Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 9

La presencia de Julian dejó de ser una sombra distante para convertirse en una corriente constante que lo invadía todo.

Con el pretexto implacable de resguardar la inversión principal de la temporada, Julian clausuró el acceso al auditorio mayor después del anochecer. Solo quedaban ellos dos, acompañados por el eco sordo del piano mecánico que marcaba los compases de Giselle.

—Tu elevación en el salto carece de entrega, Valeria —dijo él, avanzando desde la penumbra del patio de butacas hasta el entarimado.

Julian se quitó la chaqueta del traje y se acercó sin prisa. A diferencia de las correcciones de los maestros, su toque no buscaba únicamente la alineación ósea; había una posesión deliberada en la manera en que sus dedos ceñían su cintura para guiar el arqueo de su espalda. El calor de su pecho contra la nuca de ella era denso, sofocante y adictivo. Valeria contuvo un jadeo cuando la otra mano de Julian subió con lentitud por su costado, rozando la curva de sus costillas hasta posarse firme en su omóplato.

—Confías en tus pies, pero no en quien te sostiene —susurró él, con los labios a escasos milímetros de su oreja.

Valeria sintió una llamarada líquida descenderle por la espina dorsal. Deseaba girarse, perderse en la oscuridad tormentosa de sus ojos y dejarse llevar por la marea que amenazaba con devorarla. Pero de inmediato, el pavor la paralizó por dentro. Si lo amas, si te traiciona, si lo dañas... terminará como los otros. El recuerdo de los ataúdes de sus padres y la carta ensangrentada de Sofía y Leo actuaron como una cubeta de agua helada. Dio un paso en falso a propósito para romper el contacto físico, retrocediendo con la respiración entrecortada y los puños cerrados.

Julian no insistió con el cuerpo, pero continuó el cerco fuera del teatro.

Al día siguiente, un paquete envuelto en seda negra esperaba en la puerta del apartamento de Valeria: un par de zapatillas de satén hechas a mano por el zapatero más exclusivo de Milán, con las medidas exactas de sus empeines, y un vestido de terciopelo esmeralda de alta costura pensado para la noche del estreno. No había remitente, pero el aroma a cedro y tabaco impregnado en el papel bastaba como firma. Julian no solo la observaba; estaba diseñando su mundo a medida, cerrando los barrotes de una jaula dorada a su alrededor.

Sin embargo, el equilibrio se quebró estrepitosamente el jueves por la tarde.

Valeria ensayaba la escena de la locura junto al cuerpo de baile y los solistas masculinos en el escenario principal. El ambiente estaba cargado de sudor y concentración cuando las puertas dobles del fondo se abrieron de golpe, interrumpiendo la música con un estruendo seco de tacones.

Una mujer de porte imponente, cabello negro azabache recogido en un moño tirante y ojos afilados como cuchillas cruzó el pasillo central. Vestía un abrigo de piel largo y caminaba escoltada no solo por el director general del conservatorio, sino también por tres miembros veteranos del patronato cultural del Estado.

Era Roxanne Dubois. La bailarina que durante los dos últimos años había reinado indiscutible en todas las temporadas oficiales de la capital, ausente hasta ese momento por una gira internacional con la Ópera de Viena.

—Qué conmovedora farsa provinciana —soltó Roxanne, subiendo con lentitud los escalones del escenario sin quitarse los guantes de cuero—. Regreso a mi teatro y me encuentro con que la junta ha decidido entregar la obra cumbre de la temporada a una becada desconocida que ni siquiera domina el estilo francés.

El director carraspeó, incómodo, evitando mirar a los presentes.

—Señorita Valeria... la situación ha cambiado —dijo el director con voz temblorosa, mostrando una resolución oficial con sellos ministeriales—. La señorita Dubois ha concluido sus compromisos en el extranjero antes de lo previsto. Por contrato de patrocinio estatal y trayectoria invicta de dos años como primera figura de esta casa, la asignación de Giselle le corresponde por derecho preferente.

Valeria se quedó inmóvil en el centro de las tablas, con el cuerpo aún caliente por el ensayo.

Desde el lateral del escenario, Julian dio un paso al frente con el rostro ensombrecido por una furia glacial. Apretó la mandíbula, dispuesto a intervenir con todo el peso de su capital, pero el más anciano del patronato levantó una mano en seco hacia él:

—Ni una palabra, señor Vance. Sus inversiones financian el mantenimiento, pero el ministerio otorga la licencia del teatro. Las cláusulas de la señorita Dubois están blindadas por ley estatal. Si usted interfiere, cancelamos la subvención del conservatorio entero hoy mismo.

Julian clavó sus ojos en los burócratas con una intensidad homicida, pero sus manos permanecieron inmóviles a los costados. Por primera vez desde que Valeria lo conocía, el poder de Julian encontraba un muro infranqueable de burocracia y firmas que el dinero rápido no podía demoler sin destruir la propia academia en el proceso.

Roxanne sonrió con un desprecio absoluto, acercándose a Valeria hasta quedar frente a frente.

—Vuelve a la última fila del cuerpo de baile, niñita —le susurró Roxanne con una mueca venenosa—. Los vestidos caros no te van a salvar de ser lo que eres: un reemplazo barato que dura lo que tarda la verdadera dueña en volver a casa. Fuera de mi escenario.

Valeria bajó despacio las puntas de sus pies. No hubo lágrimas ni reclamos públicos. En su interior, sin embargo, el silencio fue ensordecedor. Un frío abismal, mucho más oscuro que el que sintió con Genevieve, comenzó a filtrarse por sus venas mientras clavaba su mirada en la nuca de Roxanne.




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