La universidad no es una comedia romántica, ¿o sí?

Capítulo 20: Hoy por mí, mañana nuevamente por mí

El hombre dejó su portafolio sobre el escritorio, tomó una tiza y se giró hacia nosotros con una postura erguida pero serena. Ajustó sus gafas cuadradas y dedicó una leve reverencia con la cabeza:

—Saludos, jóvenes. Mi nombre es Damiel Giannini, tengo treinta años y llevo ya cinco ejerciendo la docencia en esta universidad. Es un verdadero gusto conocerlos.

«Vaya, parece un tipo tranquilo y accesible. No tiene esa pinta de verdugo que suelen cargar los de números... creo que al final no será el dolor de cabeza que imaginaba».

El licenciado apoyó ambas manos sobre el borde de la mesa y continuó con tono desenfadado:

—Yo estaré a cargo de impartirles las asignaturas de Matemáticas y Física. Y bueno... también me verán en los siguientes semestres, así que prácticamente estaré de largo acompañando su formación a lo largo de la carrera. Espero que nos llevemos muy bien.

El lápiz casi se me resbala de los dedos.

«¡¿Qué...?! ¡¿Cómo que lo veremos durante toda la carrera?! O sea que si este sujeto resulta ser un hueso duro de roer, ¡lo tendré como mi némesis jurado semestre tras semestre! Maldita sea, y apenas es el tercer día de clases y ya siento que mi título universitario pende de un hilo».

Acalia a mi lado soltó una pequeña risita burlona al notar cómo palidecí ante la revelación. El licenciado Giannini, ajeno a mi crisis existencial interna, se cruzó de brazos y cambió de tema para abordar la planificación académica:

—Ahora bien, hablando sobre la carga horaria que me asignaron con ustedes... la verdad me parece un completo despropósito. No sé si fue una errata del sistema o qué ocurrió en secretaría, pero solo me asignaron dos horas a la semana para Matemáticas: una hoy y otra el viernes. Esta materia posee un índice de relevancia altísimo para el perfil de un ingeniero agrónomo, y reducirla a dos míseras horas semanales es casi un chiste de mal gusto. Pero bueno, ¿qué le vamos a hacer? Son disposiciones que vienen directamente de los de arriba, y yo no tengo poder para modificar el distributivo oficial.

«Tiene toda la razón del mundo... Dos horas semanales para cálculo y álgebra aplicada es una miseria absoluta. En cambio, a materias como Química nos clavaron cinco horas a la semana sin piedad. Podría ser un error de digitación, sí, pero conociendo la burocracia de las facultades, dudo que muevan un solo dedo para corregirlo».

El docente sonrió con picardía, como quien saca una carta bajo la manga:

—Sin embargo, les tengo una propuesta práctica. ¿Qué opinan ustedes si hacemos un ajuste interno? Le restamos una hora a la cátedra de Física y se la sumamos a Matemáticas. De esa manera quedaríamos con tres horas de Física y tres horas de Matemáticas semanales, perfectamente balanceadas. La decisión final queda a su criterio; ustedes me dirán si aceptan el trato o si nos ceñimos al horario oficial. Desde mi perspectiva profesional es la mejor opción para no sobrecargar el temario al final del parcial. A ver... ¿quién de ustedes es el presidente o presidenta del curso para coordinarlo formalmente?

El silencio se adueñó del aula durante varios segundos.

«¿Presidente de curso...? Es verdad, hasta el momento nadie ha tocado ese tema. ¿Por qué demonios nuestro salón todavía no tiene directiva si siempre es lo primero que arman los primeros días para no lidiar con el desorden?».

Desde la fila que se encuentra cerca de la puerta, Say levantó la mano y rompió la quietud:

—Aún no tenemos presidente electo, profesor.

El licenciado Giannini arqueó una ceja, claramente sorprendido:

—Ya veo... En ese caso, será mejor que vayan eligiendo uno cuanto antes.

El licenciado Giannini miró su reloj de pulsera y dio un par de palmadas para captar la atención de todos:

—Bueno, jóvenes, ya son las ocho y media. Esta primera hora siempre vuela porque oficialmente arrancamos a las ocho y diez. En estos treinta minutos que nos quedan les voy a explicar cómo están estructuradas las ponderaciones del semestre y definiremos qué ajuste prefieren hacer con el horario.

Tomó la tiza y se giró hacia nosotros mientras señalaba la pizarra:

—Presten mucha atención a cómo se jugarán la materia este parcial: el componente de docencia, que abarca su asistencia y participación, equivale al 20%, es decir, dos puntos. Las tareas y trabajos en casa, que corresponden al componente autónomo, solo representan el 10%, un mísero punto. Y aquí viene lo importante: el examen parcial tiene un peso del 35%, equivalente a tres puntos y medio, y el componente práctico-experimental tiene exactamente el mismo valor: otro 35%, tres puntos y medio más.

«Vaya distribución... Las actividades prácticas se llevan la tajada más grande junto con el examen final: entre las dos suman siete puntos directos al promedio. ¿Pero por qué diablos tiene tanto peso el práctico si en teoría las tareas autónomas consumen más tiempo en casa?»

Desde el asiento del fondo, Bastian alzó el brazo con gesto de duda:

—Disculpe, licenciado, tengo una pregunta. ¿Por qué el componente práctico-experimental tiene un valor tan alto de 3,5 puntos? Me llama la atención que pese mucho más que la propia docencia.

El docente sonrió con complicidad, dejando la tiza sobre la moldura del pizarrón:

—Excelente pregunta, joven. Verán, yo manejo un estilo de enseñanza bastante diferente al de otros colegas. Ustedes son libres de copiarse todas las tareas que mando a casa; pueden pedirse las fotos al grupo de WhatsApp y transcribirlas sin entender una sola línea, me da exactamente igual. Sin embargo, luego tendrán que rendir actividades prácticas individuales aquí en el aula. Ahí es donde realmente descubro quién estudia a conciencia y quién solo hace bulto. No lo tomen como un castigo: es un filtro pedagógico. Esa ha sido mi metodología durante los cinco años que llevo en esta institución y no pienso cambiarla.



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En el texto hay: comedia, romance, aventura humor

Editado: 21.09.2026

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