7 días antes, en Urblux.
Regis había sido convocado por su padre en la mañana de un domingo, lo cual era inusual dado que ese día era sagrado para él: se recluía en su torre y solo salía para visitar la tumba de su difunta esposa. Así que, tras pensarlo un poco, el príncipe albergó la esperanza de que fueran buenas noticias sobre Cisi, aunque era casi imposible que su padre se enterase antes que él. Cada vez que un soldado regresaba a la ciudad, el príncipe lo interrogaba por si tenía noticias de Cisi. El rey no había permitido una nueva batida de búsqueda, alegando que la sanadora ya debía de estar en otro reino y que, por tanto, no podía ordenar a sus soldados invadir territorios extranjeros solo por ella. Cada vez que su hijo intentaba sacar el tema, el rey le recordaba su compromiso e inminente boda con Nira. Tampoco había querido volver a hablar sobre el Alquimista desde aquel día en la biblioteca, al menos no con él.
Las puertas de la sala del Consejo Real se abrieron para él y en su interior solo se encontraban Adalis y su padre, los cuales se callaron tras lo que parecía haber sido una pequeña discusión.
Su padre sonrió; le había enseñado que en las reuniones del Consejo él debía dirigirse a él como su rey y no como su padre, pero el tono sarcástico de su hijo no denotaba respeto, sino molestia.
El príncipe miró a su capitán, que encontraba este viaje tan oportuno como él.
Su capitán negó con la cabeza, apesumbrado; al parecer, ya lo había intentado sin éxito.
Adalis los miró sin entender, y Regis comprendió que su padre solo había compartido esa información con él.
El rey salió de la sala a paso apresurado y su hijo, tras intercambiar una mirada con Adalis, salió en su busca. Consiguió alcanzarlo en el pasillo mientras los guardias lo escoltaban.
Su padre se giró hacia él con la ira refulgiendo en sus ojos y lo tomó de la pechera, dejando frío a Regis, que no esperaba el gesto. Su padre siempre había sido severo, pero nunca violento.
6 días antes, en el camino.
El sol se alzaba entre las suaves colinas, proclamando un nuevo día. Aún se encontraban en su reino, pero lejos de la ciudad donde se había quedado su padre. El viaje estaba siendo silencioso; ninguno de los hombres que acompañaban a Regis quería estar allí. Todos sentían que estaban huyendo, abandonando a su gente, y que algo terrible estaba a punto de ocurrir sin que ellos pudieran evitarlo.
Adalis había intentado tranquilizar a Regis, pero él mismo sentía que algo no iba bien. Su rey estaba extraño, huraño y de peor humor que nunca, y que lo hubiera enviado a acompañar al príncipe a un evento social le resultaba de lo más sospechoso. Pero no podía negarse; el rey había sido tajante al respecto.
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Editado: 18.09.2026