Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 11

Valeria empujó la puerta de su apartamento con el hombro y dejó que se cerrara tras ella por su propio peso, sin fuerzas ni lucidez para pasar el seguro. Dejó caer la bolsa de lona contra el suelo del recibidor y apoyó la espalda en la madera, deslizándose hacia abajo hasta que sus rodillas tocaron el parqué frío. Las palabras de Roxanne Dubois no eran simples insultos de vestuario; eran una autopsia abierta en canal, un bisturí clavado con precisión milimétrica en la herida que no dejaba de supurar: Eres un mal augurio andante. Todos a tu alrededor terminan bajo tierra... una maldición pudriéndolo todo.

El silencio de las cuatro paredes amplificaba el eco de su respiración entrecortada. Valeria se arrastró con dificultad hasta la banqueta del salón, dejando un rastro sutil de puntos carmesíes sobre la madera encerada. Con dedos torpes y entumecidos, comenzó a retirar las cintas de satén de sus zapatillas. La tela se había secado contra la piel macerada de los talones y las yemas; al desprenderla, un tirón lacerante le arrancó un jadeo ahogado. Tenía los empeines amoratados, cubiertos por una mezcla espesa de sudor frío y sangre viva. Cuando estiró el brazo tembloroso para alcanzar el frasco de desinfectante sobre la repisa, la puerta principal —que apenas había quedado encajada en el marco— giró suavemente sobre sus bisagras.

Julian Vance cruzó el umbral con una calma espectral y esta vez sí pasó el cerrojo tras de sí, aislándolos por completo del mundo exterior.

No vestía el abrigo formal ni la corbata de seda; llevaba una camisa negra de lino con las mangas recogidas de forma impecable sobre los antebrazos, dejando a la vista la tensión de sus músculos y la sombra de una cicatriz antigua en la muñeca derecha. Al verla en el suelo, con el rostro desencajado y las gasas manchadas esparcidas por la alfombra, la mandíbula de Julian se endureció como el granito. No formuló preguntas. En sus ojos grises brillaba una mezcla peligrosa de cólera homicida hacia el mundo y una atención protectora que desarmaba.

—Suelta eso —dijo él con una voz grave, profunda y desprovista de prisa—. Déjame hacer esto.

Valeria intentó encoger las piernas por instinto de defensa, pero Julian se arrodilló frente a ella sobre la alfombra sin importarle que la tela de su pantalón rozara la sangre derramada. Con dos movimientos firmes, sus manos rodearon los tobillos de Valeria como abrazaderas templadas. La fuerza de su agarre no admitía réplica, pero el contacto era de una delicadeza absoluta.

Fue a la cocina en silencio y regresó con un cuenco de cerámica humeante con agua tibia y toallas limpias. Se colocó de nuevo a sus pies. Sumergió una compresa de algodón y comenzó a retirar los restos de satén pegado con paciencia quirúrgica, limpiando cada corte, cada ampolla reventada por las exigencias brutales de Roxanne en el entarimado.

—Nadie volverá a utilizar a tus muertos para ponerte de rodillas —murmuró Julian sin levantar la vista, concentrado en aplicar un ungüento de árnica y caléndula que aplacó de golpe el ardor lacerante—. Quien escarbe en tu pasado para lastimarte descubrirá que yo sé cavar tumbas con mucha más rapidez y sin temblar.

Valeria lo contempló a través de la neblina de sus pestañas húmedas. La confrontación en el conservatorio la había dejado emocionalmente desollada, sin reservas para levantar el muro de frialdad con el que siempre se protegía. La devoción sombría con la que Julian limpiaba su sangre la envolvía en un calor extraño, pesado y absorbente.

Cuando terminó de vendar ambos pies con una precisión milimétrica, Julian no se apartó. Deslizó sus palmas hacia arriba, envolviendo las pantorrillas de Valeria. Con los pulgares comenzó a ejercer una presión calculada sobre las fibras agarrotadas, deshaciendo los nudos de tensión acumulados tras horas de saltos y caídas forzadas. Un escalofrío de alivio recorrió la columna de Valeria; soltó el aire retenido en el pecho y dejó caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la banqueta, completamente vulnerable.

Fue en ese instante cuando el ritmo cambió.

Julian inclinó la cabeza despacio y posó los labios sobre el empeine vendado del pie derecho. Fue un roce contenido, helado al principio, casi una plegaria pagana. Luego, con una lentitud que suspendió los latidos de Valeria, comenzó a subir: besó la piel intacta del lateral del tobillo, la curva sensible de la espinilla y el hueso redondeado de la rodilla. Eran contactos breves, meticulosos, aparentemente inocentes al evitar cualquier zona íntima, pero cargados de una posesividad voraz que encendía la piel a su paso.

Subió las manos por los muslos de ella, guiando su propio cuerpo hacia arriba hasta quedar arrodillado entre sus piernas, elevándose sobre su figura. El aroma a cedro, tabaco negro y noche invernal llenó por completo el aire entre los dos. Julian rozó con sus labios la clavícula de Valeria, el espacio latente detrás del lóbulo de su oreja y la línea afilada de su mandíbula. Valeria sintió que el aire le faltaba; sus dedos se cerraron sobre la camisa oscura de él, debatiéndose entre empujarlo para salvarse o atraerlo con desesperación para silenciar el tormento que la devoraba.

Julian detuvo su ascenso a escasos milímetros de sus labios. Sus miradas chocaron con la fuerza de un abismo que se abre. Valeria entreabrió la boca, esperando el beso que parecía inevitable, el fuego que terminara de sellar el pacto oscuro entre ambos. Pero él no la besó. Sostuvo la respiración compartida durante tres segundos eternos, castigándola con la cercanía de lo que no concedía, demostrando una disciplina de hierro sobre sus propios impulsos.

Julian retrocedió con parsimonia, acariciando la mejilla de Valeria con el pulgar.

—Date un baño con agua caliente y deja que los músculos descansen —dijo en un susurro bajo, devolviéndole el espacio de golpe—. No le des más sangre a la noche.

Se puso en pie, fue de nuevo a la cocina y preparó una infusión relajante de hojas de azahar y tilo silvestre. Dejó la taza humeante sobre la mesilla junto al sofá, la miró una última vez con esa fijeza oscura y salió del apartamento, cerrando la puerta con un clic perfecto. Valeria se quedó inmóvil en la penumbra, con el corazón martillándole el pecho y la certeza aterradora de que Julian Vance estaba desmontando sus defensas pieza por pieza.




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