El aire en el apartamento de Valeria se volvió irrespirable.
Las persianas permanecían cerradas a cal y canto, sumiendo el salón en una penumbra fría que apenas dejaba entrever los muebles ordenados con rigidez militar. Valeria estaba sentada en el suelo, abrazándose las rodillas contra el pecho, incapaz de calzar sus zapatillas ni de pisar la calle. La imagen de Roxanne Dubois desgarrando su propio tutú entre gritos desquiciados, arrastrada por los enfermeros como un animal rabioso, no dejaba de proyectarse detrás de sus párpados.
El pánico la asfixiaba. Una presión de plomo le aplastaba los pulmones, provocándole temblores espasmódicos en las manos cada vez que intentaba respirar hondo. Fui yo, se repetía en un susurro mudo, sintiendo náuseas. Fueron mis pensamientos. Mi veneno. Había deseado callar la boca de Roxanne, había sentido una furia abrasadora cuando la mujer escupió sobre la memoria de sus padres... y la realidad, dócil y siniestra ante sus decretos, había quebrado la mente de la bailarina con una violencia inmediata.
El timbre sonó tres veces con insistencia tímida. Valeria no se movió, pero los golpes suaves en la madera continuaron hasta que una voz familiar se filtró por la rendija:
—Valeria, por favor, ábreme... Sé que estás ahí dentro.
Reconoció la voz temblorosa de Céleste. Arrastrándose con pesadez, Valeria se puso en pie y abrió la puerta apenas una cuarta.
Céleste no esperó permiso. Entró con una bolsa de papel donde traía pan caliente y un termo pequeño, pero al ver el rostro demacrado de Valeria, las ojeras violáceas que le hundían la mirada y el temblor constante de sus dedos, soltó las cosas sobre la mesa y la tomó con firmeza por los antebrazos.
—Llevas dos días sin presentarte al conservatorio —dijo Céleste con ternura y preocupación auténtica, obligándola a sentarse en el sofá—. Todo el mundo está hablando de lo ocurrido, pero tú pareces un fantasma que acaba de ver su propia tumba.
—No debería estar aquí, Céleste —murmuró Valeria con la voz rota, apartando la vista hacia la ventana ciega—. Tienes que alejarte de mí. Todo lo que toco... cada persona que se cruza en mi camino termina destruida. Soy un peligro.
Céleste se arrodilló frente a ella, cubriendo las manos heladas de Valeria con las suyas, tibias y ásperas por las rozaduras del ensayo. La miró fijo a los ojos, negando con la cabeza con una serenidad desarmante.
—Escúchame bien, Valeria. Tienes que tranquilizarte. Todo va a salir bien, pero no puedes seguir culpándote por desgracias que tú no has provocado.
Valeria tragó saliva, sintiendo un nudo amargo en la garganta.
—Tú no lo entiendes...
—Me he dado cuenta de cómo reaccionas —la interrumpió Céleste con voz pausada pero rotunda—. Lo vi cuando Genevieve cayó al foso y lo vi otra vez cuando Roxanne perdió el juicio en el escenario. Te encoges, entras en pánico y te miras las manos como si estuvieran manchadas de sangre solo porque sus desgracias terminan abriéndote paso a ti. Pero las casualidades existen, Valeria. Y el karma también.
Céleste apretó su agarre, transmitiéndole un calor que por un segundo aflojó la opresión en el pecho de Valeria.
—Genevieve se pasaba las noches enteras ensayando a oscuras sobre tarimas viejas para demostrar que nadie era mejor que ella, humillando a todo el mundo a su paso. Y Roxanne... todo el conservatorio sabía que vivía consumiendo calmantes ilegales y que su padre tapaba sus escándalos con dinero sucio. Esas dos mujeres llevan años construyendo su propia ruina, sembrando maldad y pisoteando a los demás. Tarde o temprano la cuerda tenía que romperse. No es tu culpa, Valeria. No eres un monstruo; solo eres una bailarina brillante que estaba en el lugar exacto cuando a ellas les tocó pagar por todo el daño que hicieron.
Las palabras de Céleste resonaron en el salón como un bálsamo luminoso. Por primera vez en meses, una grieta de cordura se abrió en la mente de Valeria: ¿y si Céleste tenía razón? ¿Y si sus tragedias no eran una maldición mística, sino la consecuencia lógica de un mundo despiadado donde la gente dañina terminaba consumida por su propio veneno?
Céleste la acompañó hasta que cayó la tarde, logrando que comiera un poco y se lavara la cara. Sin embargo, para calmar del todo la tormenta de dudas que aún le martillaba las sienes, Valeria necesitaba enfrentar el conservatorio. Necesitaba comprobar que el teatro seguía en pie, recoger sus pertenencias del casillero y asumir el ensayo antes de que el miedo la devorara por completo.
Llegó al conservatorio cuando el anochecer ya había teñido los pasillos de un azul grisáceo y lúgubre. Las luces principales estaban apagadas; solo las lámparas de emergencia arrojaban sombras alargadas sobre los pisos encerados.
Caminó hacia los vestuarios de la planta baja en medio de un silencio absoluto. Empujó la puerta de madera tallada y avanzó hacia su taquilla. La calma parecía infinita, hasta que el crujido metálico de una cerradura forzada la hizo girarse en seco.
Desde la oscuridad del fondo, entre los percheros con tutús y capas negras, emergió una figura descalza.
Era Roxanne.
Antes de que la escolta familiar y el equipo médico pudieran trasladarla a la clínica privada de reposo, la mujer había burlado la vigilancia de la enfermería. Tenía el cabello azabache suelto y enredado sobre los hombros, el rostro demacrado por una palidez cadavérica y los ojos inyectados en un brillo febril y desquiciado. No quedaba nada de la prima ballerina soberbia y elegante; era un espectro consumido por la demencia y el resentimiento más puro.
En su mano derecha sostenía unas pesadas tijeras de sastre para cortar telas gruesas, con las hojas de acero afiladas brillando tenuemente bajo la luz de guardia.
—Creíste que me ibas a borrar tan fácil, ¿verdad? —susurró Roxanne, con una voz rasposa que erizaba la piel, cerrando la puerta del vestuario tras de sí con el talón.