y mucho menos que pongas en duda mis capacidades delante de mis hombres.
  • Padre, yo no...
  • Majestad —le recordó alzando la barbilla—, yo soy el rey y tú el heredero. Te marcharás porque así lo ordeno, y no quiero que me persigas como si aún fueras un crío —lo soltó, y Regis dio un paso atrás—. Prepara lo que necesites para el viaje. Hablaremos a la vuelta.

6 días antes, en el camino.

El sol se alzaba entre las suaves colinas, proclamando un nuevo día. Aún se encontraban en su reino, pero lejos de la ciudad donde se había quedado su padre. El viaje estaba siendo silencioso; ninguno de los hombres que acompañaban a Regis quería estar allí. Todos sentían que estaban huyendo, abandonando a su gente, y que algo terrible estaba a punto de ocurrir sin que ellos pudieran evitarlo.

Adalis había intentado tranquilizar a Regis, pero él mismo sentía que algo no iba bien. Su rey estaba extraño, huraño y de peor humor que nunca, y que lo hubiera enviado a acompañar al príncipe a un evento social le resultaba de lo más sospechoso. Pero no podía negarse; el rey había sido tajante al respecto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.