Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 5

El crujido casi imperceptible ocurrió en el vestuario, apenas unos minutos antes del ensayo general frente a la junta directiva.

Valeria se calzaba la zapatilla izquierda cuando sintió una mordedura filosa contra la yema de su dedo gordo. No gritó. Retiró el pie despacio, con esa calma helada que desconcertaba a quienes la rodeaban, y volteó la puntera de raso sobre el banco de madera. Tres esquirlas delgadas de vidrio cayeron sobre la superficie, brillando con una gota diminuta de su propia sangre. A unos metros, Genevieve fingía acomodarse las horquillas frente al espejo, pero sus ojos en el reflejo brillaban con una anticipación perversa.

Valeria limpió el interior de la zapatilla con un pañuelo, vendó el corte superficial con cinta adhesiva y se la calzó sin pestañear. La incomodidad era real, pero el dolor físico era una minucia comparado con el peso de los ataúdes que arrastraba en la memoria.

En la sala principal, la atmósfera pesaba como plomo. Cuando Valeria se posicionó en el centro de la pista, el dolor punzante en cada apoyo la obligó a tensar la mandíbula, aunque su línea corporal se mantuvo impecable. Fue entonces cuando las puertas dobles del fondo se abrieron de par en par.

Julian Vance entró con la soltura de quien es dueño de cada viga del edificio. Su sola presencia congeló las instrucciones del maestro de baile. Los ojos grises de Julian barrieron la sala, notaron la postura rígida de Valeria y de inmediato se posaron en Genevieve, cuya sonrisa de complacencia se desvaneció al instante.

—Una ejecución notable, señorita Valeria —interrumpió Julian con una calma cortante, avanzando unos pasos con las manos en los bolsillos del pantalón—. Aunque parece que algunos suelos en esta academia acumulan residuos peligrosos.

Se giró con lentitud milimétrica hacia Genevieve, clavando en ella una mirada carente de cualquier cortesía.

—La torpeza no es una virtud en el ballet, señorita Genevieve. Y los sabotajes baratos son propios de quienes saben que su técnica jamás alcanzará a la del resto. Si vuelve a ocurrir un descuido semejante en mis instalaciones, me encargaré de que su distinguido apellido no le sirva de nada frente a la junta de expulsión.

Genevieve palideció hasta los labios, humillada frente a la mirada atenta de toda la compañía. Apretó los puños con tanta furia que las uñas le rompieron la tela de los guantes de ensayo.

Valeria observó a Julian, sintiendo una grieta abrirse en el muro que con tanto esmero había levantado. La protegió, sí, pero el fuego venenoso que ardía en el pecho de Genevieve prometía empeorar. Por un segundo fugaz, un pensamiento oscuro y familiar cruzó la mente de Valeria: desaparece de una vez. El terror la golpeó de inmediato, helándole la nuca. Se mordió el labio hasta sentir el sabor metálico. No. No podía desearlo. Si la maldición se activaba de nuevo por su culpa, la sangre de otra persona volvería a mancharle las manos.

La noche cayó sobre el conservatorio. Céleste la acompañó hasta la salida de los vestuarios, suplicándole con la mirada que tuviera cuidado:

—Genevieve no se va a quedar quieta, Valeria. Julian la humilló por ti, y su orgullo no lo va a perdonar. Ten cuidado, por favor.

Valeria solo asintió con una caricia breve en el hombro de Céleste y se quedó atrás, esperando a que el edificio quedara desierto. Necesitaba quemar la adrenalina, el miedo y la rabia contenida.

Sola en el inmenso salón principal, iluminado únicamente por la luz de la luna que se filtraba a través de los ventanales góticos, Valeria comenzó a girar. Sin música, guiada solo por el eco de sus respiraciones y el roce sordo de las puntas contra el suelo encerado.

—Un adagio solitario suele ser síntoma de una mente que busca castigarse.

La voz de Julian emergió de las sombras junto a una de las columnas talladas. Se había despojado de la chaqueta y avanzaba con paso felino hacia el centro de la sala. Valeria se detuvo de golpe en quinta posición, con el pecho agitado.

—Pensé que las instalaciones estaban cerradas a estas horas —dijo ella, tratando de mantener la voz firme.

—Para los demás, sí. Para mí, nunca —respondió él, acortando la distancia hasta quedar a menos de un paso. Su presencia era sofocante, magnética, cargada de una intensidad que rozaba lo peligroso—. Tienes una técnica casi perfecta, Valeria. Pero hay algo roto en la caída de tus hombros. Muestras frialdad, pero bailas como si huyeras de un incendio.

Sin pedir permiso, Julian levantó una mano y apoyó la palma firme en la base de su omóplato derecho, guiando suavemente su postura hacia atrás. El contacto quemó a través del maillot delgado de Valeria. Sus dedos eran cálidos, pero su tacto transmitía una fuerza contenida que exigía sumisión absoluta.

—Relaja la escápula —murmuró él, bajando el tono hasta convertirlo en un susurro grave junto a su oído—. Quien carga con fantasmas termina cayendo en el salto.

Valeria contuvo la respiración, con la mirada atrapada en los ojos de él. Había una sombra oscura y amarga en el fondo de la mirada de Julian, el rastro inequívoco de un pasado manchado por culpas similares a las suyas.

—Usted también carga con los suyos, señor Vance —susurró ella, resistiéndose al impulso de apartarse de su toque.

Una sonrisa tenue, peligrosa y fascinada curvó los labios de Julian. Sus dedos se deslizaron apenas un milímetro sobre su espalda, un roce que desafiaba toda barrera profesional.

—Los míos aprendieron a obedecerme, Valeria. Y no me asustan.

Valeria sintió un escalofrío violento recorrerle la espina dorsal. No temía que Julian descubriera sus debilidades ni que Genevieve la atacara. El verdadero terror, el que le aceleró el pulso hasta ensordecerla, era lo que empezaba a despertar dentro de ella: Julian no era un hombre al que pudiera controlar, y si se acercaba demasiado, su maldición terminaría arrastrándolo a la tumba como a todos los demás.




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