El vacío alrededor de Valeria no se construyó con muros de piedra, sino con pasos apresurados que se apartaban a su paso y miradas que rehuían las suyas en cada pasillo.
El miedo supersticioso se convirtió en un veneno silencioso que lo emponzoñaba todo. En las barras de calentamiento, las bailarinas preferían amontonarse en un extremo antes que compartir espacio con ella; cuando entraba a los vestuarios, las conversaciones se apagaban de golpe, sustituidas por murmullos apresurados sobre ataúdes, caídas fortuitas y mala fortuna.
La estocada más dolorosa vino de la única persona en quien Valeria confiaba.
Céleste empezó a esquivarla. Primero fueron excusas torpes sobre dolores musculares o visitas familiares; luego, un silencio helado. El punto de no retorno ocurrió un martes por la tarde, cuando Valeria intentó alcanzarla en la salida del conservatorio. Al llamarla por su nombre, Céleste se giró con el rostro desencajado, dio dos pasos hacia atrás como si tuviera enfrente a un animal salvaje y apretó la cartera contra el pecho.
—Por favor, Valeria... déjame —dijo Céleste con un hilo de voz tembloroso, evitando mirarla a los ojos—. Dicen cosas horribles. Genevieve, luego Roxanne... Todo es demasiado extraño. No puedo estar cerca de ti, tengo miedo.
Esas palabras cayeron como plomo en el pecho de Valeria. La última hebra que la ataba a la cordura y a la calidez humana se quebró esa tarde.
Completamente aislada, vulnerable y carcomida por el rechazo colectivo, Valeria no tuvo fuerzas para resistirse al único refugio que permanecía abierto: Julian Vance.
Julian leyó su desamparo con la destreza de un depredador paciente. No la presionó; simplemente se volvió indispensable. Un automóvil con chófer privado la esperaba cada anochecer en la puerta trasera del teatro para evitarle miradas hostiles. Cenas calientes y silenciosas la aguardaban en su apartamento preparadas por el personal de confianza de Vance. Julian comenzó a supervisar cada aspecto de su rutina, desde los masajes terapéuticos de sus pies hasta las partituras que ensayaba en el piano, envolviéndola en una red de cuidados tan meticulosa que los límites entre la devoción y la posesión absoluta se desdibujaron por completo. Valeria se dejó arrastrar por esa marea tibia y oscura, agradecida de tener a alguien que no temblara al mirarla.
Las semanas pasaron con la rapidez implacable de un compás acelerado.
Un mes entero de ensayos extenuantes, aislamiento y disciplina militar desembocó en el umbral más temido: faltaban apenas veinticuatro horas para la noche del estreno oficial de Giselle.
Para coronar el regreso de la temporada y blindar la reputación del conservatorio tras los recientes escándalos, Julian organizó una gala exclusiva en los salones dorados del Gran Hotel de la Ópera. Era una reunión selecta de patrocinadores de la alta sociedad, críticos de arte influyentes y miembros veteranos del patronato cultural.
Valeria descendió del carruaje vestida con el diseño de terciopelo esmeralda que Julian le había enviado semanas atrás. El corte clásico dejaba al descubierto sus hombros pálidos y la línea esbelta de su cuello, mientras el cabello recogido en un moño tirante acentuaba la frialdad aristocrática de sus facciones. A su lado, Julian vestía un frac impecable, con la mano posada firmemente en la curva de su espalda baja, marcando su territorio con cada paso que daban bajo las arañas de cristal de bohemia.
A pesar de la sofisticación del ambiente, la tensión flotaba como una niebla espesa. Las sonrisas de los mecenas eran forzadas; los cuchicheos sobre el trágico destino de Roxanne y la repentina ascensión de la "musa de Vance" teñían las copas de champán con un regusto agrio.
El quiebre ocurrió cerca de la medianoche, junto al gran balcón central.
Julian se había apartado apenas un par de metros para atender a un ministro de hacienda cuando un hombre corpulento, de unos cincuenta años, cabello canoso y mirada enrojecida por el alcohol y la ira contenida, se plantó de golpe frente a Valeria, bloqueándole el paso con una brusquedad que hizo derramar unas gotas de su copa.
Era Jean-Paul Dubois, tío paterno de Roxanne y uno de los críticos culturales más despiadados de los diarios oficiales.
—Mírate nada más —soltó el hombre con una voz rasposa que no se molestó en disimular, atrayendo de inmediato las miradas indiscretas de los invitados cercanos—. Te pavoneas con las joyas del patrón y la seda fina sobre los cadáveres de quienes sí tenían talento real en este país.
El murmullo del salón se redujo a la nada. Valeria contuvo la respiración, sintiendo cómo sus músculos se tensaban de golpe como cuerdas de acero.
—Caballero, le ruego que modere su lenguaje —respondió ella con una calma forzada, aunque las uñas se le clavaron en las palmas de las manos dentro de sus guantes.
—¿Moderar mi lenguaje? —Dubois soltó una carcajada cargada de bilis—. Todo el mundo aquí sabe lo que eres, niña. Una trepadora extranjera que no le llega a los talones a mi sobrina. Tuviste la suerte de que Roxanne perdiera el juicio por los calmantes y cayera de esas escaleras, pero tu farsa se acaba mañana en la noche. No eres una estrella; eres una maldición vestida de verde que solo sabe parasitar billeteras ajenas. Mañana la crítica te va a destrozar en el primer acto, y cuando Vance se aburra de ti, volverás al fango de donde nunca debiste salir.
Las palabras cayeron como una bofetada hirviente. El dolor, la humillación pública y la impotencia de cargar con un duelo que nadie comprendía encendieron una chispa letal en el centro de su pecho. La marea oscura rugió dentro de su mente, exigiendo sangre: la necesidad visceral de acallar esa boca infame, de borrar a ese hombre arrogante de la faz de la tierra para que dejara de respirar su mismo aire.
No. No lo pienses. No lo nombres.
Valeria cerró los ojos por una fracción de segundo, librando una batalla titánica contra su propio pulso, obligando a sus pensamientos a convertirse en piedra para no desatar la tragedia.