La universidad no es una comedia romántica, ¿o sí?

Capítulo 19: Y así salí de la depresión que me carcomía

Pasamos el resto de la tarde cabalgando por las extensas praderas mientras el sol comenzaba a teñir el horizonte de tonos anaranjados y violetas. Mi abuelo se adelantó con paso firme para arrear el ganado hacia los corrales de manejo, dejándonos a Charlotte y a mí trotando lado a lado.

Charlotte frenó un poco el paso de su caballo, me miró de reojo y soltó una risita cómplice:

—Veo que tu semblante cambió por completo, hermanito. Te lo dije: no hay mejor medicina para ese mal que te atormentaba, je, je, je.

Acomodé las riendas con una mano y le dediqué una mirada llena de gratitud:

—Tenías toda la razón... Muchas gracias, hermana.

«Definitivamente... Me sentía devastado y carcomido por la culpa tras lo que pasó en el auditorio, pero esto lo cambió todo. El dolor y la pesadez se disiparon como si el viento de la llanura se los hubiera llevado lejos. No existe mejor cura para el alma que contemplar este paisaje tan imponente y lleno de vida. Gracias a ti, Charlotte... Gracias por sostenerte firme a mi lado y no dejar que me hundiera en ese pozo».

El crepúsculo dio paso a la noche cerrada y llegó el momento de volver. Ensillamos los caballos en las caballerizas, nos despedimos con un abrazo apretado de los abuelos y emprendimos el regreso por carretera hacia la ciudad de Faenza.

Al enfilar la entrada de casa, las luces del porche iluminaban la vereda. Para mi sorpresa, tanto mi madre como mi padre aguardaban de pie junto a la puerta principal. Guardé el auto en la cochera, bajé con calma y me acerqué a ellos.

—Ya volvimos —dije con voz serena y una leve sonrisa—. Ya no se preocupen más por mí, estoy bien.

Mi padre no me pidió explicaciones ni hizo preguntas innecesarias. Dio un paso al frente y me envolvió en un abrazo firme y reconfortante durante unos largos segundos. Al soltarme, puso una mano sobre mi hombro y me miró a los ojos:

—Eres fuerte, hijo. No dejes que ningún mal momento apague el brillo de tus ojos. Llorar no te hace débil; desahogarse es necesario para limpiar el dolor que a veces se acumula por dentro.

Sentí de inmediato cómo se me humedecían los párpados. Ante las muestras sinceras de afecto de mi familia siempre he sido un blando de corazón.

—Gracias, papá... En verdad ya me encuentro mucho mejor. Todo fue gracias a Charlotte; ella fue quien me sacó del hoyo hoy.

Mi padre asintió con aprobación, mirando de reojo a mi hermana:

—Lo sé muy bien, muchacho. Se nota a leguas en tu semblante; tienes una energía completamente renovada.

Mi madre dio un paso al frente con una sonrisa cálida que terminó de disipar cualquier rastro de tensión en el ambiente:

—Bienvenido de vuelta a casa, hijo. Te preparé tu comida favorita para la cena.

«¿En serio? Eres la mejor mamá del mundo entero».

—No me digas que preparaste...

—Así es —afirmó ella con un guiño—: pescado a la plancha.

«¡Qué delicia! El mejor plato sobre la faz de la tierra... Gracias por todo, mamita».

—¡Bueno, entonces no perdamos más tiempo! —exclamé frotándome las manos—. Muero de hambre, tengo un apetito de león.

Entramos al calor del hogar y nos sentamos todos a la mesa. Cenamos entre risas, charlas amenas sobre la finca y el alivio de haber superado la tormenta. Al terminar, le di un beso de agradecimiento a mi madre, pasé por el baño a cepillarme los dientes y subí a mi habitación.

Acomodé las mantas de mi cama, me recosté boca arriba respirando con tranquilidad y cerré los ojos, cayendo en un sueño profundo y reparador como hacía tiempo no tenía.

Al día siguiente, el sonido de la alarma me despertó temprano. Salté de la cama sintiéndome con el cuerpo ligero y descansado; me duché, me vestí con ropa cómoda para el aula, bajé a desayunar un café cargado con tostadas y salí al garaje.

Como marcaba la rutina de las mañanas, primero tocaba dejar a Charlotte en su colegio. Conduje por las calles de Faenza mientras conversábamos de cosas triviales, la dejé en la entrada de su instituto con un choque de puños y emprendí la ruta hacia el campus universitario.

Durante el trayecto en carretera, los recuerdos del día anterior cruzaron por mi mente: el pánico en el Área 5, la confesión absurda, la bofetada y las lágrimas amargas derramadas en la soledad del auto. Sin embargo, esta vez la sensación fue radicalmente distinta: iba al volante sereno, con el pulso firme y el pecho en paz. El dolor ya no tenía ningún poder sobre mí. Todo se lo debía a mi familia; gracias a su refugio y respaldo incondicional, me sentía capaz de encarar lo que fuera que me deparara este nuevo ciclo.

«A ver... repasemos el itinerario de hoy».

A primera hora tocaba Matemáticas. Solo una hora de sesión.

«Pensándolo bien, me parece un insulto que a Matemáticas solo le asignen dos horas a la semana en la malla curricular. Son un lenguaje universal, indispensables para cualquier cálculo de campo, fertilización, riego o diseño de parcelas... En fin, yo no soy quien redacta los planes de estudio. Aunque viéndolo por el lado amable, tampoco me quejo tanto: los números son un dolor de cabeza monumental para mí».

La mala noticia era que hoy también tocaba Física. Según había alcanzado a revisar en la plataforma del aula virtual, ambas cátedras estaban a cargo del mismo docente: el licenciado Damiel Giannini. Además, el cronograma incluía una hora de Introducción a la Agronomía impartida por la ingeniera Nyra Jacaruso, y para rematar la mañana, una hora más con el ingeniero Kael.

«Vaya bienvenida nos espera... Cuatro materias condensadas en una sola jornada. Definitivamente será un día pesado».

Palpé de reojo mi mochila sobre el asiento del copiloto para asegurarme de que no se me hubiera quedado la calculadora científica.

«Parece que sí la traje. En teoría, teniendo hoy matemáticas y física con el licenciado Giannini, uno pensaría que la necesitaría para sus clases... pero irónicamente fue el ingeniero Kael quien nos pidió expresamente que la trajéramos para su materia. Siendo apenas la primera sesión de bienvenida de solo una hora, dudo que nos pongamos de lleno con esa actividad de cálculos que tenía planeada... aunque conociendo la suerte que me cargo, es más que probable que nos ponga a calcular dosis o áreas sin previo aviso, je, je, je».



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En el texto hay: comedia, romance, aventura humor

Editado: 21.09.2026

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