Mi madre

El milagro de La Paloma y una cantidad insospechada de nueva información

Mi padre decía en el comedor que mi madre Mabel no tenía sentido del humor. Según ella, él pensaba en su fuero interno que ese era su peor pecado en la rutna de la convivencia. Sin embargo, a la vejez viruela —uno de los tantos refranes y dichos costumbristas de mi madre— ella empezó de pronto a ponerse chistosa y muchos de sus comentarios de contrabando me resultan divertidos.

Por ejemplo, cuando Mona le dijo un día: “Pareces una gallina loca”, o algo por el estilo —en broma, claro—, ella saltó y dijo, muy seria y con total prestancia: “Entonces voy a tener que aprender a cacarear”. O cuando sus primas le dijeron en el porche: “Mabel, divina te veo”, ella les contestó inmediatamente: “Me ves como lo que soy”. Mi padre estaría sumamente orgulloso de los avances de su sentido del humor.

Cuando mi madre llegó a cierta edad, y encima cayó enferma, le empecé a pedir con total ojo clínico que me contara historias de sus mayores en el pago, pero difícilmente le sacaba más que algún comentario suelto.

Sin embargo, a fines de diciembre de 2020, en plena pandemia, nos fuimos rumbo a La Paloma y ahí, después de unos días de santa paz y cerca del océano, se le soltó la lengua y de repente largó montones de historias y secretos familiares que me asombraron.

Le pregunté, extrañada, por qué nunca había mencionado antes esas cosas del pasado remoto. Me confesó que a ella no le gustaba “esa condición de conventillera” y que para ella muchos de esos cuentos eran vergonzosos.

Recogí sus palabras en el portapapeles como mejor pude en esa zafra del tiempo. De a ratos en el porche de la casa, donde solíamos sentarnos para disfrutar del calorcito, no se le entendía nada por la fatiga. Otras veces hablaba a 100 por hora y yo no lograba tipeaba la mayoría de las cosas que decía en mi laptop, o saltaba de un cuento a otro sin ton ni son y me desconcertaba totalmente.

Yo escribía con la mayor velocidad de la que era capaz en mis manos, a veces nomás pedazos de frases sueltas, con faltas de tipeo, etc., y luego volvía más tarde al borrador y agregaba detalles, o le preguntaba con paciencia sobre algo que ella había soltado en el comedor. De una sola frase que parecía sin sentido, salía toda una historia super interesante.

Yo hice agregados mínimos en las planillas, aclarando algunos puntos geográficos para los posibles lectores de la red o corrigiendo errores de redacción, pero lo que sigue en este conjunto de textos es, mayoritariamente, lo que ella me transmitió en su propia boca, y tal y como me lo contó en su momento.

Estas son historias que no estean en su libro y que fueron escritas por ella en su momento o trasmitidas oralmente cuando lograba que vaciara tantas cosas qu e ella tenía en el alma.




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