El vapor del té de jazmín llenaba la cocina con un aroma tibio, engañosamente hogareño.
Había pasado un mes desde los entierros. Cuatro semanas en las que la ciudad entera parecía haberla mirado con lástima, susurrando a sus espaldas sobre la tragedia de los dos jóvenes amantes consumidos por el remordimiento. Valeria había intentado enterrar el horror en la rutina, aferrándose al único salvavidas que le quedaba: el plazo de aceptación de la academia europea vencía en apenas unos días.
Con las manos firmes, sirvió las tazas de porcelana agrietada que a su madre tanto le gustaban y las llevó al comedor, donde sus padres revisaban facturas arrugadas bajo la luz tenue de la lámpara central.
—Tengo que decirles algo —empezó ella, de pie, con la espalda recta y la carta de admisión doblada en el bolsillo del suéter.
Cuando soltó la noticia, el silencio inicial fue más lacerante que cualquier grito. Luego vino el estallido.
La discusión fue larga, asfixiante, un desgaste metro a metro. Su padre arrojó la pluma sobre la mesa, golpeando la madera con el puño.
—¿Europa? ¿Te has vuelto completamente loca, Valeria? —escupió él, con el rostro enrojecido por la indignación—. Una beca de honor no paga un techo en una de las ciudades más caras del mundo. No cubre comida, ni transporte, ni la ropa que vas a destrozar en esa maldita pista de baile. ¡No tenemos un solo centavo para mantenerte allá!
—Puedo trabajar de noche, puedo limpiar el estudio, buscaré la forma... —intentó defenderse ella, con la voz quebrada.
—¡No vas a limpiar nada! —intervino su madre, con una frialdad tajante que dolió más que los gritos—. Mañana a primera hora llamaré a la dirección de esa academia para rechazar la plaza en tu nombre. Se acabó esta fantasía egoísta. Aquí haces falta, Valeria. Tu lugar está aquí, buscando un empleo real y ayudando a pagar las deudas de esta casa. Punto final.
No hubo espacio para réplica. La dejaron allí, de pie en medio del comedor, muda y con las lágrimas quemándole las mejillas, mientras ellos se ponían los abrigos apresuradamente. Tenían una cena de negocios modesta con un socio comercial al otro lado de la ciudad; salieron dando un portazo que hizo temblar la porcelana sobre la mesa.
Sola en la penumbra de la casa, el dolor de Valeria mutó en una desesperación ciega y corrosiva. Sintió que le arrancaban el aire, el futuro, el único pedazo de identidad que le pertenecía. Apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas y, con el pecho encendido en rabia y asfixia, dejó escapar un pensamiento feroz y venenoso desde lo más profundo de sus entrañas:
Ojalá desaparecieran. Ojalá no estuvieran aquí para poder ser libre... para ser feliz y bailar.
A las tres de la madrugada, un timbre estridente quebró el silencio de la noche.
Valeria bajó las escaleras con el corazón palpitándole en la garganta. Al abrir la puerta, se encontró con dos oficiales de policía bajo una lluvia densa y fría. La luz giratoria de la patrulla teñía la acera de un azul lúgubre.
Las palabras llegaron amortiguadas, como si cayeran bajo el agua: un camión de carga sin frenos, un cruce oscuro, un impacto frontal inmediato. Ninguno de los dos había sobrevivido.
El mundo se detuvo. Valeria no gritó; cayó de rodillas sobre el felpudo mientras un frío glacial le invadía el cuerpo entero. El dolor de perder a sus padres se mezcló de golpe con un veneno mucho más oscuro: el terror. Lo había deseado. Apenas unas horas antes, con toda la fuerza de su alma rota, había pedido que no estuvieran. Los amaba, a pesar de sus gritos y sus límites, y ahora estaban muertos.
La semana posterior al funeral fue una niebla de trámites fúnebres y un encierro destructivo. La culpa la devoraba por dentro, convenciéndola de que algo podrido y letal habitaba bajo su piel.
El viernes por la mañana, un abogado de traje sobrio y maletín de cuero golpeó a su puerta. Traía consigo un expediente que cambió el curso de su destino con una crueldad casi irónica: sus padres contaban con un seguro de vida cruzado vinculado a su vieja hipoteca, sumado a una herencia modesta pero intacta de su abuela paterna que jamás habían querido tocar.
La cifra en el papel no solo cubría el alquiler y la vida austera en Europa; le garantizaba independencia total durante todos los años de su formación.
El dinero para su sueño estaba ahí. Había llegado a cambio de cuatro ataúdes.
Valeria no esperó. Vendió la casa a precio de remate, liquidó los muebles viejos y regaló la ropa. No quería un solo objeto que le recordara a su pasado, a la traición de su amiga o al trágico final de sus padres. Sentía que arrastraba una peste, una maldición silenciosa que liquidaba a quienquiera que osara interponerse en su camino o lastimarla.
Con una sola maleta, sus zapatillas de punta gastadas y el peso de cuatro muertes sobre la conciencia, Valeria abordó el avión rumbo a Europa. Iba decidida a convertirse en un fantasma: a no amar a nadie, a no confiar en nadie y a volcar toda su alma en la danza.
Ignoraba por completo que, en los salones dorados de su nuevo destino, unos ojos oscuros ya la estaban esperando para convertir su tragedia en obsesión.