Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 17

La velada tras el estreno no se dispersó con el cierre del telón; se trasladó a la sala de cristal del conservatorio, donde el champán corría entre copas talladas y los elogios unánimes de la crítica blindaban la temporada.

Valeria apareció con un vestido de satén negro de escote recto, sin más adorno que su porte erguido y una serenidad afilada. Ya no buscaba la sombra de Julian Vance ni esperaba su aprobación con la mirada. Con una copa en la mano, se movió con soltura entre los miembros veteranos del patronato y los mecenas culturales más influyentes, elogiando la dirección orquestal y asegurando compromisos directos de financiamiento para las próximas fechas de la gira. El director general la miraba con fascinación absoluta, cediendo ante cada sugerencia técnica que ella planteaba como si viniera de una veterana consagrada.

A varios metros de distancia, junto a una columna corintia, Julian no le quitaba los ojos de encima. Su mandíbula permanecía tensa y la copa de licor apenas se movía entre sus dedos. La sumisión que había cultivado con tanto esmero se le escurría de las manos: Valeria ya no era el peón que necesitaba su escudo, sino una reina que comenzaba a mover sus propias piezas sobre el tablero, restándole peso a su influencia con una naturalidad demoledora.

Cuando Julian dio un paso al frente para interceptarla y recordarle quién financiaba cada tabla del escenario, una mano le tiró del brazo desde la penumbra del pasillo lateral.

Era Miller. Tenía la respiración entrecortada y la ropa húmeda por la llovizna exterior.

—Señor Vance, tiene que ver esto ahora mismo —susurró Miller con voz áspera, apartándolo del bullicio hacia el descanso de la escalera de servicio.

Miller extrajo de su abrigo de cuero un sobre abultado con sellos policiales antiguos y recortes de prensa amarillentos.

—Mientras usted celebraba, mandé a mi contacto en la capital del sur a revisar los archivos municipales de donde ella vino —dijo Miller, bajando aún más el tono—. No hay casualidades, patrón. Mire la cronología: primero fueron el novio y su mejor amiga, ahogados en el lago la misma noche en que ella descubrió la traición. Y apenas un mes después, cuando sus padres intentaron frenar sus planes de mudarse para dedicarse a la danza y le negaron el apoyo para entrar al conservatorio, el automóvil familiar perdió los frenos en la carretera. La policía cerró ambos casos como accidentes fortuitos. Pero mire el patrón: primero los que le rompieron el corazón, y un mes más tarde quienes quisieron cortarle las alas. Cada vez que alguien se interpone en su camino o la lastima, esa persona termina bajo tierra. Esa mujer no es una víctima asustada; es una maldición andante o un verdugo que no deja huellas.

Julian tomó los papeles entre sus manos enguantadas. La luz tenue de la escalera iluminaba los rostros juveniles en las fotografías en blanco y negro. Lejos de sentir el terror que Miller esperaba provocarle, una sonrisa oscura y torcida comenzó a formarse en los labios de Julian.

—Eso solo demuestra que tiene la misma naturaleza que yo, Miller. No tolera obstáculos.

—Entonces no ha escuchado la última parte —lo interrumpió Miller, clavándole una mirada cargada de urgencia—. Hace veinte minutos llamaron de urgencias del Hospital San Lucas. Genevieve despertó del coma.

El silencio cayó sobre el rellano con el peso de una losa.

—¿Despertó? —repitió Julian, con los ojos entrecerrados.

—Abrió los ojos y comenzó a balbucear frente a las enfermeras de turno —confirmó Miller con el ceño fruncido—. Está desorientada, pero repite sin parar la misma frase: que la noche del foso alguien la empujó, y no para de nombrar a Valeria. Si esa chica recupera la lucidez completa antes de que amanezca y la policía toma su declaración, no habrá dinero ni jueces suficientes en esta ciudad para tapar el escándalo.

Julian guardó los expedientes bajo el brazo y miró a través de la cristalera hacia el salón dorado.

En el centro de la pista, Valeria reía con discreción ante el comentario de un diplomático, dueña absoluta del espacio, brillante, intocable y letal. El peligro volvía a cercar el escenario que ella creía haber conquistado por completo, pero esta vez, la grieta amenazaba con abrirse desde la cama de un hospital donde una muerta acababa de regresar a la vida.




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