Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 8

El aire dentro del conservatorio era insoportable, cargado de susurros nerviosos sobre el estado crítico de Genevieve y las miradas acusadoras de los profesores. Valeria necesitaba escapar de esas cuatro paredes. Tomó a Céleste del brazo y la guio hacia el exterior, buscando perderse entre las calles adoquinadas que bordeaban el río para despejar el peso fúnebre que amenazaba con asfixiarlas.

Apenas se habían alejado tres manzanas cuando una figura salió de entre las sombras de un callejón estrecho.

El hombre vestía una gabardina desgastada, tenía una cicatriz gruesa que le partía el labio superior y los ojos inyectados en sangre. Se plantó frente a ellas bloqueándoles el paso en la acera desierta.

—Vaya, vaya... la joyita nueva de Vance —soltó el sujeto con una voz rasposa, barriendo a Valeria de arriba abajo con un descaro repulsivo—. Dicen en los muelles que Julian no se despega de ti. Dile a tu patrón que el silencio que compró hace cinco años ya venció. Si no quiere que cuente de dónde salió el capital para este maldito teatro, que pague lo que debe.

Céleste soltó un grito ahogado y retrocedió, temblando de terror. Valeria se quedó inmóvil, con la barbilla en alto y la mirada fija en el desconocido, sintiendo cómo la frialdad volvía a invadirle la sangre.

Antes de que el sujeto pudiera dar un paso más hacia ellas, una mano enfundada en cuero negro surgió desde atrás y lo tomó del hombro con una presión de hierro.

Julian apareció con una calma espectral. No gritó ni mostró alteración alguna; vestía su abrigo oscuro impecable y sus ojos grises eran dos témpanos. Obligó al hombre a girarse y, sin sacar un arma ni levantar los puños, se inclinó milimétricamente hacia él, sellando la distancia hasta rozar la oreja del invasor.

Le susurró apenas una frase, una hilera de palabras inaudibles para Valeria y Céleste, pero pronunciadas con una cadencia tan gélida y letal que el efecto fue fulminante.

El rostro del agresor se vació de todo color en un instante. Los ojos se le desorbitaron por el puro pánico, su respiración se atascó en la garganta y un temblor violento le sacudió las rodillas. Julian se apartó despacio, alisándose las solapas del abrigo con total elegancia.

—Entendido, supongo —dijo Julian con voz plana.

El hombre asintió como un autómata aterrado, dio tres pasos torpes hacia atrás sin atreverse a mirarlo de nuevo y echó a correr a tropezones, perdiéndose calle abajo como si el mismo diablo le pisara los talones.

Céleste temblaba visiblemente, conmocionada por el terror visceral que Julian había provocado con solo un susurro. Se despidió balbuceando disculpas atropelladas y prácticamente corrió hacia la parada del tranvía. Valeria, en cambio, no se movió un solo centímetro. Se quedó plantada frente a Julian, fascinada por el control absoluto y la sombra destructiva que emanaba de su figura. No sintió miedo; sintió una corriente helada y electrizante recorriéndole la espina dorsal.

Esa misma noche, tras el silencio que se instaló entre sus apartamentos contiguos, Julian golpeó a su puerta. No vestía el traje formal; llevaba una camisa oscura con las mangas ligeramente arremangadas y traía consigo una botella de licor ámbar y dos vasos.

Valeria lo dejó pasar sin hacer preguntas. Se sentaron frente al ventanal que daba a la penumbra de la ciudad.

—Ese hombre se llama Miller —dijo Julian, sirviendo dos dedos de licor sin mirarla—. Antes de tener inversiones limpias, yo manejaba los muelles del este. Miller trabajaba para un rival que intentó quemar uno de mis almacenes con mis trabajadores adentro. Yo me encargué de resolverlo... de manera definitiva. Él sobrevivió y cree que puede chantajearme con las cenizas de los que no lograron salir de ahí.

Valeria sostuvo el vaso con ambas manos, mirando el reflejo dorado del líquido contra el cristal.

—¿Murieron por su orden? —preguntó ella, sin juicio en el tono, solo con una curiosidad herida y dolorosa.

—Eran ellos o nosotros, Valeria. En este mundo, cuando alguien decide destruirte, tienes que borrarlo antes de que te borre a ti.

Valeria bajó la mirada. Una punzada amarga y cómplice le atravesó el pecho. Los dos estaban manchados por la muerte; ambos conocían el peso de que otras vidas fueran borradas para que ellos pudieran seguir en pie. Un pacto invisible y oscuro se selló entre los dos en medio de esa penumbra.

Al mediodía siguiente, sin embargo, la realidad volvió a presentarse sin piedad.

La dirección del conservatorio convocó a Valeria a la sala de juntas de urgencia. Acompañado por el tribunal y con Julian de pie junto al gran ventanal, el director le extendió la carpeta de cuero con las partituras doradas:

—Dadas las trágicas circunstancias de la señorita Genevieve, la academia no puede detener su temporada. Por decisión unánime del tribunal y con el respaldo absoluto del señor Vance, el papel principal de Giselle es tuyo, Valeria.

Valeria miró la carpeta como si quemara. La imagen del foso ensangrentado donde Genevieve yacía en coma volvió a golpearla con fuerza. El papel era suyo, sí, pero no sentía que fuera por mérito puro; lo había obtenido mediante la desgracia que su propia mente había deseado. Estaba manchado de culpa.

—No puedo aceptarlo —dijo Valeria con voz gélida pero firme—. No de esta manera.

El director abrió los ojos con incredulidad, pero antes de que pudiera replicar, Julian dio un paso al frente.

—Déjennos a solas —ordenó Julian, con un tono que no admitía discusión.

El tribunal abandonó la sala en silencio, cerrando las pesadas puertas de roble. En cuanto quedaron solos, Julian avanzó hacia Valeria, acorralándola contra la mesa de caoba. Su semblante paciente y pulcro se esfumó, dejando al descubierto una fijeza oscura y dominante que desnudaba por completo su verdadera naturaleza.

—No vas a rechazar ese papel —dijo él, apoyando ambas manos sobre el borde de la mesa, una a cada lado del cuerpo de Valeria, dejándola sin escapatoria.




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