Pas De Deux Con La Muerte

CAPÍTULO 7

El vapor de la infusión de tilo subía en espirales tenues entre los dos. Julian sostenía la taza de cerámica sencilla con los dedos largos y firmes, observando el salón minimalista de Valeria: paredes desnudas, ausencia total de fotografías familiares y un orden casi clínico que delataba a alguien que temía dejar huellas.

—Un espacio pulcro —comentó él, dejando la taza sobre la pequeña mesa de madera clara—. Casi parece la habitación de un hotel de paso. Como si estuvieras lista para huir en cualquier momento.

Valeria se sentó en el extremo opuesto del sofá, envolviendo sus manos alrededor de la taza caliente para calmar el temblor involuntario que aún le recorría las muñecas.

—No me gusta acumular cosas innecesarias. El apego suele volverse un lastre.

—O una debilidad —replicó Julian, mirándola fijamente con sus ojos de tormenta—. La gente suele coleccionar recuerdos para convencerse de que su vida tiene algún peso moral. Yo prefiero no mentirme.

Valeria arqueó una ceja, intrigada por la frialdad serena con la que hablaba.

—¿Y qué peso tiene la suya, señor Vance? Un mecenas ilustre, socio de un emporio... No parece alguien que sufra por las ataduras comunes.

Julian soltó una risa seca, baja y sin rastro de burla. Cruzó las piernas con elegancia, inclinando el torso hacia ella.

—No siempre fui el caballero de traje impecable que firma cheques para la junta directiva, Valeria. El dinero que hoy limpia mi nombre se construyó en muelles oscuros, cobrando deudas que otros daban por perdidas y tomando decisiones que enviarían a un hombre piadoso directamente al infierno. Aprendí temprano que si dudas en apretar el gatillo o en retirar la mano, el mundo te devora.

Valeria contuvo el aliento. Esperaba una confesión vacía de sociedad, no la admisión cruda de un depredador. Sin embargo, en lugar de repulsión, sintió una fascinación oscura que le erizó la piel.

—¿Y nunca sintió culpa? —preguntó ella en un susurro, buscando con desesperación una respuesta que pudiera servirle de espejo—. ¿Nunca sintió que sus acciones... o sus pensamientos... eran un veneno que destruía a los demás?

Julian la escudriñó con una lentitud que le heló la sangre. Por un instante, pareció ver a través de las capas de su armadura.

—La culpa es un invento de los débiles para justificar su derrota —dijo él, con una voz aterciopelada y rotunda—. Cuando alguien se cruza en tu camino con la intención deliberada de hacerte daño, destruirlo no es un crimen, Valeria. Es supervivencia. El poder real consiste en no temblar cuando el obstáculo cae.

Aquellas palabras resonaron en las paredes del apartamento como una absolución retorcida. Por primera vez, Valeria sentía que alguien comprendía la violencia latente que el mundo solía disfrazar de tragedia.

Julian se puso de pie. Se acercó a ella con pasos felinos y silenciosos. Valeria se levantó por puro reflejo, quedando a escasos centímetros de su pecho. El calor corporal de Julian y su aroma a cedro y tabaco caro invadieron su espacio. Él levantó una mano despacio, dándole tiempo de apartarse, pero ella no se movió. Con el dorso de sus nudillos, Julian acarició suavemente la línea de la mandíbula de Valeria, descendiendo con una lentitud electrizante hasta la base de su cuello.

—Tienes una sombra fascinante en la mirada, pequeña bailarina —susurró él, tan cerca que su aliento tibio rozó los labios de ella—. Y no tengo intención de dejar que nadie la apague.

El contacto quemaba. Valeria sintió el pulso martilleándole los oídos, atrapada entre el deseo de dejarse envolver por esa fuerza y el pavor ancestral a consumirlo. Julian retiró la mano con una disciplina férrea, dio un paso atrás y recuperó su porte intachable.

—Que descanses, vecina. Mañana será un día largo.

Salió del apartamento cerrando la puerta con cuidado exquisito. Valeria se quedó inmóvil en medio del salón, con la piel del cuello ardiendo y el corazón desbocado.

A la mañana siguiente, la atmósfera en el conservatorio era irrespirable.

No sonaban los pianos ni se escuchaba el murmullo habitual de los ensayos. En el vestíbulo principal, un grupo de directores conversaba en voz baja con semblantes lívidos. Céleste estaba pálida junto a la puerta del salón de solistas, con una mano sobre la boca.

—¿Qué ocurre? —preguntó Valeria, acercándose con el presentimiento ya clavado en el estómago.

—Es Genevieve... —murmuró Céleste con voz entrecortada—. Anoche se quedó sola ensayando en el escenario principal, muy tarde. Dicen que perdió el equilibrio en la tarima superior... cayó al foso de los músicos. Se fracturó la base del cráneo. Está en coma en el hospital central. Los médicos dicen que es un milagro que siga respirando, pero que jamás volverá a caminar.

El salón entero se desvaneció alrededor de Valeria.

El suelo pareció abrirse bajo sus pies mientras un pitido agudo le ensordecía los tímpanos. La imagen de Genevieve humillando a Céleste y su propio decreto mental de la tarde anterior volvieron como un mazo: Ojalá te borres de la faz de la tierra. Desaparece.

El puesto de solista de Genevieve estaba vacío. Borrada. Anulada.

El pánico se apoderó de sus entrañas, frío, espeso y paralizante. Ya no había dudas posibles. No eran coincidencias. Leo, Sofía, sus padres, y ahora Genevieve. Quien se atrevía a lastimarla terminaba destruido por una fuerza invisible que respondía a su dolor.

En ese momento, al final del corredor, vio aparecer la figura alta e imponente de Julian. Vestía de luto riguroso, caminando hacia los directores con la frialdad de quien domina la tormenta. Al pasar a su lado, sus miradas se cruzaron un segundo, y él le dedicó un asentimiento casi imperceptible, posesivo y sereno.

A Valeria se le heló la sangre en las venas. Julian Vance estaba jugando con ella, acorralándola con una obsesión que pronto se volvería asfixiante. Y si él intentaba controlarla o herirla, la maldición que la devoraba no dudaría en cobrar su siguiente presa: Julian estaba bailando al borde del fuego, y ella no sabía cómo salvarlo de sí misma.




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