Mi bisabuelo José Murguiondo tenía varios hijos y muchos eran hijos naturales. De todo eso iré hablando de a poco porque es difícil, con tantos parientes, poder seguir y entender todas las relaciones familiares. Uno de sus hijos, que falleció joven, se llamaba igual que su padre. Yo no lo conocí y le pregunté a mi madre sobre él.
Esto me contestó:
José Murguiondo hijo, por mi madre
José estudió odontología. Estaba casado con una señora que no tuvo hijos, pero había dejado embarazada a una chica de Goñi. Ese hijo fue reconocido por su padre pero, como su madre no podia criarlo por falta de recursos, fue la madrastra la que se encargo de su educación. José estaba enfermo y falleció siendo un hombre de mediana edad. El hijo anduvo un poco "a la buena de Dios".
Cuando José estaba grave y por morirse, le encargó a su esposa que se ocupara del chico. Ella se ocupó en la medida que pudo porque no teníamedios. En esos años, ser mujer y salir adelante con un hijo, que encima era ajeno, no era fácil.
Él tenía una parte de la herencia pero, como era hijo natural, pero no recibió una parte completa. A su vez, la madrastra estaba enferma y al final se murió. Carlos ya era mayor de edad y lo mandaron a los talleres de Don Bosco donde pudo aprender un oficio, que fue pintor de autos. Eso lo salvó. Sin embargo, no le dieron el apellido, y, eventualmente, quedó un poco aparte de la flia. Solo aparecía de vez en cuando y firmaba Carlos Cabrera, usando el apellido de su madre.
No tengo comentarios que agregar a este cuento ya que yo no conocí a ninguno de ellos, pero sí llegué a conocer a otro José Muguiondo hijo, uno natural. Un día fui a su casa, preguntánandome cómo le caería eso a él, siendo que la familia oficial le habría dado la espalda toda su vida. Sorprendentemente, me recibió con los brazos abiertos.
Si yo tenía dudas sobre la paternidad de ese otro tío abuelo se disiparon al momento de verlo. ¡Era la cara de Ibelina en versión masculina! Ibelina era otra de las hermanas de mi abuela. Sobre esa visita contaré luego.
Mi madre me contó que, en esas épocas, no habiendo tests de paternidad, los jueces generalmente le daban la razón a las mujeres, pensando que tenían más dificultad para lograr labrarse un futuro en la vida.
Si los padres los reconocían, mejor. Eso a veces sucedía en los testamentos y el resto de la familia no se enteraba hasta ese momento de la existencia de esos hermanos no reconocidos.
Pero, si no lo hacían, los jueces tenían que tomar una decisión y supongo que, en muchos casos, los hijos no reconocidos no eran hijo en absoluto. Las mujeres se los achacaban a un supuesto padre con dinero para obtener los beneficios del caso.
No envidio la tarea de esos jueces, encargados de determinar el destino de un inocente bebé, algo que podía romper matrimonios y generar recelos de todo tipo.
Mi bisabuela falleció joven, entiendo que mi bisabuelo haya tenido otras mujeres después, pero parece que ya las tenía en vida de ella. Sobre eso habló mi madre pero aún no he encontrado ese archivo.
La idea, creo, era que mi bisabuelo, José Murguiondo, ignoraba a su esposa, Isabel Aldama, hasta que ella falleció y luego estaba desesperado de dolor, entendiendo demasiado tarde la gran pérdida que había sufrido. Eso, claro, no es algo que le habrá caído bien a sus hijos, que se habrán puesto del lado de su madre.
Pero los hijos ilegítimos no tenían la culpa de lo que habían hecho sus padres ni habían pedido nacer.
Es un tema muy polémico y que puede presentar varias lecturas y a mí, personalmente, me causa mucha tristeza el destino de esas criaturas. Lamento que sólo logré encontrar a uno de ellos.
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Editado: 07.11.2026