La silla de terciopelo cedió con suavidad cuando Valeria tomó asiento, manteniendo la espalda tan recta como si aún estuviera frente a la barra de ensayo. No se quitó la bufanda de lana desgastada; la mantenía ceñida al cuello como una última capa de armadura contra el frío y contra el hombre que la observaba al otro lado del mármol.
Julian se acomodó con una lentitud calculada, sin un solo gesto fuera de lugar. La voracidad que le quemaba por dentro desde que la vio girar en el escenario no asomó a sus ojos. Sabía muy bien que las criaturas heridas huyen al menor crujido de ramas.
—Pido disculpas por el atrevimiento —dijo él, con un tono cálido y pausado que desarmaba cualquier aspereza—. Vi que buscaba un sitio y me pareció un despropósito que tuviera que volver a la llovizna. Soy Julian Vance.
—Valeria. Aunque parece que ya lo sabía.
Una sombra de sonrisa curvó los labios de él, apenas un destello divertido que suavizó sus facciones afiladas.
—Sería un pésimo benefactor si no conociera el nombre de la bailarina que dejó sin habla al tribunal la semana pasada. Su técnica en el Grand Palais fue extraordinaria, señorita Valeria. Una precisión limpia, casi quirúrgica.
Hizo una seña discreta con dos dedos y el camarero se acercó de inmediato para servir una taza humeante de café negro frente a ella y rellenar la suya. Julian no invadió su espacio ni lanzó preguntas inquisitivas. Se limitó a conversar con la elocuencia de quien domina los salones nobles, preguntándole por sus impresiones sobre la ciudad, alabando el rigor de los maestros del conservatorio y tratándola con un respeto reverencial, como a una artista consagrada y no como a una becada solitaria.
Por primera vez en semanas, el pecho de Valeria aflojó un poco la tensión. Julian era educado, distante en la medida justa y dueño de una cortesía que lograba que el ruido del mundo exterior quedara en pausa. Sin embargo, detrás de cada respuesta serena que ella le daba, los ojos grises de él la registraban con minucia: la forma en que sus dedos acariciaban la porcelana caliente, la palidez de su piel, el misterio impenetrable que la cubría como un velo.
Treinta minutos después, Julian pagó la cuenta y la acompañó hasta la salida de la cafetería. Afuera, la llovizna había dado paso a una neblina densa que envolvía los faroles de la calle.
—Ha sido un honor, señorita Valeria —dijo Julian, inclinando la cabeza con una cortesía impecable mientras un carruaje oscuro lo esperaba al borde de la acera—. Espero que la academia esté a la altura de su talento. Nos veremos pronto.
Valeria asintió con una leve inclinación de cabeza, sintiendo aún el magnetismo de su presencia en el aire frío cuando él subió al vehículo. Se ajustó el abrigo para emprender el camino de vuelta a su apartamento, completamente ajena a los ojos que la observaban desde la acera de enfrente.
Bajo un paraguas de seda negra, resguardada de la humedad, Genevieve no parpadeaba.
Había reconocido la silueta de Julian desde la esquina: el hombre inalcanzable de las fiestas de gala de su padre, el mecenas cuya atención llevaba meses intentando captar sin éxito entre sonrisas estudiadas y reverencias ensayadas. Y ahora, aquel aristócrata de mirada impenetrable se inclinaba con una sonrisa caballerosa frente a la extranjera harapienta.
La rabia le encendió la sangre, apretando el mango del paraguas hasta blanquearse los nudillos.
Aquella miserable advenediza no solo amenazaba con arrebatarle el papel principal en el conservatorio; ahora también se atrevía a respirar el mismo aire que Julian.
Una sonrisa torcida y helada se dibujó en los labios pintados de Genevieve mientras veía a Valeria doblar la esquina.
Iba a destruirla. Haría de cada clase un calvario, de cada ensayo una humillación, hasta quebrar su espíritu por completo. Se encargaría personalmente de que Valeria empacara sus zapatillas raídas y desapareciera de la academia, de la ciudad y, sobre todo, de la vida de Julian para siempre.