Al llegar a la cafetería, el panorama era un verdadero paraíso: estaba prácticamente vacía. Ganarle la delantera a la campana del receso había sido una jugada maestra. Solo se alcanzaba a ver a un grupo de estudiantes ocupando un par de mesas al fondo; para mi sorpresa, entre ellos divisé de inmediato una cabellera rosada inconfundible. Era el curso de Sarah.
La verdad es que, hasta el sol de hoy, no tenía la más mínima idea de qué carrera estudiaba la amiga de Acalia. Como no me quería quedar con la duda carcomiéndome la cabeza, aproveché la tranquilidad del pasillo para preguntarle en voz baja:
—Oye, una pregunta... ¿sabes qué carrera estudia Sarah?
Acalia, que todavía no se había percatado de la presencia de su amiga entre las mesas, ladeó la cabeza y me clavó una mirada cargada de sospecha:
—¿Y por qué lo preguntas? ¿Acaso te enamoraste de ella a primera vista o qué?
—Para nada, solo quería saber por simple conocimiento general. Me da curiosidad.
Acalia entrecerró los ojos y dibujó una sonrisita burlona:
—Conque curiosidad, ¿eh? Esto me huele a que aquí hay gato encerrado.
—Oye, ¿qué clase de imagen mental tienes de mí? Ni que fuera un mujeriego descarado.
—¿Mujeriego? Por favor, esa palabra te queda diminuta después del show que armaste ayer en el auditorio con tus tres amigas —soltó ella cruzándose de brazos.
—¡Oye!
Acalia no pudo aguantar más la seriedad y dejó escapar una carcajada limpia:
—Ja, ja, ja, está bien, lo siento, discúlpame. Respondiendo en serio a tu duda: ella estudia Ingeniería Forestal y Acuicultura.
«¿No podías soltar el dato desde el principio sin tanto drama? Pero bueno, una broma pesada no se le niega a nadie en esta universidad... Ya caerás en la mía, Evangelisti, anoto esto en mi libreta de cuentas pendientes».
Volviendo al tema de su profesión, me pareció una combinación fascinante y sumamente estratégica. En los tiempos que corren, creo que es una de las áreas más críticas y necesarias del planeta. El mundo entero parece estar atravesando un colapso ambiental sin precedentes: el Fenómeno de El Niño azotando con fuerza descomunal las costas de Latinoamérica, las olas de calor e incendios forestales descontrolados devorando hectáreas en España y Portugal, y sobre todo la situación de nuestro propio país. Italia enfrenta una emergencia climática crítica debido a un temporal histórico de lluvias torrenciales que mantiene anegada a la capital, Roma, y bajo alerta roja a otras once regiones.
Aunque aquí en nuestro sector el panorama visual se perciba más despejado, la región entera se mantiene bajo estricta alerta estructural tras los estragos dejados por los frentes meteorológicos violentos. Rayos, este planeta de verdad se está yendo al carajo a pasos agigantados. Hace poco vi en los informes de noticias que apenas nos quedan un par de años de margen crítico antes de cruzar puntos de no retorno ecológico irreversibles; por eso mismo, el trabajo técnico con los bosques, las cuencas hídricas y los ecosistemas acuáticos que abarca la carrera de Sarah es un pilar fundamental para intentar salvar lo poco que nos queda de estabilidad ambiental. O al menos, esa es mi humilde perspectiva de futuro ingeniero agrónomo.
«En fin, a mí también me importa profundamente el bienestar del planeta, así que de una vez tengo un excelente tema de conversación formal para romper el hielo con Sarah. Pero por ahora, mejor manejemos las cosas con calma y sin desesperarnos».
En ese preciso instante, Acalia desvió la mirada hacia el fondo del local y, al fin, se percató de la presencia de su amiga sentada en una de las mesas. Una sonrisa divertida se dibujó en sus labios:
—Vaya, mira nada más... Hablando de la princesa de Roma, allí está Sarah.
«¿Princesa de Roma...? Espera un segundo. ¿El dicho popular no era sobre el rey de Roma y el burro que se asoma?».
—Princesa de Roma... Oye, ¿el chiste clásico no era sobre el rey de Roma? —le recé con una ceja alzada.
Acalia rodó los ojos con elegancia y soltó una risita burlona:
—Claro que lo sé. Pero suena demasiado vulgar e informal como para aplicárselo a mi mejor amiga; si fuera un chiste dirigido exclusivamente hacia ti, entonces no tendría ningún filtro de decencia.
«Buen punto... Veo que de verdad valoras y cuidas a tu amiga con aprecio... Espera un momento. ¿Qué diablos dijiste al final? Hija de tu madre, ¿otra vez estás jugando con mis pensamientos y tirándome indirectas?».
—Muy graciosita te me pones hoy, mi estimada y estimada amiga Evangelisti.
Acalia se encogió de hombros con fingida inocencia y una sonrisa de suficiencia:
—¿Qué te puedo decir? Simplemente soy todo un amor con mis compañeros.
«Uy, sí... Un amor, un amor, un amor que me va a terminar volviendo loco».
—En fin, será mejor que vayamos a saludarla a su mesa, ¿no crees?
Acalia me miró de reojo, negando con la cabeza:
—¿Saludarla yo? Pero si yo ya la vi en la mañana, es más, ¡vinimos juntas en el auto! El que tiene la obligación moral de ir a saludarla eres tú; además, yo tengo que ir a la barra a pedir un chocolate caliente para espantar este frío matutino.
«Es verdad... Lo había olvidado por completo. Estas dos llegaron juntas al campus en la mañana y pasaron la primera hora juntas».
—Entiendo... Entonces iré a saludarla yo solo. Veo que se encuentra sentada completamente sola en la mesa.
Acalia dio media vuelta hacia la barra mientras me explicaba:
—Ella suele ser así al principio, un poco antisocial con la gente nueva. Aunque también es comprensivo; al fin y al cabo estamos recién empezando la universidad, igual que nosotros.
«¿Antisocial...? Bueno, pensando en frío, creo que tenemos eso en común. A mí tampoco me agrada demasiado el bullicio de las grandes masas urbanas; yo soy mucho más de aire fresco, campo abierto y naturaleza pura, justo como los potreros de la finca de mi abuelo».