El eco de los pasos uniformados en el vestíbulo principal mantenía en vilo al conservatorio. Los inspectores de policía habían instalado una mesa de toma de declaraciones en la biblioteca de partituras para cerrar la cronología oficial del desafortunado percance de Roxanne Dubois. Las alumnas desfilaban en fila india, pálidas, balbuceando recuerdos vagos sobre el estado alterado de la solista la tarde anterior.
Sin embargo, el nombre de Valeria nunca figuró en la lista de convocadas.
Antes de que un solo agente pudiera acercarse a su casillero, dos abogados de traje gris impecable y semblante impasible, pertenecientes al bufete privado de Julian Vance, interceptaron el expediente. Con una carpeta de acuerdos preliminares y recursos de reserva firmados con sellos notariales, blindaron su presencia: la señorita Valeria se encontraba en reposo prescrito por agotamiento muscular y no tenía relación alguna con las instalaciones anexas de la universidad durante la madrugada.
Apenas los letrados despacharon a las autoridades hacia el patio exterior, una mano enguantada tocó el hombro de Valeria en el pasillo lateral.
—El señor Vance la espera en su despacho. De inmediato.
El despacho de Julian estaba sumido en una penumbra elegante. El aroma a cedro, tabaco negro y cera de abejas impregnaba el aire denso de la habitación. Julian permanecía de espaldas, junto a los ventanales góticos que daban a los jardines acordonados. Al escuchar la puerta cerrarse, se giró con una lentitud calculada, sin un solo pliegue fuera de lugar en su traje oscuro.
Sus ojos grises, afilados y desprovistos de emoción aparente, se clavaron en ella con una intensidad casi asfixiante.
—Los inspectores ya tienen su versión resuelta —comenzó Julian, avanzando hacia el centro del salón con las manos en los bolsillos—. Un traspié en la piedra helada de las escalinatas, derivado de un colapso psíquico severo. Caso cerrado para la ciudad.
Se detuvo a medio paso de Valeria, invadiendo su espacio con esa autoridad silenciosa y sombría que le erizaba la piel.
—Ahora dime qué ocurrió anoche en el vestuario, Valeria.
El estómago de ella dio un vuelco violento. Clavó la vista en los gemelos de plata de su camisa, sintiendo un sudor frío deslizarse por su nuca.
—No sé de qué me habla...
Julian dio un paso más, reduciendo la distancia hasta que su sombra la cubrió por completo. Levantó una mano y rozó con el dorso de sus nudillos la mejilla intacta de ella, con una suavidad que contrastaba brutalmente con la frialdad de su voz.
—Sé que Roxanne burló la custodia médica. Sé que bajó a los camerinos armada con tijeras de sastre. Y sé que tú estabas allí dentro cuando ella cerró la puerta.
Valeria tragó saliva, sintiendo que el aire se le escapaba de los pulmones. Alzó la mirada hacia esos ojos de hielo, dejando ver el pánico genuino que la carcomía por dentro.
—No lo recuerdo —susurró con la voz entrecortada, temblando visiblemente—. Solo recuerdo verla abalanzarse sobre mí con las tijeras en alto... gritando que me iba a destrozar la cara. Recuerdo el brillo del metal... y después, nada. Solo oscuridad. Desperté apoyada contra las taquillas y el vestuario estaba en silencio. No sé cómo salió de allí, Julian. No sé cómo terminó en esas escaleras.
Julian no parpadeó. La observó durante un silencio denso y prolongado, estudiando cada microexpresión de su rostro pálido. Había algo en su mirada —una certeza oscura, un conocimiento velado de los hechos nocturnos— que le hizo comprender a Valeria que él sabía con exactitud milimétrica la forma en que Roxanne había abandonado el edificio hacia la torre universitaria. Pero no hizo más preguntas.
—Bien —dijo él, retirando los dedos de su piel con una lentitud calculada—. No necesitas recordar pesadillas. Lo único que debe importarte es que esa mujer ya no volverá a pisar tu camino.
A las dos de la tarde, las campanas del auditorio convocaron a toda la compañía.
La junta directiva al completo, encabezada por el director general y respaldada por Julian de pie en el estrado, leyó el comunicado oficial. El contrato de Giselle no se suspendería. La temporada no podía morir junto con la tragedia. Por unanimidad técnica y directiva, la titularidad del papel protagónico regresaba de forma definitiva y permanente a las manos de Valeria.
Cuando el director pronunció su nombre, un murmullo helado recorrió las filas del cuerpo de baile.
Nadie se atrevió a aplaudir con entusiasmo genuino; los aplausos fueron secos, mesurados, acompañados por miradas furtivas de reojo. El miedo y la superstición se habían apoderado de las bailarinas y de los maestros. Genevieve en coma irreversible tras caer al foso; Roxanne muerta contra los adoquines tras despojarla de la obra. Para la compañía, Valeria ya no era solo una bailarina prodigiosa: era una figura intocable, un presagio sombrío al que nadie se atrevía a contrariar por temor a correr la misma suerte fatal.
Esa misma tarde, el ensayo general con orquesta se reanudó.
Valeria subió al escenario bajo el haz blanco del reflector cenital. La música de Adolphe Adam comenzó a sonar, solemne y melancólica, marcando la entrada de Giselle en el primer acto. Cada salto, cada arabesque y cada reverencia salían con una precisión técnica impecable, pero su pecho ardía con una pesadumbre insoportable.
Sentía el calor de las luces sobre su piel como un fuego acusador. En el palco principal, Julian la observaba inmóvil desde las sombras, con la barbilla en alto y una satisfacción posesiva dibujada en los labios.
Valeria completó el giro final y contuvo el aliento frente al patio de butacas desierto. Cada ovación futura, cada aplauso que estaba por recibir y el vestido de seda que llevaba puesto no se sentían como un logro de su disciplina, sino como un monumento fúnebre erigido sobre cuerpos rotos y silencios cómplices.