Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 15

El camerino principal olía a polvo de arroz, rosas blancas recién cortadas y al barniz añejo del tocador. Sobre el maniquí descansaba el tutú vaporoso del primer acto de Giselle, inmaculado, coronado por una hilera de perlas diminutas. Para cualquier otra bailarina, esa estancia habría sido el santuario del triunfo; para Valeria, era una celda donde el aire pesaba como plomo.

Faltaban escasas dos horas para que se alzara el telón y la sala comenzara a llenarse. Sentada frente al espejo con la bata de seda ajustada al cuerpo, Valeria sentía un temblor incontrolable en los dedos. Cada crujido de la madera en el pasillo le parecía el eco de los pasos de Roxanne con las tijeras en alto; cada destello en el cristal le devolvía el recuerdo de las miradas acusadoras de la compañía y el veneno de Jean-Paul Dubois en la gala. La náusea del pánico la obligaba a llevarse una mano a la garganta para contener la respiración.

La puerta del camerino se abrió sin llamar.

Julian Vance entró y cerró con suavidad a sus espaldas. Vestía un esmoquin negro impecable, sobrio y riguroso. Al notar la rigidez en los hombros de Valeria y la palidez cadavérica de sus mejillas, dio pasos lentos hasta colocarse detrás de su asiento. Apoyó ambas manos sobre los hombros de ella; el calor firme de sus palmas atravesó la seda de la bata, anclándola a la realidad.

—Respira, Valeria —ordenó con una voz baja, pausada y densa como el terciopelo—. La sala está vendida hasta el último palco. Esta noche no le pertenece a los muertos ni a los cobardes que hablan en los periódicos. Esta noche es tuya.

Valeria alzó la vista hacia el espejo, encontrando los ojos grises de Julian fijos en los suyos. Se puso en pie de golpe, encarándolo, abrumada por la presión acumulada, la culpa y la necesidad visceral de no desmoronarse en el suelo.

—Tengo miedo, Julian... —susurró, con la voz quebrada por una fragilidad que ya no intentaba ocultar—. Todo esto... la sombra que me sigue, las amenazas de Dubois, lo que pasó con Roxanne...

—Mírame —la interrumpió él con firmeza, acortando el último espacio que los separaba. Tomó su rostro entre sus manos grandes, con una mezcla de posesividad salvaje y reverencia—. Nadie va a tocarte. Nadie va a arrebatarte lo que te corresponde. Eres perfecta y el mundo entero va a arrodillarse ante ti cuando pises esas tablas.

La cercanía era asfixiante, magnética. La línea invisible que habían mantenido durante semanas se pulverizó en un segundo. Incapaz de contener la vorágine de adrenalina, miedo y deseo acumulado, Valeria se aferró a las solapas de su chaqueta.

Julian bajó la cabeza y la besó.

No fue el roce contenido ni la caricia calculada de los ensayos. Fue un beso real, hondo y hambriento, cargado de una pasión oscura que llevaba meses ardiendo bajo la superficie. Los labios de Julian reclamaron los suyos con una exigencia implacable, dominándola por completo, mientras los brazos de él la estrechaban contra su pecho hasta dejarla sin aliento. Valeria se entregó a ese fuego con desesperación, sintiendo que por primera vez en años la tormenta de su mente se silenciaba en los brazos de un hombre tan implacable como sus propios abismos.

Cuando Julian se apartó despacio, con la respiración alterada y los ojos encendidos por un brillo posesivo, rozó con el pulgar el labio inferior de Valeria, húmedo y enrojecido.

—Vístete —dijo con un hilo de voz ronca—. Estaré en el palco central viéndote reinar.

Julian salió al pasillo exterior. Valeria permaneció unos segundos apoyada contra el borde del tocador, con el pulso latiéndole con violencia en los oídos. Necesitaba un vaso de agua para serenarse. Caminó descalza hacia la puerta y la abrió apenas una rendija para pedir asistencia a los tramoyistas, pero se detuvo en seco al escuchar voces amortiguadas al final del recodo.

Eran Julian y Miller.

—Se resolvió antes del mediodía, señor Vance —decía Miller en un murmullo seco y profesional—. Jean-Paul Dubois sufrió un colapso cardiovascular fulminante en su residencia tras abandonar el hotel. Los médicos dictaminaron muerte súbita por intoxicación etílica y fallo cardíaco. La columna que pretendía publicar jamás saldrá de imprenta. No queda nadie que proteste.

—Excelente —respondió la voz gélida de Julian—. Asegúrate de que no haya filtraciones a la prensa hasta que caiga el telón de esta noche.

Los pasos de ambos se alejaron por la alfombra del corredor hacia las escaleras principales.

Valeria cerró la puerta despacio, encajando el pestillo con una calma súbita, casi extraña. El temblor en sus manos había desaparecido por completo. El nudo en la garganta se disolvió como sal en agua tibia.

Caminó hacia el gran espejo con marco dorado del tocador. Se colocó el tutú blanco de Giselle, ajustó las cintas de satén alrededor de sus tobillos con una precisión milimétrica y se alisó el cabello recogido. Cuando levantó la vista para contemplar su propio reflejo, la expresión que le devolvía el cristal ya no guardaba rastro de la joven asustada, culpable o frágil que había fingido ser frente a Céleste, ante los maestros y bajo el amparo de Julian.

Sus labios se curvaron en una sonrisa afilada, fría y triunfal. Sus ojos brillaban con una lucidez implacable.

Se miró de arriba abajo, reconociéndose por fin en toda su plenitud.

Había llegado exactamente al lugar que le correspondía, a la cúspide que nadie en su vida pasada había querido permitirle alcanzar. Sus padres, que insistían en cortarle las alas y llamarla ilusa, habían tenido que marcharse para siempre de su camino. Su novio y su supuesta mejor amiga, que la traicionaron por la espalda creyéndola débil, habían recibido exactamente el mismo destino silencioso. Y en este conservatorio, Genevieve con su arrogancia y Roxanne con su veneno habían pretendido arrebatarle el papel que le pertenecía por derecho de sangre y talento; ambas habían sido arrancadas de la tarima con la misma frialdad necesaria.




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