Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 6

La crueldad de Genevieve encontró su desahogo la tarde del viernes, durante la selección para los papeles secundarios de Giselle.

Sabiendo que Valeria permanecía blindada tras su máscara de hielo, Genevieve apuntó al eslabón más frágil. Céleste acababa de salir al centro del escenario con las manos temblorosas y la mirada llena de ilusión. No alcanzó a completar su primera variación: Genevieve, sentada en la primera fila junto a los tutores, soltó una carcajada estridente y fingida que resonó en todo el auditorio. Acto seguido, murmuró comentarios despectivos sobre el peso de Céleste, su falta de gracia y la ridiculez de permitir que una provinciana sin linaje ensuciara el escenario.

Los murmullos cómplices de su séquito terminaron de quebrar a la muchacha. Céleste tropezó en el aterrizaje de un salto simple, cayó sobre sus rodillas y, abrumada por la vergüenza, abandonó la sala entre lágrimas sin terminar la prueba.

Minutos después, Valeria la encontró encogida en un rincón oscuro del vestuario del sótano, llorando con un desconsuelo que encogía el corazón. Céleste sostenía sus zapatillas rotas contra el pecho, repitiendo entre sollozos que jamás pertenecería a ese mundo y que Genevieve tenía razón: era una intrusa.

Al verla tan indefensa, el juramento de Valeria de permanecer ajena a todo se pulverizó. Una furia incandescente, antigua y destructiva, le quemó la garganta. La imagen de Sofía traicionándola y la de Genevieve pisoteando la inocencia ajena se fundieron en un solo pulso caliente bajo su piel.

Apretó los puños y, con la vista clavada en el pasillo por donde Genevieve solía caminar con arrogancia, una frase brotó de su mente con la fuerza de un decreto silencioso:

Ojalá te borres de la faz de la tierra. Desaparece.

El aire a su alrededor pareció enrarecerse durante un segundo eterno, volviéndose frío y estático.

El pánico la sacudió como una bofetada helada. No, no otra vez, pensó con horror, retrocediendo un paso mientras se llevaba las manos al pecho agitado. La culpa la asfixió de golpe. Recordó el coche de Leo y Sofía, el camión destrozando el auto de sus padres. Había vuelto a desearlo. Había emitido la sentencia sin poder detenerse, y el terror a que su maldición reclamara a Genevieve la dejó temblando junto a Céleste, a quien solo pudo abrazar en silencio para anclarse a la cordura.

Necesitaba salir, respirar el aire gélido de la noche y olvidar la peste de muerte que sentía adherida a su piel.

Caminó sin rumbo durante casi una hora bajo la neblina invernal hasta llegar a su edificio. Estaba situado en un barrio residencial apacible y señorial, a orillas del río; no era un palacete desmesurado, pero sí una construcción impecable de fachada clásica de piedra, conserjería discreta y pasillos alfombrados. El dinero del seguro de sus padres y la liquidación de sus bienes le habían permitido instalarse en un lugar sobrio, seguro y confortable, un espacio donde podía vivir con tranquilidad sin apreturas económicas.

Al salir del ascensor en el cuarto piso con la llave en la mano, se detuvo en seco.

La puerta del apartamento contiguo al suyo, que había permanecido cerrado y en silencio desde su llegada, estaba abierta. La luz cálida del vestíbulo recortaba la figura de Julian. Vestía una camisa blanca sin corbata bajo un chaleco oscuro, con las mangas ligeramente remangadas, supervisando a dos transportistas que terminaban de colocar una gran estantería de caoba en el salón.

Valeria parpadeó, perpleja.

Julian levantó la vista al escuchar el roce de sus pasos. Tras despedir a los operarios con una seña seca y una propina generosa, se giró hacia ella con esa calma imponente que parecía adueñarse de cada rincón.

—Buenas noches, vecina —dijo él, con una sombra de sonrisa templada en los labios—. Imagino que le sorprende. Llevaba tiempo buscando un lugar tranquilo, apartado del bullicio del distrito financiero, y este edificio me pareció la opción ideal.

Cualquier otra persona habría sentido un escalofrío de alarma ante una coincidencia tan milimétrica; la fijación de Julian por invadir sus espacios era evidente. Sin embargo, en el ánimo de Valeria, desgastado por el aislamiento, el dolor y el pavor a su propio poder destructivo, la proximidad de Julian generó un efecto inesperado. Julian no se veía vulnerable. No parecía una presa frágil susceptible de quebrarse ante su supuesta maldición; proyectaba una fuerza sobria, una oscuridad calculada y densa que, en lugar de intimidarla, le resultaba extrañamente atractiva.

—Un traslado muy conveniente para un hombre con tantos asuntos entre manos, señor Vance —respondió Valeria, sosteniéndole la mirada con un destello de perspicacia.

—Suelo actuar con rapidez cuando encuentro un lugar que considero adecuado —contestó él, apoyando un hombro en el marco de su propia puerta y mirándola con detenimiento—. Y por la rigidez con la que sostiene la llave, juraría que ha tenido una jornada agotadora.

Valeria contempló la cerradura de su piso y luego los ojos grises y profundos de Julian. La cautela le advertía que mantuviera la distancia, pero el cansancio y una sutil atracción hacia su presencia terminaron ganando la partida.

—Mi apartamento es acogedor, aunque no tiene grandes lujos —dijo ella, haciendo girar la llave y empujando la puerta de madera clara—. Pero tengo una buena infusión caliente, si no le molesta la sencillez de una estudiante.

Julian sonrió con lentitud, un gesto comedido y elegante que ocultaba la satisfacción de quien ve caer la primera pieza en su tablero.

—Será un placer, Valeria.

Cruzó el umbral tras ella, dejando que la puerta se cerrara a sus espaldas mientras la noche invernal quedaba sellada afuera.




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