Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 3

El invierno en Europa olía a piedra húmeda, resina para zapatillas y una soledad vasta y punzante.

La Academia Imperial de Danza no era un simple conservatorio; era un laberinto de techos altísimos con molduras de pan de oro, espejos monumentales que devolvían reflejos despiadados y un suelo de madera noble que crujía bajo la disciplina implacable de los mejores talentos del continente. Valeria se movía por los pasillos como una sombra. El alquiler de su modesto piso cerca del río estaba cubierto gracias a las pólizas de sus padres, pero el dinero no podía comprarle sosiego. Se había impuesto una regla estricta: silencio absoluto, mirada baja y distancia calculada. No podía arriesgarse a sentir afecto por nadie, ni a dejar que la rabia volviera a despertar la ponzoña letal que creía llevar en las venas.

Sin embargo, en un lugar donde la ambición flotaba en el aire como polvo suspendido, pasar inadvertida era una tarea imposible. En su primera semana, el ecosistema de la academia se desplegó ante ella a través de tres presencias.

La primera fue Céleste.

Sucedió la tarde del martes en los vestuarios del sótano, mientras Valeria remendaba las cintas de satén de sus puntas en un banco apartado. Una joven menuda, de rizos cobrizos y ojos almendrados y cálidos, se sentó con timidez a un metro de distancia. Llevaba los dedos vendados y una sonrisa titubeante que delataba su propia orfandad en aquel monstruo de cemento y arte.

—Te vi en la barra de las diez —dijo la chica con una voz suave, ofreciéndole media botella de infusión de árnica—. Tienes una línea perfecta en el développé. Soy Céleste. Tampoco conozco a nadie aquí... y la verdad es que este sitio a veces da un poco de miedo.

Valeria la miró con cautela. Había una bondad desarmante y limpia en los gestos de Céleste, una calidez que le recordó fugazmente los primeros años con Sofía. Un nudo doloroso se le formó en la garganta. Quiso levantarse y huir, pero solo logró asentir con frialdad contenida:

—Valeria.

Céleste no se desanimó por la respuesta seca; sonrió con alivio y le dejó la infusión en el banco antes de atarse las zapatillas. Quería una aliada en un terreno hostil, y Valeria, a su pesar, no fue capaz de rechazar el frasco.

La segunda presencia no tardó en hacer crujir la madera con una malicia destilada: Genevieve.

Hija de un influyente diplomático y primera bailarina en las audiciones regionales, Genevieve se movía como si el suelo del conservatorio le debiera pleitesía. Rubia, con facciones afiladas como navajas y un perfume empalagoso a gardenias, no toleraba sombras a su alrededor.

El choque ocurrió la mañana del jueves, al terminar la clase de técnica rusa. Genevieve pasó junto a Céleste y, con una torpeza deliberada y coreografiada, pateó la bolsa de tela de la chica, esparciendo horquillas, medias rasgadas y notas manuscritas por el suelo encharcado de sudor.

—Fíjate por dónde estorbas, pueblerina —soltó Genevieve con una risita despectiva hacia su séquito de bailarinas—. La mediocridad estorba el paso.

Cuando Valeria dio un paso al frente y ayudó a Céleste a recoger sus cosas en silencio, la mirada de Genevieve se clavó en ella. Ojos cargados de veneno, evaluándola de arriba abajo, reconociendo al instante la medalla de oro extranjera que amenazaba su trono.

—Así que tú eres la becada milagrosa —murmuró Genevieve, cruzándose de brazos con una sonrisa altanera—. Espero que tu técnica sea mejor que tu ropa, querida. Porque en este lugar, a los errores no se les perdona... se les expulsa.

Valeria sintió una llamarada helada treparle por la columna. No, se obligó a pensar, apretando la mandíbula hasta que le dolieron los dientes. No sientas nada. No la mires. La frialdad de su semblante fue tan absoluto que Genevieve dio un respingo imperceptible antes de marcharse con un bufido.

Y luego... estaba él.

Valeria no lo sabía, pero él había estado sentado en la penumbra del palco principal la mañana de su audición de ingreso, con los dedos entrelazados sobre el bastón de ébano y la mirada clavada en cada tensión de sus tendones. Se llamaba Julian. Socio mayoritario, mecenas de la academia y un hombre cuyo nombre se susurraba con un respeto teñido de advertencia en los despachos de la junta directiva.

El primer roce fue apenas un reflejo en el pasillo norte.

Él vestía un abrigo de corte impecable color carbón, alto, de mandíbula angulosa y un porte sobrio que exigía espacio sin necesidad de alzar la voz. Cuando cruzaron sus caminos, Valeria apenas desvió la vista, pero sintió un peso magnético sobre su nuca, como si una sombra viva se proyectara sobre ella.

Durante los tres días siguientes, Julian orquestó encuentros que parecían obra del azar: saliendo de la biblioteca del conservatorio al mismo tiempo que ella, observándola desde el final de la galería mientras ella esperaba el cambio de clase, detenido frente al tablón de anuncios con un café humeante en la mano. Nunca le dirigió la palabra; se limitaba a mirarla con una fijeza oscura y analítica, como quien estudia una pieza de porcelana que está dispuesto a quebrar para ver qué esconde dentro.

Aquella persecución silenciosa comenzó a rozar los nervios de Valeria.

El viernes por la tarde, exhausta tras cuatro horas de ensayo bajo la hostilidad constante de Genevieve, Valeria buscó refugio en una pequeña cafetería con ventanales empañados a dos calles del teatro. Pedía una mesa en el rincón más apartado, deseando únicamente el anonimato del vapor caliente de su taza.

El lugar estaba abarrotado. La camarera la miraba con disculpa, a punto de informarle que no quedaban sitios libres, cuando una voz grave, profunda y perfectamente modulada resonó a pocos pasos.

—La señorita viene conmigo.

Julian estaba de pie junto a una mesa redonda de mármol en la esquina más resguardada del local. Se había quitado el abrigo, dejando a la vista un suéter oscuro que contrastaba con la palidez aristocrática de su piel. Su mirada, de un gris tormentoso, no admitía discusión ni fuga.




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