Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 16

El foso de la orquesta guardó silencio y el telón de terciopelo carmesí se alzó con la solemnidad de un juicio.

Cuando Valeria pisó las tablas, el aire del auditorio cambió por completo. No había en sus movimientos ni un atisbo de duda, ni el más mínimo rastro de la bailarina dubitativa que temblaba semanas atrás en los ensayos. Se movía con una precisión técnica milimétrica, pero desprovista de cualquier calor ingenuo: cada salto era una elevación calculada, cada giro desafiaba el eje con una frialdad matemática que cortaba la respiración.

Fue en la emblemática escena de la locura del primer acto donde el teatro entero enmudeció.

Valeria no interpretó el colapso de Giselle como el desgarro de una muchacha ingenua con el corazón roto. Su descenso al abismo fue pausado, gélido, perturbadoramente lúcido. Su mirada, fija en la nada, transmitía un desapego total del mundo terrenal, transformando la fragilidad clásica de la doncella en una presencia espectral e implacable. En lugar de inspirar lástima, inspiraba un pavor magnético; en lugar de morir por amor, parecía desprenderse con desdén de las ataduras de los vivos.

En el palco central, Julian Vance permanecía con los codos apoyados en la barandilla de terciopelo, inmóvil. Sus ojos grises, acostumbrados a leer debilidades ajenas, no se apartaban de la figura iluminada por el haz cenital. Julian lo notó de inmediato. El miedo que creía haber contenido, la culpa que supuso estar borrando con sus influencias, todo se había desvanecido. No había rescatado a un ave herida; había estado puliendo un diamante con aristas afiladas como navajas. Lejos de inquietarle, una fascinación voraz se encendió en su pecho al ver que la mujer frente a él poseía una sombra tan densa y calculadora como la suya propia.

Mientras tanto, en las penumbras de los bastidores, Miller observaba la escena desde un lateral, con las manos en los bolsillos y el ceño fruncido.

Miller conocía de cerca la violencia de los muelles, los accidentes fabricados y las casualidades demasiado oportunas. Horas antes había revisado los informes de la autopsia preliminar de Jean-Paul Dubois: un fallo cardíaco repentino, técnicamente limpio por intoxicación etílica, pero con una rapidez fulminante que no cuadraba con las amenazas que Julian apenas había comenzado a preparar. Algo no encajaba entre la caída de Roxanne, el coma de Genevieve y la suerte invariable que allanaba el camino de Valeria. Miller no creía en milagros artísticos. Con la mirada fija en la protagonista, tomó nota mental de cada detalle, decidido a indagar por su cuenta en el pasado de la bailarina antes de que su patrón quedara atrapado en una red de la que no pudiera salir.

El telón cayó tras el segundo acto con un golpe sordo, y la sala estalló en una ovación unánime.

Gritos de admiración, aplausos atronadores y ramos de flores inundaron la tarima. Valeria ejecutó una reverencia impecable, sonriendo con la medida exacta de cortesía ante el mar de asistentes, antes de retirarse a los bastidores.

Allí la esperaba Julian, apartado del tumulto, sosteniendo un ramo de rosas negras de tallo largo.

—Una consagración absoluta —dijo Julian en voz baja al acercarse, extendiéndole las flores con una mirada que buscaba recuperar el control sobre ella—. La ciudad entera sabe esta noche a quién le pertenece este escenario.

Valeria tomó las rosas con una mano y no bajó la vista ni un milímetro. En lugar de buscar su pecho para refugiarse o agradecer la protección que él le había brindado, sostuvo la mirada de Julian con una calma dominante que él no había visto antes. Dio un paso hacia él, rozando con el dorso de sus dedos la solapa de su esmoquin, con una sonrisa tenue que escondía un filo peligroso.

—La ciudad lo sabe, señor Vance —respondió Valeria con voz baja, firme y cadenciosa—. Y me aseguraré de que nadie, ni dentro ni fuera de este edificio, lo olvide jamás. Ahora... le agradecería que despeje el camerino. Necesito cambiarme sin distracciones.

Dio media vuelta sin esperar su respuesta, dejándolo en el corredor con las palabras en la boca. Por primera vez, Julian no marcaba el compás del encuentro; las riendas del poder comenzaban a cambiar de manos.




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