Melanie Jenkins: la heredera de la oscuridad

Capitulo 12

Dimitrius recorría los senderos boscosos que rodeaban la aldea, con el ceño fruncido y los puños cerrados. Desde que Cassandra había desaparecido, no había tenido una noche de descanso. Preguntó a cada pueblerino con el que se cruzó, pero nadie tenía una respuesta clara. Todos repetían la misma versión como loros asustados: que había sido exiliada por brujería, que se había ido por voluntad propia, que quizás ya estaría en otra ciudad, navegando lejos.

Pero él sabía que eso era mentira.

Cassandra no abandonaría su hogar. No sin luchar. No sin dar explicaciones. Y por eso no podía quedarse de brazos cruzados. Tenía que encontrar a Ariadna.

Nada de esto estaría ocurriendo si ella no hubiera acusado a su propia hermana. Pero aún albergaba una chispa de fe. Quería creer que Ariadna, pese a todo, no sería capaz de dañar a la sangre de su sangre.

Cuando se estaba por dar por vencido. Una voz, susurrante y seductora, cortó el silencio.

-¿Por qué te preocupas tanto por Cassandra? Creí que la odiabas por ocultarte la verdad.

Dimitrius no se sobresaltó. Ya esperaba algo así. Levantó la vista y la encontró sentada en la rama de un árbol seco, con las piernas cruzadas y una sonrisa casi infantil en el rostro. Siempre había sido así desde niña: traviesa, escurridiza, imposible de descifrar. Pero ahora, una energía oscura la rodeaba.

La belleza de Ariadna seguía intacta, pero no era la misma de antes. Ya no era la chica de cabellos dorados como rayos de sol que soñaba con escapar del pueblo y ver el mundo. Ahora irradiaba un magnetismo peligroso, casi venenoso. Y aunque no quería admitirlo, ella lo intimidaba. Su mirada era la de alguien que ya había cruzado un umbral sin retorno.

-¿Dónde está Cassie? -interrogó el con voz firme, cruzándose de brazos-. No tengo tiempo para tus juegos, Ariadna.

Ella sonrió.

-Está bien. Está con sus nuevos aliados, protegiendo a la Heredera.

Él frunció el ceño. Esperaba más. Pero ella hablaba con reticencia, como si midiera cada palabra. En realidad, lo hacía no porque quisiera proteger a nadie, sino porque ocultaba algo. Un secreto tan grande que ni siquiera él podía imaginar. Pero Dimitrius no sabía eso. Solo percibía que ella esquivaba preguntas, que no decía todo.

Ariadna, por su parte, lo observaba con interés. Sabía lo que tenía frente a ella: un alma atormentada, fuerte y desequilibrada. Un ser que, aún siendo humano, había asesinado con una furia imposible de contener. Si así era como hombre, ¿cuánto más letal sería como criatura? Sería un arma valiosa. Y ella pensaba usarla para su propio beneficio.

-Ya dime qué es lo que quieres, mujer -gruñó él, impaciente.

-Acércate a la que llaman Melanie. Gánate su confianza. Haz que dude de Cassandra... y de sus aliados.

Dimitrius la estudió. Quería entender sus intenciones, pero el rostro de Ariadna era una máscara perfecta.

-¿Eso es todo? ¿No vas a decirme por qué?

-Ya te mostré lo que puedo ofrecerte si cooperas conmigo. Ahora eres tú quien decide -replicó ella, y en un parpadeo, desapareció.

El silencio volvió, espeso y perturbador.

Dimitrius suspiró, indeciso. No confiaba en Ariadna. Pero algo le decía que debía encontrar a Melanie. Una intuición profunda, casi instintiva, le susurraba que ahí comenzaba su verdadero destino. Así que se internó en el bosque, con el nombre de la chica resonando en su mente como un eco lejano.

La noche lo envolvía como una capa. Caminaba entre los árboles, guiado solo por la tenue luz plateada de la luna. No quería usar linterna. No quería que lo supieran ahí. Sabía que las criaturas de la noche eran sensibles, desconfiadas, y huidizas. Si notaban su presencia, desaparecerían.

Pero él deseaba encontrarlas.

Había escuchado historias. Que eran rápidos, con ojos brillantes y se camuflaban como humanos. También escucho que algunos eran hermosos, otros horribles. No sabía a qué especie pertenecían ni cuántos eran, pero no les temía. Es mas lo deseaba cerca. Quería ver con sus propios ojos lo que otros solo susurraban.

Después de horas, entre el crujir de hojas y ramas, oyó voces.

-¡Melanie, por aquí, hay una cueva! -gritó una voz femenina.

Se agazapó entre los arbustos y espió. Dos muchachas corrían entre los árboles: una rubia, radiante y vivaz, y otra pelirroja, más reservada pero igual de resuelta. Entraron juntas a una pequeña caverna natural, pero apenas unos segundos después, salieron gritando, perseguidas por una nube de murciélagos.

-¡Está en mi cabello! ¡No te rías, Crystal! ¡¡Quitámelo!!

La rubia no podía dejar de reírse. Al parecer, los murciélagos solo atacaban a la pelirroja. La escena era tan ridícula que incluso Dimitrius soltó una leve carcajada. Inaudible para cualquiera... excepto para la vampira.

Crystal detuvo su risa al instante.

-¿Escuchaste eso?

-¿Qué cosa? -respondió Melanie, sacudiendo su cabello.

-Una risa... juraría que alguien se rió.

-Habrás escuchado el eco de la tuya -replicó, molesta-. ¡Y no fue gracioso! Al menos no para mí.




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