La universidad no es una comedia romántica, ¿o sí?

Capítulo 18: Control absoluto o amor

Dejé atrás los límites de la ciudad. Conforme devoraba kilómetros de asfalto, los recuerdos de la mañana golpearon mi mente sin piedad y las lágrimas comenzaron a brotar sin freno. Parpadeé con desesperación intentando despejar la vista empañada del camino, pero al mirar de reojo el espejo retrovisor me invadió el pánico: tenía los ojos inyectados en sangre y los párpados hinchados por el esfuerzo inútil de contener el llanto. En quince minutos cruzaría el siguiente pueblo y no podía permitir que nadie me viera en ese estado deplorable. Encendí el climatizador a máxima potencia y orienté las rejillas de ventilación directo a mi rostro, esperando que la ráfaga de aire helado adormeciera la piel y aplacara la hinchazón antes de llegar a destino.

A unos cinco minutos de entrar a Faenza, divisé a un costado de la carretera la cruz verde y luminosa de una farmacia de turno. Detuve el coche en el arcén y estacioné como pude. Al cruzar la puerta, evité sostenerle la mirada al farmacéutico; con la voz entrecortada, murmuré que sufría un ataque repentino de alergia por el polvo del viaje. El hombre me entregó en silencio un frasco de nafazolina y un tubo de crema reparadora.

De vuelta en el habitáculo del auto, eché la cabeza hacia atrás y dejé caer dos gotas heladas en cada ojo. El ardor fue instantáneo y punzante, pero al comprobar el retrovisor noté que el enrojecimiento violento retrocedía, reemplazado por un blanco artificial y tenso. Me apliqué un poco de crema sobre la nariz irritada. Por fuera volvía a proyectar la imagen de alguien entero y normal; por dentro, el vacío seguía exactamente igual de intacto y punzante.

Reanudé la marcha y finalmente me adentré en las calles de Faenza. Conduje con calma hasta llegar al colegio de mi hermana menor. El reloj del tablero marcaba las 12:25; faltaban cinco minutos exactos para el toque de salida.

Esperé unos instantes con el motor encendido hasta que la campana sonó y las puertas del instituto se abrieron. Divisé a Charlotte caminando entre el tumulto de estudiantes. Quité los seguros y ella abrió la puerta del copiloto, acomodó su mochila en el asiento trasero y subió de un salto con una sonrisa:

—Hola, hermanito. ¿Qué tal? ¿Cómo te fue hoy en la universidad?

—Bien... eso creo —respondí con un hilo de voz, manteniendo la vista fija en el volante.

La respuesta sonó demasiado seca y distante. Charlotte frunció el ceño de inmediato y ladeó la cabeza:

—¿Te pasa algo? Te noto desanimado... Ayer volviste contentísimo y hasta te brillaban los ojos, pero hoy parece que hubieras perdido toda esa chispa.

«Es inútil... La tristeza genuina es lo único que no se puede tapar con ningún colirio ni excusa barata».

—No me pasa nada, de verdad. Estoy bien —insistí intentando forzar una sonrisa que no llegó a formarse.

Charlotte no se tragó el cuento. Sus ojos recorrieron la consola central hasta toparse con las compras de la farmacia. Tomó el frasco de gotas, leyó la etiqueta y clavó su mirada en mí con gravedad:

—¿Y esto? Son gotas para la irritación severa... ¿Acaso estuviste llorando, Biel? Cuéntame qué pasó. No te voy a juzgar para nada; soy tu hermana y jamás me burlaría de lo que estás pasando. Dime qué te sucedió.

La calidez y sinceridad de sus palabras desarmaron por completo la poca resistencia que me quedaba. El nudo en mi garganta se cerró y las lágrimas volvieron a desbordarse sin control. Me cubrí el rostro con ambas manos, derrotado ante su mirada.

Charlotte se quedó en silencio durante unos segundos interminables, asimilando mi quiebre. Luego, colocó con suavidad su mano sobre mi hombro:

—Cuéntamelo todo cuando estés listo... No te voy a obligar a que me lo digas ahora mismo si no puedes.

No fui capaz de pronunciar una sola palabra; la vergüenza y el pudor me tenían atado de pies a manos. Puse primera y conduje el resto del trayecto en un silencio absoluto, quebrado únicamente por mi respiración entrecortada.

Llegamos a casa y metí el coche en el garaje. Charlotte descendió primero para darme espacio. Me quedé un par de minutos a solas dentro del vehículo intentando recomponer la postura antes de entrar.

Al cruzar el umbral del recibidor, saludé a mi madre con voz apagada. Le avisé que ya había comido algo en el camino y que solo necesitaba acostarme un rato porque estaba muy cansado. Mi madre no me hizo preguntas ni reproches; simplemente me dedicó una mirada llena de preocupación silenciosa. Charlotte, sentada en el sofá de la sala, me observó subir los escalones sin decir una sola palabra, respetando mi espacio.

Subí a la segunda planta, entré en mi habitación y pasé el cerrojo tras de mí. Bajé las persianas, cerré las ventanas para aislar cualquier ruido exterior, encendí el aire acondicionado y me dejé caer boca abajo sobre el colchón.

En la penumbra y la soledad absoluta de mi cuarto, el llanto reprimido volvió a escapar con fuerza contra la almohada. Todo el pecho me ardía como si estuviera roto por dentro.

Apenas unos minutos después, unos golpes suaves y cautelosos resonaron en la madera de la puerta. Hundí la cara con más fuerza en la almohada; no quería ponerme de pie. La vergüenza me consumía por completo: no podía permitir que nadie me viera derrumbado de esta manera.

«Soy una auténtica vergüenza... Me comporté como un cobarde. Había tantas formas maduras de resolver el problema y elegí la más estúpida. Ahora entiendo perfectamente las advertencias... Terminé lastimándolas a ellas y destruyéndome a mí mismo en el proceso».

Al otro lado de la puerta, la voz suave de Charlotte quebró el silencio:

—Biel... por favor, ábreme. Quiero hablar contigo. Hace un rato te dije que me lo contaras cuando estuvieras listo, pero ya no aguanto más. Verte en ese estado me duele muchísimo... me duele a mí y también le duele a mamá.

Aquellas palabras me golpearon con la fuerza de un rayo.



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En el texto hay: comedia, romance, aventura humor

Editado: 21.09.2026

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