No podía creer que la había perdido de vista.
Desde el instante en que vio a Cassandra abandonar su casa en compañía de ese extraño, Dimitrius decidió seguirla. Algo en su instinto le gritaba que debía descubrir qué era lo que ella le ocultaba con tanto empeño. Sin embargo, la oscuridad del bosque se volvió su enemiga. La niebla húmeda y el ramaje espeso devoraron el sendero que ella había tomado, obligándolo a vagar a ciegas entre árboles nudosos y raíces traicioneras.
Nunca pensó que Cassandra sería capaz de adentrarse en un lugar tan peligroso. Aunque, después de todo lo que le había confesado, tampoco debería sorprenderle. Siempre supo, en el fondo, que ella no era como los demás humanos. Había algo más... algo que lo atraía y lo repelía al mismo tiempo. Y ahora, más que nunca, necesitaba saber qué era. Necesitaba arrancarle todos sus secretos, aunque tuviera que obligarla.
Caminaba a tientas entre los troncos húmedos, con la luna como única guía. Durante una hora vagó sin rumbo, sin señales de Cassandra, hasta que pensó en rendirse y volver a la aldea.
Fue entonces cuando lo escuchó.
Una melodía lejana e hipnótica. Intrigado, se trepó a la copa de un árbol. Desde lo alto, divisó un claro oculto donde un grupo de mujeres danzaban alrededor de una fogata.
-Malditas brujas... -susurró con los dientes apretados.
Y justo entonces, una de ellas volteo y lo miró.
Aunque la distancia era grande, Dimitrius sintió su mirada como un puñal. Sus ojos lo atravesaron. Y fue ahí cuando se dio cuenta: su vista se había agudizado y su oído también. Podía escuchar el crepitar del fuego, las voces susurrantes... incluso la campana de la iglesia de la aldea, a kilómetros de distancia. Se sentía mucho más fuerte que antes, más vivo.
-Te puedo dar todo lo que deseas... y mucho más -dijo la mujer.
Su voz era familiar. La reconoció de inmediato: Ariadna Miller. La hermana mayor de Cassandra. La misma que, años atrás, lo envolvió en un juego de seducción y deseo. Lo había usado y luego lo abandono sin una palabra. Nunca la odió por eso. De hecho, recordarla todavía lo excitaba. Siempre supo que había algo oscuro en Ariadna... ahora lo entendía: era una bruja. Y no cualquiera.
-Busca a la mujer de cabellos carmesí... Tráemela -ordenó Ariadna con una sonrisa felina-. Y yo te daré lo que tanto deseas.
-Te la traeré -respondió él sin dudar.
Se dio vuelta sin más, continuando su danza, mientras el aquelarre giraba con una fuerza magnética y ancestral. Dimitrius sintió cómo aquella extraña energía lo abandonaba de golpe. El poder, la lucidez, la vitalidad... todo desapareció. Volvió a ser solo él. Solo un humano.
La furia lo devoró. Ese poder debía ser suyo. Si tenía que matar para obtenerlo, lo haría. Después de todo, su alma ya estaba perdida.
Bajó del árbol con rapidez y reanudó su búsqueda. Solo una persona podía saber algo sobre la mujer de cabellos rojos: Cassandra. Y aunque le doliera, la obligaría a hablar.
-¡Cassandra!
-¿Dimitrius...? -susurró ella, desconcertada.
Lo vio emerger de entre los árboles, jadeante, con una mezcla de enojo y ansiedad que lo volvía casi irreconocible. No esperaba encontrarlo ahí, en el corazón del bosque, a esas horas de la noche.
Ante su presencia amenazante, Misha se interpuso de inmediato. El vampiro la observó con una sombra de culpa; aún no había encontrado cómo disculparse por su comportamiento anterior, y protegerla era la única manera en que sabía demostrarlo. Era torpe con las palabras, pero letal con las acciones. Y eso bastaba.
-Tengo que hablar contigo, Cassandra. Dile a tu mascota que se haga a un lado.
-Oblígame... si te atrevés -espetó Misha, sin apartarse.
-Espere, joven Misha -intervino la bruja con serenidad-. No pasará nada, Dimitrius es mi amigo.
Misha asintió, aunque no se relajó del todo. El olor del odio humano llenaba el aire. Estaba preparado para actuar.
-¿Qué haces aquí, Dim?
-Presencié el hermoso espectáculo que montó tu hermana en el bosque -dijo con sarcasmo-. ¿Vas a unirte a ella?
El corazón de Cassandra se detuvo por un instante. ¿Cómo había llegado hasta un aquelarre? Esos rituales solo podían ser vistos por brujas o criaturas sobrenaturales... a menos que Ariadna quisiera que él lo viera.
¿Por qué él? ¿Qué tenía Dimitrius de especial? ¿Acaso Ariadna aún sentía algo por él? ¿O era todo parte de sus juegos crueles?
-¿Que te ofreció? Dimitrius, sé que entre ustedes hubo algo, pero tienes que alejarte de Ariadna. Lo digo por tu bien.
Él rió. Una risa vacía, que la hizo estremecer.
-¿Por mi bien? ¡Sabías lo que yo deseaba! ¡Pudiste dármelo, y me lo negaste! -le gritó, con los ojos encendidos de furia-. Ariadna me lo prometió. Todo lo que quiero. ¡Todo!
Cassandra palideció. Ahora lo entendía. Su hermana no buscaba solo corromperlo. Quería quebrarlo, devorarlo desde dentro. Como tantas veces lo había hecho con otros.
-Te está engañando... como siempre lo hizo...
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Editado: 23.09.2026